EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



lunes, 30 de junio de 2008

EL LLANO


En plena Plaza del Gran Capitán, esquina a lo que hoy es Emperatriz Eugenia, existía un solar de no más de cincuenta metros de largo al que conocíamos como campo de Lapetra. También estaba el que llamábamos campo de Funes, que ahora quedaría por la calle Arabial. Otra cancha en la que uno recuerda haber jugado estaba en lo que hoy es el barrio de Los Pajaritos, en terrenos que fueron de la desaparecida estación de los Ferrocarriles Andaluces. Y también había otro campo por la Avenida de Cervantes que creo que fue escenario allá por los años veinte de no pocos derbis locales de aquellos clubes anteriores al Recreativo que no llegaron a tener continuidad. Éstos y algunos más que ahora no recuerdo formaban la oferta futbolera en lo que a instalaciones se refiere cuando servidor empezaba a dejar atrás la infancia. No se puede hablar de campos de deportes sino de descampados ya en las afueras de la ciudad, de hazas caracterizadas por la gran cantidad de piedras que se encontraban en unas superficies alomadas por los surcos donde no hacía demasiado tiempo se habrían recogido sus buenas cosechas de patatas. Tampoco faltaban los cascajos, las basuras y todo tipo de maleza silvestre. Realmente no eran el mejor escenario para aprender una buena técnica futbolística.

Más a mano y como alternativa estaba la placeta del barrio, pero con el gran handicap de tener que estar pendientes de la espada de Damocles que representaban los “guris”, que podían aparecer en el momento menos pensado y dejarte sin balón o llevarte preso si no andabas con ojo.

Pero siempre estaban las tardes de sábado, único momento (aparte de los domingos) libre de obligaciones escolares, para subir al Llano de la Perdiz. Granada, tan privilegiada en bellezas monumentales y naturales tiene otro tesoro, no todo lo valorado que debiera, a sólo dos pasos del centro de la ciudad, el Parque de Invierno, como se le conocía antes, o Parque Periurbano o Dehesa del Generalife, como se le conoce ahora. Auténtico pulmón de la urbe y paraíso de soledad y silencio (si uno acude entre semana) y panorámicas. Y también monte olimpo del deporte más popular.

Qué maravilla aquellas felices tardes de la edad del pavo, aquellos sábados en que nos juntábamos unos cuantos chaveas y echábamos a andar Cuesta de Gomérez arriba para en una hora estar en la cima donde nunca faltaban rivales ni balones para improvisar un partidazo por todo lo alto; y tan alto, más de mil metros sobre el nivel del mar. Algunos, más espabilados, hacían dedo y casi siempre encontraban quien los llevara. Muchas veces, cuando era pleno invierno, no faltaba la niebla y la nieve, y también era frecuente que al ir uno a vestirse después del partido no pudiera abotonarse la ropa al no responder los dedos enteleridos y llenos de sabañones. Pero todo se daba por bueno a esa edad, incluso cabecear aquellos balones de antes que cuando se mojaban pesaban un quintal y te dejaban medio esnoclao, como decía “Elquesabe”.

En una ocasión el puñado de chaveas, ya casi adolescentes, que nos reuníamos desafiamos a un grupo de “puretas” que por allí correteaba. Con el desparpajo autosuficiente propio de la edad pretendíamos humillar a los carrozas y darles un baño. Servidor, a la sazón un teenager con ínfulas de delantero goleador, tuvo que vérselas con un cuarentón más bien panzudo y de buena estatura que formaba en el centro de la defensa contraria. Bien pronto pude comprobar que aquel hombre no era ni mucho menos un tuercebotas sino todo lo contrario, y con una técnica magnífica y muchos recursos sacaba siempre el balón jugado y no daba ni una patada; resultado: mi papel en aquel partido se limitó a ver cómo una y otra vez se me anticipaba y me anulaba por arriba, por abajo, por el norte y por el sur, y servidor literalmente no rascó bola. Pues bien, aquel hombre maduro, lo supimos después, no era otro que el gran Manolo Méndez que con algunos amigos (Pellejero también estaba), lo mismo que nosotros, había aprovechado la tarde del sábado para practicar el fútbol popular que siempre ha ofrecido gratuitamente ese altar balompédico que es el Llano de la Perdiz. Nos metieron tal escardón que nuestro jactancioso orgullo de imberbes quedó algo mal parado.

Y es que en el Llano de la Perdiz era frecuente asistir gratis a más de un partido de viejas glorias. Así pudo uno ver jugar hace no demasiados años a un sesentón Pepe Millán que todavía conservaba buenas cualidades. También hasta hace poco eran asiduos a los partidos de las peñas domingueras otros jugadores que lo fueron todo en el Granada como Vicente Díaz o Castellanos, que uno recuerde.

Últimamente parece que, en lo que se refiere a partidos futboleros populares, anda el Llano algo de capa caída. Claro, la oferta actual de instalaciones es amplísima e incluso el césped en partidos de peñas es algo normal como para tener que trasponer a todo lo alto del monte. Pero, dónde va a parar; los partidos en aquel escenario, con esa luz, con esos paisajes y ese aire limpio de montaña; para servidor no admite comparación. Incluso la cervecilla de después (como el cigarrillo de después), en los quiosquillos al sol, de mostrador y palangana con barra de hielo y conversaciones futboleras, no es equiparable ni de muy lejos al “Aquarius” que te sirve una máquina con palique cibernético.

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