EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
En la foto de cabecera se ve al Recreativo que se enfrentó al Gimnástico de Valencia en el campo madrileño de El Parral, 21 de febrero de 1934. De pie: Sosa, Tomé, Calderón, Luque, Itarte, Carrera, Victorio y Tabales; agachados: Gomar, Morales y Herranz.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



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miércoles, 10 de septiembre de 2008

FÚTBOL CIEGO




-Pavón: encárgate tú de la distribución de las octavillas en el cuartel –dijo Mercader, recortada su figura sobre la “vietnamita” y el lío de uniformes y gorras-.

-Es que –replicó el aludido-, ya te he dicho que me parece que Caparrós no me quita ojo. Mejor es que lo haga alguien al que no controlen.

-Por Caparrós no te preocupes, lo conozco bien. Entonces, Torres: tú que mañana te vas a tu casa, porqué no te encargas esta misma noche de dejarlas en sitios donde puedan ser leídas por compañeros, cuantos más mejor. Así, si se descubre el pastel, ya será tarde como para que puedan tomar represalias contra ti.

-Es que... -(titubeaba yo tratando de encontrar una excusa convincente)-.

-No sé, prueba a dejarlas en la biblioteca, en la cantina, en el lavadero, en el polideportivo... donde se te ocurra, pero no en los barracones ni en ningún sitio que frecuenten los mandos. En las letrinas tampoco porque ya sabes para qué iban a servir. Y si algo sale mal o tienes dudas, pero como último recurso, tu contacto es López, en la oficina de la Plana Mayor del I Tabor –ahora hablaba Talavera, el amigo que me había introducido en esta especie de reuniones conspirativas-.

No pude negarme. En realidad, lo que a un servidor había terminado de animarlo a participar en aquellas tenidas era la muy remota esperanza de tener algo que ver con Aurora y sus muchos encantos –aunque éstos los usufructuara Mercader, el cabecilla de aquella cuadrilla- mucho más que el deseo de luchar por los derechos humanos en los cuarteles de los primeros años de la Transición. Y casi sin comérmelo ni bebérmelo, en mi último mes de mili había un servidor ingresado en la clandestinidad. Así que el taco de cuartillas recién salidas de la ciclostil que se veía en un rincón -y que lucía en su lateral una pegatina en la que una hoz y un martillo destacaban sobre una estrella roja de cinco puntas situada encima de las siglas PTE- fueron a parar a mi cartera de mano de escay negro.

¡COMPAÑERO SOLDADO!

Las oligarquías más reaccionarias te obligan a estar durante catorce meses de tu vida alejado de tu familia y de tu trabajo sufriendo penalidades de todo tipo. Persiguen disponer de mano de obra gratuita y cortar las alas a la mejor juventud proletaria, a la vez que contar con una fuerza represiva que ahogue, si llega el caso, las justas aspiraciones de la clase obrera.

No toleres la falta de democracia y libertad en los cuarteles. No toleres las infrahumanas condiciones de vida en que te mantienen. No toleres la corrupción y los ranchos de hambre. No toleres los abusos de los mandos. Por un ejército democrático, denúncialos. Distribuye entre tus compañeros este escrito y organízate colaborando con la UDS.

Unión Democrática de Soldados

Era el mensaje que contenían las octavillas.


-De acuerdo, eso haré –respondí levantándome-. Llevo algo de prisa porque todavía tengo que pasarme por el Mantelete a comprar unos encarguillos para la “Peni”, así que con vuestro permiso ya me voy.

Todos me desearon suerte en mi misión y en mi nueva vida. Y el beso en los labios y el abrazo que me dedicó Aurora es sin duda el mejor de los recuerdos del año largo que pasé en Melilla. Al salir, emocionado, iba uno reconciliándose con el áspero día a día que había sido la rutina de los últimos doce meses, y despidiéndose mentalmente de aquella pequeña casa de la calle Villamil, de la cercana playa, de la luz decembrina de Melilla; y pensando con ilusión en el momento ya tan cercano de poder cambiar las ropas militares por las civiles y, a bordo del Puchol, volver a mi casa y a mi tierra.

La presencia de al menos cuatro “willyes” de la PM que se acercaban me hizo sacar apresuradamente la mano derecha del bolsillo y llevarla al último botón de la guerrera y comprobar con alivio que se encontraba bien abrochado, que la patrulla, con el temible cabo Trujillo al mando, parecía tener como única misión la supervisión de la correcta indumentaria de la tropa. Menos mal que no repararon en que se me había olvidado vestir el uniforme “de gala”, es decir los guantes blancos.

Después de dos horas de Mantelete, con todos sus bazares abiertos a pesar de ser día de fiesta, me volví para el cuartel, y al pasar el cuerpo de guardia tropecé con un partido de fútbol como nunca viera otro igual: en el patio de armas, convertido en improvisada cancha, una horda de energúmenos con cucurucho tapándoles el rostro y en indumentaria militar de faena y zapatillas cuarteleras, trotaba y se daba continuos topetazos unos contra otros detrás de un balón semi desinflado. La “gracia” del evento consistía en que en el balón se había embutido una piedra del tamaño de una naranja y en que cada uno de aquellos zanguangos llevaba acoplado a su cara y sujeto al cogote con una cinta una especie de capirote de penitente, pero con una abertura en el extremo de aproximadamente diez centímetros de diámetro para que la ceguera no fuera total. Esto debía ser ese partido de “fútbol ciego” que como parte de las celebraciones por el día de la patrona del Arma se había leído en la orden del día la noche anterior, a retreta.

Cientos de gritones pelusos y bichos, y algunos padres y abuelos, que habían preferido este espectáculo al mucho más cotidiano de las colosales cogorzas y cánticos regionales en el Hogar del Soldado, con su interminable cabalgata de “kilos” de calimocho o de África Star («no es lo mismo África Star que estar en África»), se agolpaban en las poco rectas líneas de cal trazadas sobre el emporlado del patio de armas del vetusto cuartel de Santiago, sede en el melillense barrio de Cabrerizas Bajas del Grupo de Fuerzas Regulares de Infantería Melilla nº 2. Entre el griterío sobresalían los: ¡Endíñale en el esternón!; ¡Tres “vueltas” tienes como pase ese tío; esta noche no duermes!; ¡A ése dale en la frente, que no se levante!; y otros por el estilo. Servidor se sumó al clamor, divertido con los innumerables choques, patadones en las espinillas contrarias y continuas caídas que producía aquella especie de partido burriciego.

En éstas estábamos cuando Pavón, uno de los compañeros de viaje en las clandestinas reuniones de la casa de la playa, se acercó a mi lado y con expresión sombría me dijo al oído: «-Mucho cuidado, que la PM ha llegado y nos ha detenido. A Mercader se lo han llevado directamente a María Cristina y a mí me mandan ahora mismo a coger el barco de Chafarinas...». Su parlamento fue interrumpido por un rudo manotazo en mi hombro que me hizo volverme y tropezar con la prominente panza en sus escasos metro sesenta del brigada Padilla que, con su cara de tonos bermellones y esgrimiendo uno de aquellos capirotes, adornado con un mapa de manchas húmedas de sudor, me decía:

- Hombre, Torres, te lo pasas bien, ¿eh? Tú que eres un futbolero de los buenos y estás acostumbrao a los follaeros que se lían en tu pueblo cada vez que los catetos sacáis las vespas pa ir a por tabaco o cuando sacáis los santos a la calle pa que se acaben los terremotos; se nos han lesionao ya cuatro tíos. Ponte esto y sal a jugar ahora mismo.

-Pero, mi brigada, acabo de volver de la calle y todavía no me he cambiado.

-No quiero oírte rechistar. ¿No te reías tanto? A jugar.

-Pero es que con el uniforme de “bonito” y las botas...

-Que no pongas más excusas. Tú eres como las beatas, mucho chau- chau -como todos los “putifinos”-, pero echas el culo fuera. Sal a jugar ahora mismo. Has algo positivo antes de volver a ser un inútil en tu pueblo.

-Estos son los peores –ahora el que hablaba era el primero Caparrós, pegado, como siempre, a la sombra del brigada Padilla-. Este ejército es fuerte porque todos sus hombres poseen una disciplina consciente. Mi brigada, con su permiso lo apunto para que esta noche cumpla la segunda y la tercera imaginaria –decía aquel reenganchado, temido por lo estricto de su trato con la tropa.

-¿Me puedo quitar por lo menos el fajín...?

¡Fir... es! ¡Derecha! –cortó en seco la conversación el brigada Padilla- ¡De frente, paso de maniobra! ¡A jugar! Dame esa cartera que yo te la guardo. Y como sigas protestando...

