EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



lunes, 16 de junio de 2008

FRANCO Y LA GUERRA




Después de destaparse el escándalo de los oriundos se decidió para la 73-74 permitir hasta dos extranjeros por club. Por eso en esta temporada llegan al fútbol español algunos futbolistas a los que hoy se habría catalogado como de “galácticos”, casos de Netzer y «Pinino» Mas, para el R. Madrid. Y también el que por entonces era considerado mejor futbolista del mundo, Cruyff, que, como sabemos, debutó en el fútbol español haciéndole dos goles a Izcoa en el partido de la primera vuelta en el que el Granada sucumbió en el Camp Nou (4-0). Con él al frente y con Rinus Michels en el banquillo el Barça puso fin a una sequía de catorce años sin ganar la liga, desde la 59-60, desde los tiempos de Kubala. Nuestra pareja de extranjeros no tenía tanto nombre pero también eran dos jugadores con caché internacional: Montero Castillo (otro hombre para engordar la negativa leyenda) y Echecopar, si bien éste había llegado una temporada antes, temporada que se tiró en blanco porque su falsa documentación como oriundo no coló. En ese ejercicio tuvo tiempo de convertirse en ídolo de la afición y levantar grandes expectativas (que posteriormente no confirmó) merced a su más que brillante papel en aquella liga regional que disputaban los clubes andaluces de primera y segunda y también algún tercera (actual Segunda B).

En plena efervescencia de la «leyenda negra», la tarde del 10 de marzo de 1974, jornada veinticinco, nos visitaba el enrachado hacia el título de campeón (veinte partidos consecutivos sin perder) Barcelona de Cruyff, que en su anterior salida, sólo tres jornadas antes, había derrotado al R. Madrid en el Bernabéu por 0-5 en un partido que se ha convertido en un clásico de la larga historia de la rivalidad merengue-culé.

Para dirigir el partido el árbitro designado es un hombre que desde aquel día merece la calificación de bestia negra para los granadinistas, el colegiado murciano Franco Martínez, el cual, al igual que Guruceta, había ascendido a la máxima categoría en la temporada 69-70 y después alcanzó la internacionalidad. Precisamente su debut en Primera fue en el partido de la primera jornada de la 69-70 en el que el Granada se trajo los dos puntos del Pasarón pontevedrés.

En aquella época era usual que a los árbitros se les nombrara sólo por su primer apellido pero, como es fácil imaginar, Franco, en aquellos tiempos tardofranquistas había sólo uno, por lo que a alguien con ese apellido que había tenido la ocurrencia de hacerse del oficio que por excelencia lleva aparejada la condición de chivo expiatorio de las frustraciones (futboleras o de las otras) y sentina donde van a parar impunemente todas las injurias, había que distinguirlo de alguna forma, no fuéramos a confundir. Por lo que nada de Franco, así, a secas, sino que había que acompañarlo de su segundo apellido. Claro que a pesar de esto y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (y el Darro por Graná), no faltaban los disidentes del sacrosanto régimen (desagradecidos ellos) o simplemente guasones que no dejaban pasar la ocasión que se les brindaba y era frecuente que, en los partidos en los que el del pito era este hombre, del anonimato de la masa forofa surgieran gritos como: ¡Franco, cabrón! u otros inocentes desahogos por el estilo sin que en esta ocasión el osado gritón se viera inmediatamente rodeado de guardias de la porra. Este referí, que fue internacional e incluso pitó en algún Mundial, tenía por completo vetada, por razones obvias, su presencia en una final de Copa del Generalísimo.

Tal como lo vi lo cuento: apenas se llevaban jugados dos minutos de partido cuando Marcial se deja caer en el área granadinista de la portería de la Cárcel sin que nadie lo toque y, como para dejar las cosas claras desde el principio, Franco Martínez, desde casi el centro del campo y después de dejar pasar una eternidad, señala penal sin arredrarse ante las quejas de los rojiblancos. Protestas y más protestas y sus buenos cinco minutos hasta que Rexach lanza la pena máxima y marca, mas, lo que son las cosas, alguien desde la preferencia ha arrojado una almohadilla que aterriza sobre la parte superior de la red de la portería simultáneamente al momento en que el balón entra en el marco, por lo que, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, este Franco ordena repetir el lanzamiento entre las protestas ahora del bando culé. El segundo disparo de Rexach es atajado por Izcoa, así que la primera felonía del referí queda sin efecto y el marcador no se mueve.

