EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



martes, 10 de junio de 2008

¡QUEOS! ¡QUEOS!




Aunque no se aprecie en la foto pues ésta es anterior a la primorosa remodelación de Gallego Burín, y aunque no lo parezca, esto es un campo de fútbol. Sí, es un escenario granadino bien céntrico y muy turístico, pero también es (era) un campo de fútbol. Alguien dijo que la patria de cada cual es su infancia. Pues nada para mí más patriótico que este rincón con nombre de insigne artista del barroco español. Ni los descampados de las afueras, ni los campos de los Escolapios, ni el Llano de la Perdiz, qué va; nada comparable a la superficie de piedra de Sierra Elvira de esta preciosa placeta granadina, con sus canalillos entre losa y losa por donde verdeaban hierbecillas y donde algún Gorila perdió su reciedumbre zapatil. Con sus acacias bien alineadas para que no fuera necesario improvisar las porterías.

En esta cancha se jugaba un fútbol elaborado. Elaborado, trabado y propenso a las melés entre cuatro contra cuatro o veinte contra veinte, sin límite de edad ni de sexo, porque más de una vez participaba también alguna hermana algo marimachosilla ella. Elaborado a base de patear una pelota de plástico o bien, mucho más de vez en cuando, intentar mover con nuestro 36 lleno de sabañones un balón de cuero, de aquellos de badana que si había llovido pesaban más que familia numerosa para mileurista. Elaborado a base de regateo fino, tanto sobre contrarios como sobre transeúntes, en especial sobre las personas que salían de los tropecientos triduos y novenas que también en este escenario se daban a porrillo.

Era un fútbol muy elaborado y a la vez muy popular. Siempre estaba abierto a la participación de cualquiera que atravesara la plaza y dejara allí, junto a un árbol, lo que llevara entre sus manos además del sentido del ridículo. Como cuando Antoñico se incorporó sin más al juego gritando: «¡chámela, chámela, e yo hugué n’el Reclativo!»; yo cumplí con mi parte y se la eché, pero el buen e insigne hincha rojiblanco, que lo fue, lanzó su pierna con toda su fuerza y, claro, lo suyo no era la coordinación, y su patada al aire hizo que su zapato derecho volara y pasara, con un revuelo de velos y cuentas de rosario, lamiendo no el poste sino el poblado entrecejo de Dª. Mercedes, monja arrepentida y portera de una finca de la cercana calle Tundidores -y deslenguada como ella sola- que bajaba los escalones del Sagrario en esos precisos momentos. A cojetadas se fue pitando Antoñico, perseguido por sus propios taconazos en salva sea la parte y perseguido también por una sarta de improperios a cual más soez que en letanía lanzaba Dª. Mercedes con una expresión no airada si no más bien recogida, casi como la que podría lucir sólo unos minutos antes mientras declamaba los misterios gozosos en el templo.

Otras veces los peatones participaban también del juego aunque no quisieran, que allí no se discriminaba y la democracia del pelotazo se practicaba varios años antes de que se instaurara la otra, la de verdad.

«¡Queos! ¡queos!» El no saber el idioma de aquella patria infantil podía convertirse en un drama. Como lo que le pasó a el Ortega. No era ése su verdadero nombre, pero como siempre estaba hablando de su pueblo le pusimos el mote. Era un zagalón del norte de la provincia que después del toque de paseo en Capitanía, donde servía a la patria, acudía todas las tardes a la plaza porque pretendía a la Trini, chacha y niñera de un amigo. Una vez y quizás para impresionar a la marmota con sus gracias balompédicas, se unió a la batahola de chaveas correteando detrás de una pelota. Por no saber interpretar el aviso (¡queos!) no huyó como los demás del Chiriví y el Tito Pepe, los guris, avisados por el villano de esta farsa, el Chumbo. Los gendarmes, sin ningún respeto al color caqui, atraparon por detrás al soldado y se lo llevaron codo con codo, como en el romance lorquiano, al cuartelillo de la plaza del Carmen. «¡Ay de mi Alicún!, que ya no le van a dal el pase pernota, que me lo van a lleval a las tapias», con este lamento de resonancias juglarescas se desesperaba en sus abundantes carnes la Trini mientras su admirador era conducido por la pareja de guindillas como un malhechor. Y es que el fútbol puro de placeta que allí se disfrutaba era también un deporte de riesgo en aquellos autoritarios años y muy perseguido por la municipalidad que lo tenía totalmente proscrito. Lo mismo que otra inocente diversión de golfillo que un servidor confiesa haber practicado en sus años más tiernos, el correr detrás de un coche de caballos y con un leve salto sentarse en el eje trasero y acomodarse para disfrutar de un formidable paseo por las calles más céntricas de aquella Granada surcada todavía por raíles de tranvía. El paseíllo acababa muchas veces cuando algún malafondinga gritaba aquello de «¡látigo atrás!».

El calendario duraba trescientas sesenta y cinco jornadas, o casi. Ni siquiera los funerales, ni bodas o bautizos, con sus aglomeraciones de personal diverso, lograban aplazar aquellos choques futboleros, lo que en más de una ocasión era motivo de algún que otro berrinche por parte de personas endomingadas. Sólo se suspendían los partidos por fuerza mayor -porque otros habían ocupado antes la placeta- en determinadas fechas muy señaladas: 2 de enero, domingo de Ramos, día del Corpus, 12 de octubre, y también hacia mediados de noviembre, cuando una especie de peregrinación gagá, cada año menos entusiasta y menos poblada, traía a la placeta una multitud de hombres que vestían camisas azules (conque hinchas del Graná no eran, que yo sepa) y practicaban un rito consistente en levantar el brazo derecho y cantar canciones guerreras ante una pared en la que habían colocado muchas coronas de flores.

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