-Mi brigada, es fundamental en el Ejército observar las tres reglas cardinales de la disciplina y hacérselo ver a los subordinados...

Con la palabra en la boca dejé al odiado cabo primero Caparrós y su proverbial pedantería y me incorporé sin más a aquella escabechina. En poder del brigada Padilla se quedó la cartera negra con toda su panfletada -¡ay, mamá!-. Y lo primero que se me encomendó fue tratar de anular al mastodonte que era Rabanales, mi par, mocetón trasplantado directamente desde sus lejanas montañas lucenses de Los Ancares, donde no pisaron los moros –como siempre decía con aires de superioridad en su deficiente castellano-galaico-, y sus casi metro noventa y ciento cincuenta kilos en canal dentro de un uniforme de campaña que había perdido ya su antiguo color garbanzo y se había teñido de los tonos negruzcos y verdosos con que le obsequiaba su oficio en la milicia de mozo de cuadras.

Con la sensación de ahogo, húmedo de sudor ajeno, que producía aquella especie de máscara que sólo dejaba un reducidísimo ángulo de visión. Con los aullidos de la concurrencia. Con la angustia de haber dejado en las manos de Padilla aquella mercancía comprometedora. Con el afán por patear un balón que casi no rueda y que no se ve. Con los constantes choques y golpes contra otros sudorosos energúmenos... La cosa era mucho más divertida desde la raya, sí. En la primera acción en que intervine, tratando de golpear aquella bola amorfa lancé mi pie derecho, bota Segarra de tres hebillas por delante, pero lo que encontré no fue el cuero sino la tibia de un rival y un alarido. En la segunda, entreví por aquella angosta tronera la inmensa mole de Rabanales avanzando hacia mí y sólo tuve una fracción de segundo para apartarme y dejarlo pasar bufando como un miura y muy puesto en su papel de extremo izquierdo, dejando a su paso una estela de olor a estiércol y zotal.

-¡¡¡Hijo de la Bizcocha!!! -bramaba el brigada Padilla desde la banda blandiendo en su mano alzada mi cartera por cuya cremallera descosida asomaban las octavillas amenazando derramarse-. ¡Pa mariconás, al Rey Chico! Todos los “putifinos” sois iguales. O le echas cohones o ya te puedes despedir de la cartilla.

El brigada Padilla, cuando era un zagalón (en volumen, que no en estatura) y abandonando simultáneamente el arado romano y su Alhama natal, había sentado plaza más de veinte años atrás en el Ejército y comenzado una carrera en la que pronto conquistó sus primeros galones. Y lo hizo con su propia sangre. Fue en la casi secreta guerra de Sidi-Ifni. Desde entonces, además de ganar una condecoración, en su hoja de servicios y en el apartado donde pone “Valor”, ya no aparecían las comunes siglas S.S. (“se le supone”), sustituidas por la palabra “acreditado”, cosas que siempre refería a todo el mundo con orgullo, viniera o no a cuento. Si Padilla, con razón, estaba orgulloso de sus hazañas bélicas y siempre andaba ufanándose, lo que nunca nos aclaró a sus subordinados era su “garnatifobia”, cosa de la que también con frecuencia hacía gala, y también aunque no viniera a cuento.


De Padilla había sido la idea de este plato fuerte de las celebraciones patronales, de esta especie de partido de unicornios asesinos, porque recordaba él que allí en Ifni, en la última guerra colonial de España y ante el asedio de la morisma, otro de estos partidos de fútbol bufo había contribuido a subir la moral de la tropa. Y allí reinaba Padilla, en la banda, ejerciendo de organizador, entrenador, masajista y hasta de árbitro.

Aquella especie de partido de locos continuaba. Y, en medio del trajín, un servidor, poniendo mucho más cuidado en conservar la vertical y eludir los encontronazos mal que bien que en buscar el cuasi esférico, a la vez que, sin que la camisa me llegara al cuerpo, vigilaba de reojo los braceos del brigada, esperando el fatal desenlace en cualquier momento. Y continuaba el cachondeo de la concurrencia y los bocinazos desde la banda de aquel héroe de guerra metido a míster y su monomanía contra un servidor, secundados por los comentarios despectivos de su acólito, el primero Caparrós.

-¡Torreeeees! ¡Me cago en las cortinillas del garaje del copón y en el Patio de los Leones! ¡Échale lo que le echan los tíos! ¡Si es que en Graná no hay na más que sarasas y gente de mal vivir! ¡Na más que casas de putas y conventos! ¡Tú vas a Rostrogordo. A María Cristina! ¡Tú no te licencias como sigas haciendo de hembra!

El sudor casi había dejado ya flácido el cucurucho de cartón y continuaba la tortura del ahogo, los choques descontrolados y los patadones en las espinillas.

No lo vi venir, pero situado casi en la misma raya de la banda derecha, el inconfundible olor a cuadra que precedía a Rabanales me avisó de que se venía nuevamente encima resoplando como una locomotora. Ya estaba iniciando la maniobra de evasión cuando una mano (más bien una zarpa callosa) me atenazó por el codo. Era, no hay que decirlo, el brigada Padilla, quien, de pura ira, lucía tres o cuatro tonos más rojo de lo habitual, y rugía:

-Aguanta aquí, gañán. Si es que en tu asqueroso pueblo no hay na más que puercas y maricones. Y la que más es la que vive en la Car...

Ya no dijo nada más. Su iniciado improperio fue cortado en seco por el tremendo topetazo de la enormitud que era Rabanales contra un servidor y la rebolonda figura del brigada, que actuó de providencial escudo protector. Auténtico choque ferroviario en el que, al andar el desinflado balón por en medio, fue éste a explotar y salir despedido el piedro que guardaba en su interior y a impactar en plena frente de Padilla. El resultado fue de al menos diez soldados y clases de tropa del público, Rabanales, el primero Caparrós, un servidor y el brigada Padilla rodando en mezcolanza por el cemento del patio de armas. Pero el peor parado fue el brigada, que quedó tendido sobre un gran charco rojo. Así acabó aquel singular partido de fútbol “ciego”.

Cuando después del aturdimiento que el suceso provocó logré incorporarme y ver que tenía todos los huesos sanos, comprobé horrorizado que la cartera negra con su cargamento había desaparecido.

Mi última noche de mili la pasé en un continuo cambio de postura y sin pegar ojo en mi catre del tercer piso de literas, pensando en lóbregas mazmorras militares y en largos años de servicio militar de propina, y en qué podría haber pasado con la panfletada, sin que me divirtieran las consabidas vueltas -que abundaron aquella noche- con las que los de siempre daban la “bienvenida” a los reclutas recién incorporados.

Al día siguiente llegaron las noticias de que nuestro héroe, todavía en estado inconsciente, había sido evacuado en helicóptero al hospital militar de la IX Región Militar, sito en el Campo del Príncipe, para reponerse de la herida y de varias costillas rotas. La acción bien podría haberle supuesto una nueva medalla de sufrimientos por la patria, y no tanto por las heridas como por el hecho de encontrarse en una tierra que tanto aborrecía. Y a pesar de todas mis cavilaciones, a la hora prevista y previa entrega de todos los pertrechos militares, cubierto incluido, obtuve la añorada “blanca” y el pasaporte para el vapor de por la tarde. De los desaparecidos panfletos nadie dijo ni parecía saber nada.

Sobre la cubierta del Vicente Puchol, iba pensando un servidor en qué podría haber pasado con las octavillas. En siete horas estaríamos en el muelle de Almería.

-¿Es tuyo este cartapacio? –casi me da un infarto al reconocer la voz del primero Caparrós, quien en ropas civiles se sentaba a mi lado y me alargaba la cartera negra, dentro de la cual permanecía el taco de panfletos-. ¿Te suena el nombre de López? Es mi alias. Aunque han sido derrotados todos los valientes de la organización, no hay que preocuparse porque la lucha continúa y continuará por siempre mientras quede un hombre, porque cuando acabe mi mes de permiso estoy otra vez en la lucha. Porque la lucha en los cuarteles debe continuar. Porque todos los reaccionarios son tigres de papel. Parecen terribles, pero en realidad no son tan poderosos. La razón es que viven divorciados del pueblo. Visto en perspectiva, no son los reaccionarios sino el pueblo quien es realmente poderoso. Sin un ejército popular, nada tendrá el pueblo. Venimos de todos los rincones del país y nos une un objetivo revolucionario común. El ejército debe fundirse con el pueblo, de suerte que éste vea en él su propio ejército. La orientación del trabajo político en nuestro ejército consiste en desplegar sin reservas la actividad de los soldados, los mandos y el resto del personal, a fin de lograr, mediante un movimiento democrático bajo una dirección centralizada, tres objetivos principales: alto grado de unidad política, mejores condiciones de vida y un nivel superior de habilidad militar y preparación táctica. Las tres verificaciones... y bla, bla, bla, y tropecientos mil más bla-blaes.

