EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



sábado, 7 de junio de 2008

VOCES Y RISAS SONARON



Voces y risas sonaron
cerca del río Monachil,
estruendosas carcajadas
y algún que otro ji-ji.

Partido caliente y bronco
disputado en el Zaidín,
reseco amarillo albero:
se mastica el polvarín.
En el campo -ni una sombra-
a Lorenzo hay que sufrir;
los forofos en la grada
se cocinan bien al gril.
El trencilla, un individuo
choligrueso y pequeñín,
metro cincuenta con pito:
un juez de pitiminí;
en el choque daba saltos
con apostura gentil:
con qué donaire mostraba
su tarjeta carmesí.
A la ducha antes de tiempo,
por salirse del redil,
ha mandado a más de cinco,
desenvuelto y saltarín.
Cartulinas van y vienen
con dinamismo febril,
y echa que echa ha expulsado,
-bien enhiesta la cerviz-
quince palomas y un gato,
una peña juvenil
y hasta al tío del butano
que pasaba por allí.

Cuando el cronómetro vuela
implacable hacia su fin;
cuando los suplentes sueñan
penaltis y goles mil,
gritos y risas sonaron
cerca del río Monachil.
Eufrasio López Torralba,
reputado referí,
primer espada y orgullo
del Colegio granadí:
¿Quién te dejó en ese estado
cerca del río Monachil?
Fue el número dieciséis,

de nombre Francisco Ruiz,
conocido por su alias
deportivo: “Paquitín”;
mozo pujante y garrido,
zaguero de dura crin,
que cuando engancha un disparo
manda el balón a Pekín.
Cercano al juego yo andaba
-las normas lo exigen así-
y el zapatazo del bestia
directo fue a mi nariz.
¡Ay, mi silbato dorado!
(que cuando soplo hace ¡piiii!)

incrustado en mi gaznate;
no lo puedo hacer salir.
¡Ay, mi gallarda presencia,
digna de una emperatriz!
Meéme encima todito;
escapóseme el pipí.
¡Ay, mi sufrida autoestima!
¡cómo me duele el ridí-
culo asaz cruel y espantoso!
¡yo me quisiera morir!»

Tres pasos dio tambaleante
y se cayó de perfil.
La parroquia, en su sadismo,
no paraba de reír
(regocijo es de la plebe,
-¡vamos!, me parece a mí-
ver la autoridad caída,
ver al mando hacer el gil).
La chufla del respetable,
que no puede reprimir,
es desquite a la arrogancia
de un árbitro algo chulín.
Los sanitarios corrían
para a aquel hombre asistir,
y del orden se ocupaba,
presta, la Guardia Civil.
Ya lo ponen en camilla,
ya se lo llevan de allí,
ya el cachondeo termina,
u séase, “c’est finie”.
Y cuando a Eufrasio se llevan,
pequeño como un maní,
voces y risas cesaron
cerca del río Monachil.

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