EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



sábado, 14 de junio de 2008

EL MALVADO GOJENURI


En esta galería de espíritus revoltosos, empeñados en aguar la fiesta al forofo y encuadrados en esa fantasmal “Liga Antipenibética” de oscuras maquinaciones -ayudar rastreramente a los grandes perjudicando a los humildes-, merecen especial mención unos seres de alma negra como negra es (más bien era) su indumentaria. Por los campos del balompié patrio han paseado sus aviesas intenciones maldisimulando sus pellejos escamosos, sus retorcidos colmillos y sus testuces coronadas. Son la personificación del mal sobre el verde de los terrenos («alcancías de improperios»; «facedores de entuertos»). Blanco de todas las iras, encarnan el papel del villano futbolero por excelencia y no hay una afición que no tenga en su memoria de personajes malditos un amplio ramillete de nombres propios que en todas las épocas se han usado como sinónimo de insulto: los árbitros; ¡vade retro!

La regla V del Reglamento establece su presencia sobre un campo de fútbol y les otorga su poder “infalible” de decisión. Hay que remontarse a fechas anteriores a 1881 para encontrar partidos de fútbol sin la figura del árbitro tal como ahora lo conocemos. En aquellos victorianos tiempos en que el fútbol era un “sport” típicamente británico practicado por “gentlemen” y desconocido fuera de los dominios de “su graciosa majestad” sólo se consideraba necesario un juez en cada portería -por entonces no se usaban redes- para decidir si el balón había traspasado la línea de meta. Así que su invención no es de hace dos días y hay que considerarlo un mal necesario sin el cual no sería posible el espectáculo. Y como “errare humanum est” hay siempre que contar con eso, con los errores de los de negro que en un segundo tienen que impartir una justicia imperfecta (¿existe la justicia humana perfecta?) que una veces da (dicen) y otras quita. Quizá en el futuro sean los árbitros sustituidos por cerebros electrónicos que nunca se equivoquen y asistamos a partidos donde no haya lugar para la fácil justificación de cargar al referí con las culpas de nuestros propios errores. Mientras tanto no resulta imaginable un partido de fútbol sin árbitro; si hasta en mi peña de los sábados son frecuentes las discusiones e incluso las enemistades por un quítame allá si ha sido o no ha sido falta la entrada ésa con el pie a la altura del esternón, y eso que lo único que nos jugamos es quién moja la oreja del adversario que a la semana siguiente será compañero.

Cronológicamente el primer tropiezo con un referí maldito para los rojiblancos data de cuando aún no lo eran, o sea, de cuando los colores del club todavía eran los blanquiazules. Nos referimos a aquel segundo partido de desempate en Madrid ante el Gimnástico de Valencia con la Segunda División en juego, en febrero de 1934, cuando el todavía Recreativo Granada escribió la página más antideportiva de su historia al retirarse del terreno de juego por lo que se entendía como un arbitraje parcial. El nombre de la tarasca armada de pito en aquella ocasión era Canga Argüelles.

Pero el primero que alcanzó el dudoso honor de que su nombre fuera coreado por la afición granadina para insultar a un árbitro cuya actuación no era del agrado de la hinchada no es otro que Gojenuri, colegiado vasco que ya la había liado en otras plazas y ya “gozaba” en ellas de esta triste fama. «El Granada, gracias a Gojenuri, empata su partido con el Castellón». Éste era el titular con el que Ideal encabezaba la crónica del encuentro que abría la temporada 47-48, crónica en la que podía leerse: «El señor Gojenuri, que ya tiene numerosos antecedentes como promotor de desagradables espectáculos, el domingo entre el Granada y el Castellón dio una variadísima muestra de su ineptitud que culminó con la decisión errónea que había de modificar el resultado del partido...»; «...sería muy conveniente para el fútbol que el señor Gojenuri decidiese, por voluntad propia o decisión ajena, abandonar una profesión para la que no está capacitado».

Aquel 21 de septiembre de 1947, en Los Cármenes, tras irse los nuestros al descanso con un claro dos-cero a favor, en la segunda parte acortaban distancias los levantinos después de que Floro cantara por manos blandas que no sujetan un balón aparentemente fácil. Y cuando se acercaba el final el “malvado” Gojenuri señaló un penal en contra por una mano de González claramente fuera del área que hizo rugir de ira a la afición, ya bastante caliente porque unos minutos antes había dejado de pitar otro penalti en el área castellonense muy claro para los forofos locales. La transformación de la pena máxima supuso el empate a dos por el que voló un punto hacia Castellón aquella tarde. Resultado: un altercado de orden público y conclusión del partido en medio de una fenomenal bronca culminada con el apedreamiento del autobús de los valencianos. Además del negativo para los rojiblancos y de la consiguiente sanción económica al club, este partido trajo la secuela de no poder contar hasta prácticamente la segunda vuelta con un puntal defensivo de la talla de González, al cual le cayeron doce partidos por llamar borracho a Gojenuri y porque habiendo sido expulsado se negó a abandonar el terreno, todo agravado por el hecho de que se trataba del capitán del equipo. Así anduvieron los rojiblancos toda la primera vuelta en puestos de la cola de la tabla del único grupo de segunda, hasta que en la jornada quince el presidente Martín Campos destituyó al míster Valderrama haciéndose cargo del equipo Cholín que logró enderezar la nave y salvar una temporada más bien mala.

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