¡Hay que ver! Ni el propio Mao se hubiera expresado igual. Y yo que lo tenía por la personificación del militar arribista que disfruta humillando a sus subordinados para ganarse a los superiores. Y yo que lo tenía por la encarnación del ser despreciable que todos decían era; si incluso se contaba de él que en las guardias se divertía aprovechando cualquier despiste tuyo para esconder alguna pieza de tu fusil y así tener una excusa para arrestarte.

Mientras continuaba la concienciada e interminable perorata de Caparrós iba yo dejando vagar mis pensamientos en la alegría de recuperar la vida civil y en la suertecilla final de la aventura que tan negra parecía, la vista fija en la impresionante silueta del Gurugú que poco a poco iba diluyéndose. Con mi bolsa de escay a cuadros comprada en el Mantelete, de asas que no aguantaron ni el viaje en barco, con las cuatro cosas de recuerdo, entre ellas dos insignias en forma de media luna con dos mosquetones cruzados y un número 2 en rojo en su base, que conservo. Y con otro recuerdo -que ya no guardo, claro- como era el moratón en forma de cuatro dedos que lucía mi brazo derecho a la altura del codo.

martes, 1 de julio de 2008

FÚTBOL POR BOTONES


Hasta que mi niño no ha terminado de echar su partidilla de FIFA no he podido ponerme manos al teclado. Y mientras el zagal disfrutaba con un partido de fútbol en el que participaban todos los craks actuales y tal parecía que asistiéramos a un encuentro real televisado no he podido por menos que evocar un juego muy popular que llenó no pocos ocios en la infancia de un servidor, hace ya bastantes años puesto que uno pertenece a una quinta pre electrónica.

En aquellos años dinosaurios no había, pero en cada casa contábamos con cierto parque eléctrico: una radio, una televisión en blanco y negro, monocanal, y una nevera, y los más afortunados tenían también un “pickup”. Los ordenadores sabíamos que existían, más que nada de verlos en las series americanas de espionaje, muy propias de tiempos de guerra fría, pero en nada se parecían a los actuales pues ocupaban una habitación entera e incluso se usaba más el término cerebro electrónico. De ciencia ficción nos hubiera parecido a los chaveas de entonces disponer de lo que ahora es habitual para los de edad más tierna. Por entonces lo más virtual que conocíamos eran las guerras de indios o, lo que quería contarles, los partidos de fútbol de botones.

A peseta los grandes y a dos reales los pequeños se vendían en las “Bragas Ye-yé”, un minúsculo tenderete de la calle de la Cárcel que lucía como reclamo una inmensa prenda íntima femenina que igual podía servir como falda de mesa camilla. Los mejores eran los de abrigo, con su contorno resaltado, que no saltaban y ofrecían una mayor superficie donde fijar la cara del futbolista que se tratara, recortada de los cromos y pegada con fixo. Se juntaban diez y ya estaba listo un equipo, completado con un tarugo de la arquitectura que hacía de portero. Y el balón, que era un botón de camisa. La cancha era preferentemente la mesa familiar o el santo suelo, si era lo suficientemente liso para que los botones se deslizaran sin saltos. En mi casa, por sus vetustos suelos de losetas muy irregulares, echábamos una plancha de pané, y con dos porterías confeccionadas con sendas cajas de zapatos ya estaba organizada la competición en la que se podía profundizar en los secretos de la WM, tan en boga, o ir ensayando otras tácticas que empezaban a asomarse a nuestro fútbol.

Yo tenía en botones los dieciséis equipos que formaban la primera de por entonces y seguía partido a partido todo el mismo calendario oficial, a doble vuelta, y ¿quién creen ustedes que solía ganar aquellas ligas?, pues el Granada C.F., naturalmente, el mejor de todos los equipos, el que disponía de la mejor plantilla (y también de alguna venial ayudilla arbitral) y solía adjudicarse también el Zamora y el Pichichi.

Porque este divertido juego permitía, tal como ahora los de ordenador, jugar uno solo o contra otro, o los partidos internacionales, cuando nos juntábamos tres o cuatro en una u otra casa y cada uno aportaba su propio equipo. Aquellos cuadrangulares levantaban también sus pasiones y en más de una ocasión acabábamos como el rosario de la aurora.

En la Red se pueden visitar numerosas páginas que ponen de manifiesto que, pese al universo electrónico de hoy con el que tiene que competir, no ha muerto este apasionante juego que fue muy popular en la España de posguerra. En países como Brasil sigue muy vivo, con competiciones de nivel e incluso con profesionales que viven de esto. Y hay hasta una asociación que promueve que sea aceptado como deporte olímpico. Servidor no descarta que, si consigo superar esa estúpida aprensión que me produce entrar en un universo eminentemente femenino como es una mercería, cualquier día de estos vuelva a hacerme con lo necesario para revivir los momentos felices de una infancia ya -¡ay!- cada vez más lejana.

lunes, 30 de junio de 2008

EL LLANO


En plena Plaza del Gran Capitán, esquina a lo que hoy es Emperatriz Eugenia, existía un solar de no más de cincuenta metros de largo al que conocíamos como campo de Lapetra. También estaba el que llamábamos campo de Funes, que ahora quedaría por la calle Arabial. Otra cancha en la que uno recuerda haber jugado estaba en lo que hoy es el barrio de Los Pajaritos, en terrenos que fueron de la desaparecida estación de los Ferrocarriles Andaluces. Y también había otro campo por la Avenida de Cervantes que creo que fue escenario allá por los años veinte de no pocos derbis locales de aquellos clubes anteriores al Recreativo que no llegaron a tener continuidad. Éstos y algunos más que ahora no recuerdo formaban la oferta futbolera en lo que a instalaciones se refiere cuando servidor empezaba a dejar atrás la infancia. No se puede hablar de campos de deportes sino de descampados ya en las afueras de la ciudad, de hazas caracterizadas por la gran cantidad de piedras que se encontraban en unas superficies alomadas por los surcos donde no hacía demasiado tiempo se habrían recogido sus buenas cosechas de patatas. Tampoco faltaban los cascajos, las basuras y todo tipo de maleza silvestre. Realmente no eran el mejor escenario para aprender una buena técnica futbolística.

Más a mano y como alternativa estaba la placeta del barrio, pero con el gran handicap de tener que estar pendientes de la espada de Damocles que representaban los “guris”, que podían aparecer en el momento menos pensado y dejarte sin balón o llevarte preso si no andabas con ojo.

Pero siempre estaban las tardes de sábado, único momento (aparte de los domingos) libre de obligaciones escolares, para subir al Llano de la Perdiz. Granada, tan privilegiada en bellezas monumentales y naturales tiene otro tesoro, no todo lo valorado que debiera, a sólo dos pasos del centro de la ciudad, el Parque de Invierno, como se le conocía antes, o Parque Periurbano o Dehesa del Generalife, como se le conoce ahora. Auténtico pulmón de la urbe y paraíso de soledad y silencio (si uno acude entre semana) y panorámicas. Y también monte olimpo del deporte más popular.

Qué maravilla aquellas felices tardes de la edad del pavo, aquellos sábados en que nos juntábamos unos cuantos chaveas y echábamos a andar Cuesta de Gomérez arriba para en una hora estar en la cima donde nunca faltaban rivales ni balones para improvisar un partidazo por todo lo alto; y tan alto, más de mil metros sobre el nivel del mar. Algunos, más espabilados, hacían dedo y casi siempre encontraban quien los llevara. Muchas veces, cuando era pleno invierno, no faltaba la niebla y la nieve, y también era frecuente que al ir uno a vestirse después del partido no pudiera abotonarse la ropa al no responder los dedos enteleridos y llenos de sabañones. Pero todo se daba por bueno a esa edad, incluso cabecear aquellos balones de antes que cuando se mojaban pesaban un quintal y te dejaban medio esnoclao, como decía “Elquesabe”.

En una ocasión el puñado de chaveas, ya casi adolescentes, que nos reuníamos desafiamos a un grupo de “puretas” que por allí correteaba. Con el desparpajo autosuficiente propio de la edad pretendíamos humillar a los carrozas y darles un baño. Servidor, a la sazón un teenager con ínfulas de delantero goleador, tuvo que vérselas con un cuarentón más bien panzudo y de buena estatura que formaba en el centro de la defensa contraria. Bien pronto pude comprobar que aquel hombre no era ni mucho menos un tuercebotas sino todo lo contrario, y con una técnica magnífica y muchos recursos sacaba siempre el balón jugado y no daba ni una patada; resultado: mi papel en aquel partido se limitó a ver cómo una y otra vez se me anticipaba y me anulaba por arriba, por abajo, por el norte y por el sur, y servidor literalmente no rascó bola. Pues bien, aquel hombre maduro, lo supimos después, no era otro que el gran Manolo Méndez que con algunos amigos (Pellejero también estaba), lo mismo que nosotros, había aprovechado la tarde del sábado para practicar el fútbol popular que siempre ha ofrecido gratuitamente ese altar balompédico que es el Llano de la Perdiz. Nos metieron tal escardón que nuestro jactancioso orgullo de imberbes quedó algo mal parado.