Y tan sólo cinco minutos después Quiles recoge un balón en profundidad de Toni (despeje a lo que salga, diría la prensa catalana) y sin que nadie le estorbe se planta en las inmediaciones del área barcelonista para batir a Mora de tiro afortunado: 1-0 con el que disfrutan los más de veinte mil espectadores que abarrotan Los Cármenes entre los que abundan seguidores barcelonistas venidos de provincias vecinas.

Toda la primera parte es de buen juego y dominio rojiblanco y en ella hay más de una ocasión granadinista desaprovechada. El que ha concitado la máxima expectación, Cruyff, no aparece, no está, porque Pedro Fernández lo somete a un estrechísimo y limpio (hay que insistir en lo de limpio) marcaje que no le deja tocar bola.

Nada más comenzar la segunda parte Echecopar (el deseado) manda el balón a la red, pero a instancias del linier se anula el que hubiera supuesto segundo tanto rojiblanco, aunque, en honor a la verdad, hay que decir que este gol estuvo bien anulado. Y enseguida Juan Carlos empata para los azulgranas de gran disparo casi sin ángulo. Desde ahí hasta los últimos minutos hay alternativas y cualquiera puede marcar. Y el partido se ha puesto interesantísimo, tanto como aquellos otros contra cualquier grande que servidor tuvo la suerte de disfrutar cuando apenas empezaba a quedar para siempre enganchado a esta cosa del “funbos”, cuando llegaban los últimos momentos y se veía patente la posibilidad de que nuestro Graná hiciera morder el polvo a un poderoso; en los tiempos en que el rojiblanco era un cuadro duro de pelar hasta para los grandes del fútbol nacional, y más en su fortaleza de la carretera de Jaén.

Pero lo gordo ocurre cuando apenas quedan tres minutos para el final. Con un Granada convencido de que puede anotarse los dos puntos y volcado sobre el marco barcelonista tras saque lejano de falta con balón a la olla, se produce una jugada embarullada en el área catalana en la que un tumulto de jugadores de uno y otro equipo propicia carambolas y rechaces por doquier, y en uno de ellos el guardameta Mora despeja apuradamente con el pie con la fortuna de que el balón tropieza en el pecho de Montero Castillo y acaba dentro de la portería, gol perfectamente legal que supone la victoria del Granada pues apenas queda tiempo y así se celebra con euforia sobre el césped y en las gradas. Pero ¿qué ocurre?, pues que Franco Martínez, nuevamente desde su casa y después de casi media hora, anula el gol tocándose el brazo izquierdo con su mano derecha, en un gesto que viene a significar que el uruguayo se ha ayudado con el brazo y que también puede interpretarse por el forofismo como un ostensible corte de mangas con el que este infausto Franco se burla de la hinchada. Ira y furor recorren los graderíos de Los Cármenes que parece venirse abajo. Sapos y culebras, maldiciones, denuestos, gritos de “¡Guruceta!”, “¡Guruceta!”, despegan del cemento y aterrizan sobre el césped a la vez que una copiosa lluvia de almohadillas y otros objetos.

