EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
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jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



jueves, 12 de junio de 2008

AQUEL GOL DE PORTA (que Guruceta anuló)



En la temporada 1970-1971, la jornada veinte de la liga de primera división emparejaba al Granada con el Sevilla. Para dirigir el encuentro el árbitro designado es Guruceta, famoso ya desde el partido de vuelta de cuartos de final de copa de la temporada anterior, Barcelona-Real Madrid, en el que pitó como penal contra el Barcelona una falta claramente fuera del área cuya transformación supuso la eliminación del Barça y el consiguiente escándalo que le acarreó al trencilla una sanción de seis meses.

Aquel día, 31 de enero de 1971, llovió sin parar sobre Granada y también lo hizo durante todo el partido, por lo que el campo era un barrizal sobre el que el Granada, que llevó siempre el mando del juego, se desenvolvía a duras penas, limitándose los hispalenses a defender. Ya en la segunda parte se pidió por la grada un penalti sobre Barrios que el colegiado ignoró con lo que empezaron a calentarse los ánimos. El reloj corría y el marcador no se movía, por lo que a falta de un cuarto de hora Porta sustituyó al paraguayo Juárez. Y en el minuto 84 ocurre lo siguiente:

Rodri, portero del Sevilla, había recibido el balón cedido por un compañero y, con parsimonia, se disponía a mandarlo a Hita, situado en el lateral izquierdo (banda de General), así lo hizo y allí apareció la figura de Porta, quien, yendo el balón por el aire, en portentoso salto, cazó el balón de chilena y de espaldas a la portería, describiendo el esférico una parábola mágica y acabando en la portería por toda la escuadra ante la desesperación del guardameta que corría hacia su marco sin poder evitar el tanto.

Podría asegurar sin miedo a la equivocación que la mitad de los asistentes no vieron el gol dado lo inusual que es en el fútbol que una jugada como la narrada acabe en la red. La sorpresa dio paso a la euforia por el tanto, pero inmediatamente la euforia se convirtió en ira cuando apareció la figura de ese aguafiestas oficial de cada partido de fútbol, el árbitro, Guruceta, para anular semejante pedazo de gol. ¡Pues no va y anula un gol como una catedral! La razón que adujo después del partido para anularlo fue que Barrios (delantero centro canario que dos temporadas después fue traspasado al Barcelona por una jugosa cantidad) estaba en fuera de juego. Lo cierto es que este jugador se encontraba de espaldas a la jugada volviendo hacia el centro del campo y que, por supuesto, ni intervino en la jugada ni molestaba o distraía al portero, del que se encontraba a no menos de veinte metros. Gran delito el de este árbitro ya por entonces muy polémico. El gol además de raro de ver y espectacular era completamente legal y por ende hubiera dado al Granada un triunfo que mereció. El partido acabó 0-0.

El que esto escribe, un adolescente por entonces, encaramado al muro superior de la grada de General, justo debajo de la gran botella de Coca-Cola que durante muchas temporadas estuvo fijada a una de las torres de iluminación del viejo Los Cármenes (único sitio desde donde poder ver algo más que la banda de enfrente entre aquel mar de paraguas), vio perfectamente la jugada y puede asegurar que en sus ya largos años de asistir a partidos de fútbol de todas las categorías nunca ha visto un gol como aquél. Hay que dejar claro que el hecho de que aquella jugada acabara en gol no se debió a un fallo o a una mala ejecución del guardameta sevillano, el cual sacó con la mano sobre un compañero en un gesto que estamos hartos de ver en un campo de fútbol; pero claro, no contaba con Porta (por entonces casi un desconocido) y su gran inteligencia y habilidad. Sí es cierto que para que el balón saliera camino de la portería influyó algo la suerte, pero el gol fue espectacular y, sobre todo, legal.

Inmediatamente comenzaron los lanzamientos de almohadillas (aquellas de la Cruz Roja que se alquilaban) y otros objetos y el campo era un clamor con el grito de “hío puta, hío puta”, así, en granaino castizo que se come la j, grito que no remitió hasta que el árbitro ganó el vestuario protegido por la fuerza pública al finalizar el encuentro, unos siete minutos después de ocurrir lo narrado. Es curioso cómo hasta en la forma de insultar e increpar a un árbitro las modas imponen su dictado; hoy, después de más de treinta años, en el campo del Granada y en el de cualquier otra ciudad, para insultar a un colegiado que, a juicio de los forofos, perjudica al equipo local normalmente se corea la frase “hi-jo-de-pu-ta... hi-jo-de-pu-ta...”, y se hace con una cadencia y una melodía que es la misma que se usa para animar a los locales (v.g.: va-mos-Gra-na-da) e incluso se acompaña con el sonido del bombo que nunca falta, sin embargo, por aquellos años quedaba muy claro el cabreo de la grada con aquel grito castizo.

La prensa local del lunes (Hoja del Lunes) y del martes (Ideal y Patria) se llevaba las manos a la cabeza y se preguntaba cómo es posible que un árbitro de primera desconozca el reglamento. José Luis Piñero en Patria contaba cómo después de una hora de espera para poder entrevistar al colegiado éste había mostrado maneras chulescas, juzgando su comportamiento como propio de alguien con afán de protagonismo. En la espera pudo ver cómo Max Merkel, “Míster Látigo”, entrenador del Sevilla, la emprendía a patadas y mamporros con las puertas de los vestuarios. Paradojas del fútbol, Guruceta ha quedado para la historia del fútbol como ejemplo de buen árbitro e incluso su nombre designa el trofeo que cada año se entrega al mejor colegiado de primera división.

Por su parte, el Granada C.F. recusó a Guruceta, lo cual significaba en aquella época que este árbitro no podía ser designado para dirigir partidos en los que jugaran los rojiblancos, por lo que no volvió a arbitrar al Granada hasta tres o cuatro años después. Mientras tanto, cuando en Los Cármenes algún árbitro enfadaba a la hinchada enseguida surgían los gritos de “Guruceta... Guruceta...”, como sinónimo de insulto.

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