Y es que en el Llano de la Perdiz era frecuente asistir gratis a más de un partido de viejas glorias. Así pudo uno ver jugar hace no demasiados años a un sesentón Pepe Millán que todavía conservaba buenas cualidades. También hasta hace poco eran asiduos a los partidos de las peñas domingueras otros jugadores que lo fueron todo en el Granada como Vicente Díaz o Castellanos, que uno recuerde.

Últimamente parece que, en lo que se refiere a partidos futboleros populares, anda el Llano algo de capa caída. Claro, la oferta actual de instalaciones es amplísima e incluso el césped en partidos de peñas es algo normal como para tener que trasponer a todo lo alto del monte. Pero, dónde va a parar; los partidos en aquel escenario, con esa luz, con esos paisajes y ese aire limpio de montaña; para servidor no admite comparación. Incluso la cervecilla de después (como el cigarrillo de después), en los quiosquillos al sol, de mostrador y palangana con barra de hielo y conversaciones futboleras, no es equiparable ni de muy lejos al “Aquarius” que te sirve una máquina con palique cibernético.

martes, 24 de junio de 2008

NACIMIENTO DE UN MITO


La foto que ilustra este escrito corresponde al partido que se señala como el acta de nacimiento de un mito del fútbol mundial, el de “la Naranja Mecánica”. Como hijo del tiempo en que nació, este nombre se tomó prestado por la prensa asociando el color de las camisetas de la selección holandesa con un film de culto de la época por el que Stanley Kubrick llevó al cine la novela homónima de Anthony Burgess. Hablar de la Naranja Mecánica es hablar también del momento del nacimiento mundial del que se llamó “Fútbol Total”, que básicamente se puede definir como aquel en el que todos atacan y todos defienden; una concepción del fútbol que no es una táctica sino una forma de jugarlo.

De la mano de Marinus Michels la selección holandesa fue la sensación del mundial alemán de 1974, en donde, apoyándose en un grupo irrepetible de jugadores de gran clase y magnífica preparación física, liderado por Cruyff, pasó por encima de selecciones como Uruguay, Argentina y Brasil para caer en la final ante el equipo anfitrión. Cuatro años después, en el mundial de Argentina, volvió a repetir el resultado frustrante al caer nuevamente en la final ante el anfitrión. De esta forma se convirtió en una figura poco satisfactoria como es la del vencedor moral o campeón sin corona, pero mereció pasar para siempre a ocupar un puesto destacado en la historia del Fútbol (así con mayúscula).

En el mundial alemán del 74 Holanda maravilló a los aficionados y revolucionó el fútbol mundial al romper con las encorsetadas tácticas dominantes hasta ese momento, las que derivaban de una WM ya periclitada y que había venido a degenerar en el cerrojazo casi generalizado. Con su juego en el que todos atacaban y todos defendían, con laterales que eran un atacante más y donde el portero también tenía en momentos que defender fuera de su área, con apoyos constantes, desdoblamientos, relevos, presión para recuperar el balón. En definitiva, el fútbol moderno: algo que ahora es usual sobre un terreno de juego pero entonces era novedoso.

La foto corresponde al partido celebrado el 15 de junio de 1974 entre las selecciones de Uruguay y Holanda, con el que ambos conjuntos debutaban en Hannover como integrantes del grupo tres en la primera fase del mundial de Alemania 1974. Neeskens y un siempre expeditivo Montero Castillo chocan en la disputa de un balón. El resultado fue de Holanda 2 Uruguay 0, los dos goles de Rep. La selección uruguaya, dos veces campeona del mundo y que en el anterior mundial había alcanzado un brillante cuarto puesto, en Alemania 74 tuvo un pobre papel, siendo eliminada en la primera fase al conseguir sólo un punto.

Como notarios para dar fe del nacimiento del mito a la vez que lo sufrían en propias carnes, en aquel partido se alinearon con Uruguay los tres únicos granadinistas presentes en este mundial: el citado Montero Castillo, que por entonces ya formaba parte de la plantilla rojiblanca a la que había llegado al principio de esta temporada; Mazurkiewicz, que llegaría al Granada la temporada siguiente; y también otro hombre que dos años después se convertiría en jugador granadinista, Denis Milar, sustituto en la segunda parte de su compañero Cubilla.

jueves, 12 de junio de 2008

FÚTBOL PLACETERO



En la Granada de mediados de los sesenta los niños de por entonces no lo teníamos demasiado fácil para practicar nuestro deporte favorito. Había que peregrinar a los descampados de las afueras, aunque para eso bastara acercarse a la Plaza del Gran Capitán (campo de Lapetra), o a lo que hoy es la calle Arabial (campo de Funes), “caminata” que para nuestros pocos años suponía una aventura. Pero para aventura, una odisea más bien, era subir al Llano de la Perdiz. Además, conseguir un balón de reglamento, un balón de cuero, era todo un lujo para nuestras economías (“...tener un balón, Dios mío / qué planeta de fortuna...” como dijo el poeta). Así que era mucho mejor jugar en nuestro barrio, en nuestra placeta, aunque fuera con una pelota de plástico comprada con lo que cada uno podía aportar en un quiosco de plaza Bibarrambla o de la Trinidad.

La placeta era nuestro campo de fútbol y como tal tenía la particularidad de ser por lo menos cuatro veces más ancho que largo. Las porterías consistían en los troncos de cuatro viejas acacias perfectamente enfrentadas unas a otras que evitaban el tener que formarlas con piedras, ropas o libros (“...de textos o guardarropía...”), como es usual en este tipo de fútbol placetero. En tan peculiar recinto deportivo se podía aprender a hacer la pared (“...que es el «wing» que más la pasa...”) sin tener que apoyarse en un compañero; o practicar el regate, que había de hacerse tanto sobre los contrarios como sobre las beatas que salían de la novena de turno según la época del año. También ocurría que los partidos podían ser de siete contra siete o de veinte contra otros tantos en un batiburrillo de benjamines, alevines, infantiles e incluso cadetes. Además las reglas diferían un tanto de las que marca el Reglamento pues no existía el fuera de banda y habíamos introducido una infracción nueva que daba lugar a saque neutral y era lo que llamábamos «estorbo», que consistía en que algún transeúnte que pasaba por allí golpeaba o era golpeado por la pelota, situación esta última que no siempre se la tomaba demasiado a bien el estorbón.

La Placeta, así la conocíamos familiarmente, con su pavimento de losas de piedra de Sierra Elvira de irregular distribución y junturas separadas por donde asomaban hierbecillas y donde algún pie salía lastimado más de una vez al intentar chutar la pelota. Ensayo de cantera que ha visto pasar a varias generaciones de entusiastas practicantes del deporte rey; algunos incluso llegaron a jugar en el Recreativo.

En esta cancha los partidos los presidía Alonso Cano en su pedestal mirándonos de soslayo, como vigilando y temiéndose, un cascarrabias reconocido como él, la próxima travesura en forma de sombrero de papel o colilla para sus labios de granito con que esos gamberrillos le faltaban al respeto. A la estatua del ilustre artista del barroco la flanqueaban cuatro magnolios que proporcionaban una agradable sombra en las tardes de aquellos veranos sin veraneo en que los niños de entonces aprovechábamos para dedicarnos horas y horas a nuestra diversión favorita: emular a nuestros ases que lo eran en rojiblanco.

Además de la presidencia pétrea de Alonso Cano contábamos también con la más cárnica de «el Chumbo» en su sillón de mimbre, que era quien daba aviso a la brigada en cuanto comenzaban los partidos. Éste era un personaje inefable cuyos atronadores cuescos tenían horario fijo como los trenes y rebotaban en los muros de piedra de las iglesias cercanas en un eco peculiar.