El juego está detenido mientras se va retirando todo lo caído sobre la hierba y de nada valen las protestas locales. Y para culminar su nefasta actuación Franco Martínez ordena continuar el juego ¡¡¡cuando el terreno está todavía lleno de almohadillas (que continúan cayendo sin parar) y de empleados de gorrilla que las están retirando!!! Así, en medio de un follón como no se ha visto otro igual, termina al fin un partido que el Granada mereció ganar y que hubiera ganado de no ser por aquel Franco de mal recuerdo, que se retira a los vestuarios en medio de todo un ejército de guardias que lo protegen y de un verdadero turbión de aquellas armas arrojadizas que eran las almohadillas que llevaban el emblema de la Cruz Roja, bien rellenas de borra, que pesaban lo suyo y más cuando como en aquella ocasión se encontraban mojadas por la lluvia. Este colegiado permaneció enclaustrado en los vestuarios hasta más de dos horas después, cuando fuertemente protegido por policías abandonó el recinto por la puerta de la localidad de General para ser conducido hasta la estación de Albolote donde tomó el tren expreso de Madrid, despidiéndose así de nuestra tierra y de nuestro equipo al cual ya no volvió nunca más a dirigir.

«ESCÁNDALO». Así, en grandes caracteres y remarcado titulaba la crónica del partido, que firmaba José de Vicente, Ideal de 12 de marzo de 1974. Y ya en letras más pequeñas continuaba: «El árbitro fue el protagonista principal». «En un partido de hipertensión empató el árbitro, no el Barcelona».

Para los granadinistas de por entonces aquel partido se podría calificar casi como “de guante blanco”, porque estábamos acostumbrados a que en los partidos del Granada de aquellos años hubiera sus más y sus menos entre nuestros jugadores y los contrarios, y eran relativamente frecuentes los desplantes y los forcejeos entre futbolistas por culpa de las “gracias subterráneas” de Aguirre (y de otros no tan señalados, todo hay que decirlo); sin embargo en el caso concreto de este partido contra el Barcelona no hubo nada de esto (o al menos desde la grada no fue apreciable) tal como el mismísimo José María García lo comentó en su ya por entonces famoso programa desde los micrófonos de la SER, y todo el partido transcurrió por cauces pacíficos hasta el punto de que si no hubiera sido por el “follaero” final que el nefasto Franco propició seguramente este partido habría sido uno más de los diecisiete enfrentamientos ligueros granadino-barcelonistas de la historia, sin nada más destacable salvo la presencia por primera vez en Granada de alguien de la talla de Cruyff y la pasión que siempre desata la visita de un grande.

Ya lo dice el refrán. La fama del Granada y sus jugadores por aquellos años podía más que la realidad, de ahí quizá las excesivas declaraciones pos partido que, aún reconociendo que el que suscribe es un hincha rojiblanco irredento, hay que considerar que están fuera de lugar pues, insisto, en aquel partido no hubo más incidentes ni más crispación que la que provocó este gol injustamente anulado en el último suspiro: «Un equipo ha salido a anular a otro por medios incorrectos»; «Cruyff ha salido con la idea de que no terminaría entero». Son declaraciones de Rinus Michels a Ideal. «El público, demasiado excitado, pidiendo sangre en todo momento», también declaraciones del míster barcelonista, en este caso al diario Informaciones. Esas declaraciones de Michels contrastan con las de Cruyff al mismo diario: «...la dureza y el público, lo normal cuando visita el Barcelona».

Pero en cuestión de declaraciones, lo que más ha hecho pasar a la historia este partido es el exceso verbal del barcelonista Asensi al diario Informaciones: «Aguirre Suárez me dio un puñetazo sin balón. Y a Sotil le dieron una patada también sin balón. En cuanto cualquiera de nosotros pisábamos el área nos echaban a patadas. ¡Qué razón tenía Amancio cuando dijo en una ocasión que no quería ir a Granada porque tenía miedo! Hay que armarse de valor para ir a jugar allí. Es como ir a la guerra. No me extraña que los del Valencia se pongan la venda en los ojos. Aquello es un desastre».

El gran escándalo, que para los que lo presenciamos (no me cansaré de repetirlo) no fue tal y la culpa de todo se debió a la desastrosa actuación del referí, coleó aún años después y la frase «jugar en Granada es como ir a la guerra» se convirtió en un latiguillo que, viniera o no a cuento, más de una vez se le lanzaba a los nuestros y había que cargar con él resignadamente.

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