Ahora, cualquier día de éstos, gracias a la iniciativa del club Granada 74, es posible encontrarse un partido de fútbol de niños en las mismas puertas del Ayuntamiento o en cualquier otra plaza céntrica. Pero en aquellos años de ordeno y mando en que tantas cosas estaban prohibidas, también lo estaba el jugar al fútbol en las calles y plazas; así que hétenos aquí convertidos en pequeños delincuentes por mor de darle patadas a un balón sin salir del ámbito urbano. Guindillas había especializados en perseguir, si sus juanetes se lo permitían, a aquellos galopines que inasequibles al desaliento no se cortaban ante la amenaza de quedarse sin balón o, en el peor de los casos, ser detenido y conducido como un malhechor al cuartelillo, de donde sólo el pago del correspondiente rescate en forma de multa podía sacarte.

Los chaveas no nos arredrábamos ante la prohibición y nos pitorreábamos de aquellos hombres ya maduros, de aspecto campesino, embutidos en sus tres cuartos azul marino de hombreras salpimentadas de caspa y armados de porra, a los que teníamos bautizados con sus correspondientes motes. Memorable es una ocasión en que vinieron a «echarnos un desafío» un grupo de chavales de la placeta de Gracia que traían hasta un balón de pentágonos negros, igualito a los que se usaban en primera división. Cara les iba a costar su osadía. Comenzó el partido y pronto nos adelantamos los locales con goles de «Elquesabe» y de «Tachuelas», pero no habían transcurrido ni diez minutos cuando se presentaron los guardias. Venían tres, uno por cada una de las posibles vías de escape a lugar más seguro: por la parte de la Alcaicería el jefecillo, «el Chérif»; por la parte de la calle Libreros el terror de la chavalería, «el Chiriví», famoso por su mala uva; y por la parte de la Catedral un meritorio, «el Giacomino Tontonatti». Al grito de «¡guri!, ¡guri!» los que jugábamos en casa no lo dudamos e inmediatamente emprendimos la huida por la salida más amplia, la de la Catedral, ayudando a los más pequeños, «el Chunli» y «el Rabanito», consiguiendo todos ponernos a salvo. Pero los forasteros, sorprendidos por la “perfecta razzia” policial que no esperaban, ¡ejemplo de estrategia anticrimen!, no reaccionaron a tiempo y cayeron en las garras de los gendarmes municipales dos de ellos además del estupendo balón. Ignoro qué pasó después con los dos pobres incautos. Imagino que serían conducidos al Cuerpo de Guardia municipal y que los dos debieron de sentir algo parecido a lo que sentiría Aguirre-Suárez en Villa Devoto, después de aquel legendario partido de vuelta de la final de la Copa Intercontinental 1969, contra el Milán, sólo que para que esto ocurriera aún faltaban algunos años.

Los partidos de aquella maravillosa liga amateur se celebraban todos los días del año excepto cuando pasada la mitad de noviembre la plaza era tomada por una batahola de camisas azules, himnos guerreros, brazos en alto y coronas de flores, muchas coronas, que copaban la pared de la Iglesia del Sagrario donde aún puede leerse el nombre y apellido de un señor a quien los jóvenes de hoy no tienen el gusto de conocer ni de oídas.

Pero cuando la plaza lucía sus mejores galas y se parecía a un precioso y entrañable cuadro naif, digno de la firma de Maripi Morales, era en las tardes de los veranos granadinos en que los últimos rayos de sol daban a la fachada de la Catedral un prodigioso color rojizo; tardes de niños sin posibles repartiendo pelotazos indiscriminadamente, de niñas jugando a la comba acompañando su juego con cánticos, eclesiásticos preconciliares de sotana y sombrero arriba y abajo de la plaza, mujeres tocadas de velo entrando y saliendo de los templos, soldados cortejando marmotas, algún guiri despistado, y el tío de los altramuces y las chufas con su pregón: «¡frescas como la nieve..!».

martes, 10 de junio de 2008

¿ARDE EL BANQUILLO?


22/02/05

En la Preferente, como en todas las categorías, el protagonismo en los partidos, el limitado protagonismo que pueda corresponder en una categoría tan modesta, es de los jugadores. Pero no hay que olvidar la figura de quien ocupa ese asiento que parece que quema, que parece que, al menos para éstos, no es algo necesario porque no suelen hacer uso de él; me refiero a los sufridos entrenadores, al míster que desde la banda dirige a sus pupilos. Casi todos tienen en común la gran potencia de sus cuerdas vocales, pero observándolos durante el desarrollo de los encuentros se pueden extraer unos cuantos tipos: está el modelo helicóptero, que acompaña sus voces con grandes giros de brazos que parece que va a despegar del suelo en cualquier momento. Está también el rematador, que además gesticula con los pies, como explicando que al balón hay que darle así y no de esa forma torticera que acabamos de ver. Está también el modelo sordomudo, que se le puede distinguir porque suele gesticular en un lenguaje de manos con dedos extendidos alternativamente que si no fuera por los bocinazos con que acompaña esos gestos cualquiera diría que se expresa en un código sólo para iniciados. También podemos ver al tipo señalero de la Armada, que recuerda a quienes en los barcos en alta mar hacen señales con banderas. Y hay muchísimos tipos más, tantos como distintas personalidades empuñan la batuta y se ponen al frente de esa banda más o menos bien conjuntada que en definitivas cuentas viene a ser un equipo de fútbol. Todo depende del temple y del dominio de los propios nervios que el míster en cuestión tenga en su siempre difícil, ingrata y precaria labor.

También hay, por supuesto, el que a lo largo del partido es un poco de cada uno de esos tipos típicos, como un buen amigo de esta casa, D. Gabriel Rosario Lázaro, al que tuvimos ocasión de ver en acción hace ya algunos años, al frente de aquel Granada B de rayas blanquiazules horizontales (no recuerdo bien si todavía no había perdido su nombre de Recreativo) que alineaba a ilustres de la cantera granadina cuando todavía eran promesas: Javi García (o Futre), Sergio Cruz, Peramos, más el refuerzo que llegó a últimos de temporada de Jesús Sierra. Otros que formaban parte de aquel equipo eran jugadores como Hilario, Germán, Víctor Oliva o Alberto Chica. Me estoy refiriendo a la temporada 95-96. En ella el filial granadinista consiguió su, por ahora, último ascenso a Tercera División. La temporada la inició en el banquillo Lucas Alcaraz, pero al ser cesado en la jornada ocho el míster del primer equipo, Crispi, el entonces desconocido técnico del filial se hizo cargo del Granada de 2ª B, y lo que se pensaba provisional, ante los buenos resultados se convirtió en definitivo, pasando Lázaro a dirigir al Recreativo.

Aquel año en la Preferente se dio una bonita y dura pugna por los dos puestos de cabeza entre el desaparecido Zaidín y el filial granadinista. De la mano de Lucas Alcaraz primero y Lázaro después, el filial arrasó y completó una más que brillante temporada en la que ganó un total de veinticinco partidos y sólo perdió cuatro de un calendario de treinta y cuatro, con noventa y dos goles a favor por sólo veintitrés en contra; pero el campeón fue el club zaidinero (que no tuvo suerte en la liguilla), mientras que el Recreativo, segundo clasificado, sí ascendió. Otros equipos que militaban aquella temporada en la Preferente eran: Santa Fe, Imperio, Vandalia, Alfacar, Gabia y más, y entre ellos un modesto entre los modestos, el Cúllar-Vega.

En la jornada veinte visita el Recreativo la casa del equipo de la Vega. Éste, como suele ser norma entre los clubs modestos, y más cuando se enfrentan a un grande, se atrinchera atrás y basa su juego en la posibilidad de sorprender en algún contraataque, por ello su rival, el Recreativo, tiene ciertas dificultades para acercarse a la meta y alzarse con su objetivo que no es otro que los tres puntos (ésta es la primera temporada en la que la victoria vale tres puntos). Como el gol tarda en llegar va subiendo de tono el grado de nerviosismo en el banquillo visitante y ahí podemos ver al bueno de Lázaro desgañitándose («Dimaaas... a ver si voy a tener que salir yo a sacar de banda...; Dimaaaas... que no estamos en lo que hay que estar....; Dimaaaas...»), gesticulando, saltando, cabeceando, corriendo, zapateando, fumando uno tras otro, y así van pasando los minutos sin que el marcador (que no hay) se mueva. La nota de originalidad de Lázaro con respecto al repertorio de frases y gestos de otros entrenadores es que se vuelve al público que está situado detrás del banquillo (entre los que se encuentra un servidor, que por aquel entonces no conocía de nada a Lázaro) y comenta la jugada que acabamos de ver. Todo un espectáculo. Conforme van pasando los minutos va aumentando la tensión en el banquillo y con ella los bocinazos y los gestos, y el público ya se toma a pitorreo lo que ve, por lo que cada vez que nuestro hombre va a abrir la boca le precede el grito del respetable: “Dimaaas”, gritan a coro los guasones.

Ya en la segunda parte Lázaro mueve el banquillo dando entrada a Sergio Cruz en sustitución del poco afortunado Dimas y entonces el decorado ya es otro cantar y empieza a ser patente la superioridad visitante, que se prodiga en jugadas de ataque con mucha más soltura, y los goles llegan por fin. Pero ni por ésas se tranquiliza nuestro hombre que sigue con sus emberrinchados gritos y gestos, y sigue también la guasa del respetable y el coro de los “ostentóreos” Dimaaaas, coro que aún camino de los vestuarios, una vez terminado el choque, perseguirá a nuestro hombre. El resultado final fue de 0-2 para el Recreativo.

Como nota curiosa sólo destacar que en el equipo visitante se alineó en aquel partido un joven prometedor, hoy alma del equipo cullero, Juanjo Ortega; mientras que en el local actuó como valladar en el eje de la defensa (y, por cierto, fue expulsado) Jorge García, más conocido por “el Pesca”.

¡QUEOS! ¡QUEOS!




Aunque no se aprecie en la foto pues ésta es anterior a la primorosa remodelación de Gallego Burín, y aunque no lo parezca, esto es un campo de fútbol. Sí, es un escenario granadino bien céntrico y muy turístico, pero también es (era) un campo de fútbol. Alguien dijo que la patria de cada cual es su infancia. Pues nada para mí más patriótico que este rincón con nombre de insigne artista del barroco español. Ni los descampados de las afueras, ni los campos de los Escolapios, ni el Llano de la Perdiz, qué va; nada comparable a la superficie de piedra de Sierra Elvira de esta preciosa placeta granadina, con sus canalillos entre losa y losa por donde verdeaban hierbecillas y donde algún Gorila perdió su reciedumbre zapatil. Con sus acacias bien alineadas para que no fuera necesario improvisar las porterías.

En esta cancha se jugaba un fútbol elaborado. Elaborado, trabado y propenso a las melés entre cuatro contra cuatro o veinte contra veinte, sin límite de edad ni de sexo, porque más de una vez participaba también alguna hermana algo marimachosilla ella. Elaborado a base de patear una pelota de plástico o bien, mucho más de vez en cuando, intentar mover con nuestro 36 lleno de sabañones un balón de cuero, de aquellos de badana que si había llovido pesaban más que familia numerosa para mileurista. Elaborado a base de regateo fino, tanto sobre contrarios como sobre transeúntes, en especial sobre las personas que salían de los tropecientos triduos y novenas que también en este escenario se daban a porrillo.

Era un fútbol muy elaborado y a la vez muy popular. Siempre estaba abierto a la participación de cualquiera que atravesara la plaza y dejara allí, junto a un árbol, lo que llevara entre sus manos además del sentido del ridículo. Como cuando Antoñico se incorporó sin más al juego gritando: «¡chámela, chámela, e yo hugué n’el Reclativo!»; yo cumplí con mi parte y se la eché, pero el buen e insigne hincha rojiblanco, que lo fue, lanzó su pierna con toda su fuerza y, claro, lo suyo no era la coordinación, y su patada al aire hizo que su zapato derecho volara y pasara, con un revuelo de velos y cuentas de rosario, lamiendo no el poste sino el poblado entrecejo de Dª. Mercedes, monja arrepentida y portera de una finca de la cercana calle Tundidores -y deslenguada como ella sola- que bajaba los escalones del Sagrario en esos precisos momentos. A cojetadas se fue pitando Antoñico, perseguido por sus propios taconazos en salva sea la parte y perseguido también por una sarta de improperios a cual más soez que en letanía lanzaba Dª. Mercedes con una expresión no airada si no más bien recogida, casi como la que podría lucir sólo unos minutos antes mientras declamaba los misterios gozosos en el templo.

Otras veces los peatones participaban también del juego aunque no quisieran, que allí no se discriminaba y la democracia del pelotazo se practicaba varios años antes de que se instaurara la otra, la de verdad.

«¡Queos! ¡queos!» El no saber el idioma de aquella patria infantil podía convertirse en un drama. Como lo que le pasó a el Ortega. No era ése su verdadero nombre, pero como siempre estaba hablando de su pueblo le pusimos el mote. Era un zagalón del norte de la provincia que después del toque de paseo en Capitanía, donde servía a la patria, acudía todas las tardes a la plaza porque pretendía a la Trini, chacha y niñera de un amigo. Una vez y quizás para impresionar a la marmota con sus gracias balompédicas, se unió a la batahola de chaveas correteando detrás de una pelota. Por no saber interpretar el aviso (¡queos!) no huyó como los demás del Chiriví y el Tito Pepe, los guris, avisados por el villano de esta farsa, el Chumbo. Los gendarmes, sin ningún respeto al color caqui, atraparon por detrás al soldado y se lo llevaron codo con codo, como en el romance lorquiano, al cuartelillo de la plaza del Carmen. «¡Ay de mi Alicún!, que ya no le van a dal el pase pernota, que me lo van a lleval a las tapias», con este lamento de resonancias juglarescas se desesperaba en sus abundantes carnes la Trini mientras su admirador era conducido por la pareja de guindillas como un malhechor. Y es que el fútbol puro de placeta que allí se disfrutaba era también un deporte de riesgo en aquellos autoritarios años y muy perseguido por la municipalidad que lo tenía totalmente proscrito. Lo mismo que otra inocente diversión de golfillo que un servidor confiesa haber practicado en sus años más tiernos, el correr detrás de un coche de caballos y con un leve salto sentarse en el eje trasero y acomodarse para disfrutar de un formidable paseo por las calles más céntricas de aquella Granada surcada todavía por raíles de tranvía. El paseíllo acababa muchas veces cuando algún malafondinga gritaba aquello de «¡látigo atrás!».

El calendario duraba trescientas sesenta y cinco jornadas, o casi. Ni siquiera los funerales, ni bodas o bautizos, con sus aglomeraciones de personal diverso, lograban aplazar aquellos choques futboleros, lo que en más de una ocasión era motivo de algún que otro berrinche por parte de personas endomingadas. Sólo se suspendían los partidos por fuerza mayor -porque otros habían ocupado antes la placeta- en determinadas fechas muy señaladas: 2 de enero, domingo de Ramos, día del Corpus, 12 de octubre, y también hacia mediados de noviembre, cuando una especie de peregrinación gagá, cada año menos entusiasta y menos poblada, traía a la placeta una multitud de hombres que vestían camisas azules (conque hinchas del Graná no eran, que yo sepa) y practicaban un rito consistente en levantar el brazo derecho y cantar canciones guerreras ante una pared en la que habían colocado muchas coronas de flores.

domingo, 8 de junio de 2008

OPTIMISMO EN EL ECUADOR DE LA LIGA



22/01/07

Con el sensacional triunfo rojiblanco ante el Cádiz se cierra la primera vuelta del campeonato de la liga de segunda y a 22 de enero de 2008 podemos confirmar lo que desde que se inició el campeonato veníamos barruntando con ilusión: el Granada CF es un líder avasallador, y como prueba ahí lo tenemos, campeón de invierno. No queremos lanzar todavía las campanas al vuelo, es prematuro, porque la experiencia nos dice, si miramos a recientes campañas, que no siempre el equipo que ha conseguido este honorífico título ha acabado ascendiendo a primera. Los refuerzos de invierno, Rubén Bravo y Aitor Ocio, se han integrado perfectamente y parecen haber acabado con ese único talón de aquiles -la zaga- que desde que echó a rodar el balón ha mostrado el cuadro rojiblanco. Después de la gran exhibición que los hombres de Óscar Cano nos ofrecieron el domingo en Los Cármenes todo es optimismo y nos preguntamos hasta dónde puede llegar este equipo cuando por fin pueda jugar Guti. En cualquier caso ¡chapó! (chapeau, que dicen los gabachos). Los más de veinte mil aficionados que acudieron al coliseo del Zaidín salían como unas castañuelas tras la gran victoria local y por los corrillos y las ventanillas de los coches atrapados en el descomunal atasco una frase flotaba por encima de todas las conversaciones: ascenso a Primera División. Después de treinta y dos años (cuarenta desde el último ascenso) el grueso de la hinchada rojiblanca no conoce lo bien que sabe salir de Los Cármenes después de ver caer al Madrid, o al Barcelona. Aunque todavía es pronto para decirlo, ojalá en junio los veamos buceando en el Embovedado.

En Segunda B también hay razón para el optimismo. El Recreativo Atlético, tras el empate arrancado en el Nuevo La Victoria, se ha encaramado a la sexta plaza, a sólo tres puntos del cuarto. Con un partido poco vistoso, los de Miguel Novo supieron aguantar más de una hora con el marcador a favor, merced al tempranero gol conseguido por Labella. El inoportuno empate final hace que sólo recorte un punto con la zona de fase de ascenso, pero la campaña del filial, al llegar al ecuador de la competición, también se puede catalogar como sobresaliente. Tras unos comienzos titubeantes, por otra parte lógicos para un debutante formado en su casi totalidad por jugadores muy jóvenes, las trece jornadas sin perder han hecho que el equipo remonte y tenga ya a tiro de piedra un posible ascenso. ¿Será verdad que en Granada vayamos a poder ver fútbol de primera y de segunda en la misma temporada? Yo ya me froto las manos. Tampoco sería tan descabellado. En Málaga -no hay que irse muy lejos- ya saben lo que eso es. Y pensar que hace bien poco el partido de la máxima era un Granada-Carolinense.

Claro que el ejemplo del Málaga –decididamente, al eterno rival le crecen los enanos- quizás no sea de lo más modélico, viendo su situación actual. Pero no son momentos de ser agorero, son momentos de ilusionarse y soñar con que lo invertido se ha hecho con racionalidad y no tiene por qué acabar mal. De todas formas uno, forofo sin remedio, se dice para sí: bueno, el vecino anda en horas muy bajas, sí, pero que le quiten lo “bailao” en siete temporadas consecutivas en primera (el difunto CD Málaga nunca permaneció tantas temporadas seguidas en la máxima categoría).

Nuevo chapó, éste para el consejo de administración que preside Sanz. No sólo por la sensacional temporada que, por el momento, nos están ofreciendo a los futboleros de pro. Me felicito y les felicito por el trabajo realizado desde la llegada a Granada del padre y el hijo. Por primera vez desde ni me acuerdo se hicieron las cosas con cabeza en Recogidas 35. Por primera vez desde que Franco era cabo más o menos se vio algo de transparencia y seriedad en tan benemérita casa. Con la importante inyección económica que supuso el aterrizaje posterior de lo más granado del empresariado iliberritano, trayendo además al club toda su estructura deportiva y organizativa, a lo bueno ya hecho vino a sumarse la solvencia y todo ha cambiado tanto que se están dando situaciones totalmente nuevas en los ya casi ochenta años de vida del club. Y lo ha hecho en tan poco tiempo que los enganchados al “furbos” nos pellizcamos para ver si soñamos o es cierto lo que ven nuestros pobres ojos de hinchas empedernidos.

Como único lunar, porque la felicidad rara vez es completa, y robándole la idea a mi amigo, el ilustre J.J. Medina, ahí va una pregunta impertinente: cuándo va la excma. corporación a aflojar la parte que le toca y a la que se comprometió para completar el pago de la plaza en segunda y el traslado de la misma desde la vera del Duero hasta la del Genil. ¿Hace falta recordarles a los políticos locales que en sólo dos meses cumplirá el plazo para hacer efectivo o avalar lo que queda y ya no vamos a poder dar más largas, pudiendo irse todo al garete? Lamentablemente falta todavía demasiado para los próximos comicios (pueden llamarme iluminado, pero yo propondría que hubiera elecciones municipales por lo menos una vez al mes).

martes, 20 de mayo de 2008

UN DERBI MUY ELÉCTRICO



Muchas cosas han cambiado en España y en Granada en los últimos cuarenta años. Nuestro país y nuestra provincia han avanzado, han evolucionado y lo han hecho para bien. Y en el caso de lo que nos afecta más de cerca, nuestra tierra, se puede hablar de avance espectacular, al abandonar por fin los últimos puestos de la riqueza medible a la que parecíamos condenados sin remedio los granadinos. No obstante, hay por lo menos una cosa que parece permanecer inalterable. Según los entendidos en la materia, habría que remontarse al tiempo de los primeros pobladores de estos andurriales para llegar a su origen. No vamos a remontarnos a época tan remota. Aun tratándose de algo sobradamente conocido por todos y siendo el rey de los deportes el objeto de esta página, vamos a rememorar lo que ocurrió en el que ha pasado a la historia como "el partido del siglo granadino", el cual se disputó hace nueve años y constituye la última ocasión, por ahora, en que un club granadino ha tenido al alcance de la mano la Primera División. Lo que aquí se narra puede venir a apoyar la tesis de que no todo ha cambiado.

Aquella tarde de mediados de marzo de 2031, a falta de casi una hora para el comienzo del partido, el recinto del Novísimo Estadio de Los Cármenes se iba llenando poco a poco con las riadas y riadas de aficionados que iban descendiendo de los trenes monorraíl que uno tras otro, en intervalos de cinco minutos, no paraban de vomitar su carga humana de personas de todo sexo, edad y condición, en la estación interior del modernísimo coliseo. El nuevo estadio levantado en El Fargue iba así adquiriendo el colorido rojiverde-rojiblanco que le daban los atuendos, las banderas, los mil adminículos que portaban los que acudían al partido de la máxima.

Caprichos del calendario. Los hados habían querido que en la jornada treinta, última del campeonato de la Segunda División, grupo Sur, se enfrentaran segundo y tercero clasificados para dirimir cuál de los dos se haría con el único puesto de ascenso sin adjudicar, porque la plaza de campeón ya se la había apropiado el Murcia: el que resultara vencedor quedaría en el segundo puesto de la tabla y, con ello, conseguiría el ascenso automático a la división de honor del fútbol español. Para darle más morbo al enfrentamiento, el resultado de empate no le servía a ninguno de los contendientes pues la plaza libre se iría, con toda probabilidad, para otras latitudes. Y para colmo de los colmos de la morbosidad, los dos equipos eran granadinos.

"Enfrentamiento fratricida con la primera en juego" fue un titular en primera página del diario Granada Hoy. "¿Cuál de nuestros equipos traerá fútbol de primera a nuestra tierra después de cincuenta y cinco años?"; titulaba en portada Ideal. Granada C.F., a punto de cumplir cien años de existencia, y Granada Atlético, recién cumplidos veinticinco, eran los rivales de este choque.

El flamante estadio municipal ofrecía un aspecto inigualable. Había sido construido dos años antes y previsoramente se le había dotado de todos los adelantos exigidos por la Federación para poder obtener el plácet como estadio apto para que en él se celebrasen encuentros de Primera División: capacidad mínima para cincuenta mil espectadores; todo el recinto cubierto; césped artificial autorregenerable y de humedad constante; mamparas de cristal blindado separando por completo los graderíos del terreno de juego; postes de arbitraje electrónico que recogen cualquier incidencia -desde cualquier ángulo de visión- que ocurra en el terreno o en las gradas y lo transmiten en tiempo real a los paneles de audio-vídeo; sistema de autoevacuación. Y también la estrella de los mecanismos de control, envidia y pasmo de los rivales pues ni el Bernabéu tenía por entonces algo parecido: lo que se conoció como “balón inteligente”, por el cual la bola se sitúa siempre, ella sola, sin que haya de ser colocada, en el lugar donde se ha cometido la infracción o por donde ha salido del terreno y desde el cual se ha de continuar el juego. Este dispositivo suponía el último aullido en adelantos futboleros y su coordinación con los obligatorios postes de arbitraje hacían innecesaria la presencia de un árbitro, con sus humanos errores, pues el mecanismo era infalible. O al menos eso se pensaba.

La foto del palco presidencial tomada durante los prolegómenos de aquel encuentro, todo un clásico en la ya larga historia de la rivalidad penibética, nos muestra por un lado a D. Raúl Zamora, presidente y máximo accionista del Granada C.F., joven empresario propietario de cientos de miles de hectáreas de fértil vega y del holding Laboratorios Zamora S.A., fabricante del popular analgésico Cañamina; el hombre aparece muy contento en la instantánea porque le ha llegado un soplo en el que le confirman de buena fuente que está a punto de salir la sentencia que pondrá fin de una santa vez al espinoso pleito de Los Cármenes. A su lado un hombre de mediana edad que sonríe y saluda a la legión de aduladores que se acercan a cumplimentar al poseedor de una de las más sólidas fortunas de Granada, amasada en el desarrollo de su industria de demolición-fertilización, D. Sergio García, presidente y propietario del otro club que hoy comparece en el (más) Nuevo Los Cármenes, el Granada Atlético.

En los diarios también se resaltaba el gran contraste que ofrecía este choque entre estos dos clubes con el primero entre los mismos antagonistas que registra la historia. Veintiséis años antes ambos eran equipos perdidos en la cuarta categoría del fútbol español. El Granada C.F., cargado de historia -y de deudas-, purgaba sus muchas culpas arrastrando su ajado prestigio en enfrentamientos contra equipos de pequeñas aldeas andaluzas, siempre al borde de la desaparición, sólo sustentado por la esperanza de la resolución de un antiguo contencioso, de la cual se esperaba, como el maná, que trajera una lluvia de millones que sacara al club de su postración. El otro club, recién fundado por un grupo de pequeños empresarios como alternativa al histórico, empezaba a dar sus primeros pasos y, por tanto, su futuro, y aun su presente, era toda una incógnita. El contraste es aún mayor desde el punto de vista de la pasión que estos derbis levantan, sobre todo los que hemos podido rescatar de las amarillentas páginas de la prensa de la época, referidos a éstos últimos años. Por el contrario, en 2005, los dos equipos, desaparecidos del panorama futbolero español, arrastraban a escasísimos seguidores y sus enfrentamientos no provocaban ni el menor incidente más allá de los insultos entre las aficiones.

Ese contraste entre uno y otro derbi era propiciado en gran parte por la llamada "Revolución Verde" de finales de la década de los diez, que hizo realidad el milagro económico de la Vega de Ganada, el cual nació de una decisión política comprometida, la de las autoridades de la Nacionalidad Altoandaluza, contra el informe negativo del ejecutivo federal de la República, de impulsar el cultivo del cáñamo en su territorio -en su doble variedad: común e índico-, como un ensayo para intentar paliar la gran crisis del sector agrícola, huérfano de cualquier tipo de ayuda comunitaria desde hacía más de un lustro.

El matrimonio entre el nuevo cultivo y las fértiles tierras de nuestra vega (las pocas que por entonces quedaban) se mostró desde el principio como idílico y muy rentable por sus grandes cosechas y la gran calidad de lo recolectado. Favorecido porque su variedad índica seguía siendo ilegal en otras nacionalidades, en seguida atrajo la afluencia de golosos capitales en busca de tajada, surgiendo las industrias farmacéuticas y textiles, tan comunes hoy en nuestro paisaje. Todo trajo el despegue económico de nuestra provincia por el que suspiraban nuestros abuelos, y llegó en buena hora de manera parecida al que vino aproximadamente un siglo antes de la mano de otro producto del campo: la remolacha. De esta forma, al reactivarse todos los sectores de la economía local, el deporte en todas sus facetas también se vio favorecido y se acabaron por fin los insulsos partidos contra equipos de pueblo en estadios desiertos, barridos por la desolación de aquellos infumables partidos contra el Pedrusco F.C. o el At. Merluzo. Aunque llegaron por fin los ascensos de categoría, éstos no se produjeron con la presteza que a los aficionados nos hubiera gustado, porque, ¡genio y figura!, nuestros dos equipos se empeñaban en hacérnoslo sufrir. Todos recordamos el último partido de liguilla de ascenso a Segunda A del año 23, el conocido como "Alcoyanazo", cuando Pérez, en el descuento, tiró fuera el penalti que hubiera dado el ascenso al Granada C.F. También en la otra casa tuvieron su último minuto de frustración, cuando en 2027, en Badajoz, Pi cabeceó al poste el balón que, de haber entrado, hubiera llevado al equipo a la categoría de plata.

Tras el ascenso a segunda de ambos, ya en el 29, este día por fin se tocaba la máxima categoría, se palpaba después de tantísimo tiempo que quedaban muy pocos aficionados futboleros granadinos que hubieran vivido la última temporada de primera división. Aquel encuentro era, por tanto, "la más alta ocasión" que vieron los siglos balompédicos iliberritanos.

Comenzó el partido. El estadio con todo su aforo rebosando (cincuenta mil espectadores) era una aglomeración, humana y textil, rojiblanca y rojiverde. Cuentan las crónicas que lo que más llamaba la atención -novedad de novedades, por entonces- era aquel balón que parecía tener vida propia. No se había visto cosa igual por estos pagos. El balón inteligente, normalmente blanco entero, adquiría los colores del equipo que debía ponerlo en juego y se situaba en los saques de banda, él solito, en el sitio exacto por donde había salido.

El partido reunió todos los tópicos clásicos de los de esta índole: mucho colorido, muchos nervios, mucha tensión, poco juego y emoción a raudales.

Faltando diez minutos para el final y sin que ninguno de los dos equipos hubiera movido el marcador ocurrió lo imprevisto: en una jugada sin aparente peligro el balón acabó en el fondo de la portería atlética impulsado por un defensor rojiverde. Los rojiblancos saltaban de júbilo y había grandes demostraciones de alegría entre sus seguidores, que no apartaban la vista de los grandes paneles de audio-vídeo donde podía verse una y otra vez la jugada desde todos los ángulos. Sin embargo el balón “inteligente” no emprendía el camino del centro del campo y por el contrario se situaba en el cuarto de círculo del córner. El gol en propia puerta, lo podían comprobar todos, parecía completamente legal, pero el balón no se daba por enterado. Gol anulado y grandes protestas. Pero tras una interrupción de más de veinte minutos e inacabables discusiones y braceos, continúa el juego aunque los forofos rojiblancos están que trinan, bufan y rumian maldiciones, y dirigen miradas asesinas a las cabinas de control.

Pero, como segunda taza por si no teníamos bastante con el incendiario caldo que acabábamos de engullir, cuando quedaban cinco minutos para el final se produjo un derribo de un jugador rojiverde en el área contraria. ¡Penalti!, gritaban los seguidores atléticos. Y, efectivamente, el balón se dirigía al punto de penalti luciendo en su curvo lomo los colores rojiverdes. Pero -¡furor y pavor!- en lugar de colocarse en los once metros del área rojiblanca parecieron fundirse sus circuitos en ese preciso momento y, descangallado y fané, se quedó a medio camino, en zona de nadie, ni pa ti ni pa mí. «Allá quedó el esférico en el pico del área, impertérrito y como desentendido de las humanas pasiones». Ahora las protestas son de los atléticos que infructuosamente tratan de impulsar el balón y sacarlo del lugar donde se ha colocado, pero la bola ha perdido tal condición para adquirir la de una especie de pera fofa; ha perdido su forma esférica con las medidas y el peso que exige el reglamento y además permanece como anclado al terreno. El follón ya es inconmensurable en las gradas. La tensión se mastica y hay escaramuzas entre unos y otros.

Que le den una racha! -grita algún parroquiano-.

-Llamad al “Bisagras” pa que l’eche un chapú –dicen por otro lado-.

El juego está detenido. ¿Qué hacer ante una situación no prevista? Alguien propone desconectar el sistema de balón tontaina y continuar el partido con otro de los de toda la vida. Pero -¡oh, estupor!- no hay árbitro preparado para esta contingencia y hacer venir uno con la cualificación necesaria no parece cosa fácil ni rápida y tampoco a nadie se le ha ocurrido tener preparado otro tipo de balón. El caso es que después de más de una hora en medio de una atronadora “cacerola de ortópteros”, que diría un fisno, con gritos, insultos, empujones y amagos de tomar al asalto las cabinas de control, se decide que no hay más remedio que suspender el choque y jugar más adelante los cinco minutos que faltan, por lo que se activa el sistema de autoevacuación y en un santiamén queda el recinto vacío.

Decididamente, hay cosas que en esta tierra no cambian. Finalmente la única plaza de ascenso vacante fue para el cuarto clasificado, el Betis, que derrotó en su partido al Torredonjimeno, de penalti y en el descuento. La Federación, valorando los graves incidentes de jugadores y de público que se produjeron, decidió que los sistemas de control y seguridad de la instalación del Fargue no reunían las condiciones necesarias para que en el recinto se pudieran celebrar eventos de Primera División y dio por terminado el partido con el resultado que había a falta de cinco minutos, es decir, cero a cero.

¿A quién hay que culpar de esta ocasión perdida? ¿Al chapucero que malinstaló el modernísimo sistema? ¿A los fanáticos, zegríes o abencerrajes, que liaron la trifulca? ¿Al que no cayó en la cuenta de tener preparada la solución por si algo fallaba? A mi memoria acude otra gran ocasión frustrada que pude ver con mis ojos, cuando era aún un infante y me llevaba mi viejo, hace ahora cuarenta años; la gran frustración que supuso para la hinchada hizo que más de uno creyera escuchar algún que otro ¡miau! tras un tabique en tal trance. Desengáñense, esto no lo cuentan las crónicas pero yo, que estuve allí, y en mis riñones de forofo soporté tanto uno como el otro estacazo, les aseguro que la culpa en ambos casos fue de algo tan nuestro, tan penibético, que aunque todo cambie parece que permanecerá sobre nosotros como una maldición, y es que contra la "mala fornicius granatensis" de animales, vegetales y minerales que, como diría el maestro Ladrón de Guevara, debe estar por encima de los cien grados en el fonsecámetro (perdóneseme el "préstamo"), poco se puede hacer más que seguir esperando a que escampe.