EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



martes, 20 de mayo de 2008

UN DERBI MUY ELÉCTRICO



Muchas cosas han cambiado en España y en Granada en los últimos cuarenta años. Nuestro país y nuestra provincia han avanzado, han evolucionado y lo han hecho para bien. Y en el caso de lo que nos afecta más de cerca, nuestra tierra, se puede hablar de avance espectacular, al abandonar por fin los últimos puestos de la riqueza medible a la que parecíamos condenados sin remedio los granadinos. No obstante, hay por lo menos una cosa que parece permanecer inalterable. Según los entendidos en la materia, habría que remontarse al tiempo de los primeros pobladores de estos andurriales para llegar a su origen. No vamos a remontarnos a época tan remota. Aun tratándose de algo sobradamente conocido por todos y siendo el rey de los deportes el objeto de esta página, vamos a rememorar lo que ocurrió en el que ha pasado a la historia como "el partido del siglo granadino", el cual se disputó hace nueve años y constituye la última ocasión, por ahora, en que un club granadino ha tenido al alcance de la mano la Primera División. Lo que aquí se narra puede venir a apoyar la tesis de que no todo ha cambiado.

Aquella tarde de mediados de marzo de 2031, a falta de casi una hora para el comienzo del partido, el recinto del Novísimo Estadio de Los Cármenes se iba llenando poco a poco con las riadas y riadas de aficionados que iban descendiendo de los trenes monorraíl que uno tras otro, en intervalos de cinco minutos, no paraban de vomitar su carga humana de personas de todo sexo, edad y condición, en la estación interior del modernísimo coliseo. El nuevo estadio levantado en El Fargue iba así adquiriendo el colorido rojiverde-rojiblanco que le daban los atuendos, las banderas, los mil adminículos que portaban los que acudían al partido de la máxima.

Caprichos del calendario. Los hados habían querido que en la jornada treinta, última del campeonato de la Segunda División, grupo Sur, se enfrentaran segundo y tercero clasificados para dirimir cuál de los dos se haría con el único puesto de ascenso sin adjudicar, porque la plaza de campeón ya se la había apropiado el Murcia: el que resultara vencedor quedaría en el segundo puesto de la tabla y, con ello, conseguiría el ascenso automático a la división de honor del fútbol español. Para darle más morbo al enfrentamiento, el resultado de empate no le servía a ninguno de los contendientes pues la plaza libre se iría, con toda probabilidad, para otras latitudes. Y para colmo de los colmos de la morbosidad, los dos equipos eran granadinos.

"Enfrentamiento fratricida con la primera en juego" fue un titular en primera página del diario Granada Hoy. "¿Cuál de nuestros equipos traerá fútbol de primera a nuestra tierra después de cincuenta y cinco años?"; titulaba en portada Ideal. Granada C.F., a punto de cumplir cien años de existencia, y Granada Atlético, recién cumplidos veinticinco, eran los rivales de este choque.

El flamante estadio municipal ofrecía un aspecto inigualable. Había sido construido dos años antes y previsoramente se le había dotado de todos los adelantos exigidos por la Federación para poder obtener el plácet como estadio apto para que en él se celebrasen encuentros de Primera División: capacidad mínima para cincuenta mil espectadores; todo el recinto cubierto; césped artificial autorregenerable y de humedad constante; mamparas de cristal blindado separando por completo los graderíos del terreno de juego; postes de arbitraje electrónico que recogen cualquier incidencia -desde cualquier ángulo de visión- que ocurra en el terreno o en las gradas y lo transmiten en tiempo real a los paneles de audio-vídeo; sistema de autoevacuación. Y también la estrella de los mecanismos de control, envidia y pasmo de los rivales pues ni el Bernabéu tenía por entonces algo parecido: lo que se conoció como “balón inteligente”, por el cual la bola se sitúa siempre, ella sola, sin que haya de ser colocada, en el lugar donde se ha cometido la infracción o por donde ha salido del terreno y desde el cual se ha de continuar el juego. Este dispositivo suponía el último aullido en adelantos futboleros y su coordinación con los obligatorios postes de arbitraje hacían innecesaria la presencia de un árbitro, con sus humanos errores, pues el mecanismo era infalible. O al menos eso se pensaba.

La foto del palco presidencial tomada durante los prolegómenos de aquel encuentro, todo un clásico en la ya larga historia de la rivalidad penibética, nos muestra por un lado a D. Raúl Zamora, presidente y máximo accionista del Granada C.F., joven empresario propietario de cientos de miles de hectáreas de fértil vega y del holding Laboratorios Zamora S.A., fabricante del popular analgésico Cañamina; el hombre aparece muy contento en la instantánea porque le ha llegado un soplo en el que le confirman de buena fuente que está a punto de salir la sentencia que pondrá fin de una santa vez al espinoso pleito de Los Cármenes. A su lado un hombre de mediana edad que sonríe y saluda a la legión de aduladores que se acercan a cumplimentar al poseedor de una de las más sólidas fortunas de Granada, amasada en el desarrollo de su industria de demolición-fertilización, D. Sergio García, presidente y propietario del otro club que hoy comparece en el (más) Nuevo Los Cármenes, el Granada Atlético.

En los diarios también se resaltaba el gran contraste que ofrecía este choque entre estos dos clubes con el primero entre los mismos antagonistas que registra la historia. Veintiséis años antes ambos eran equipos perdidos en la cuarta categoría del fútbol español. El Granada C.F., cargado de historia -y de deudas-, purgaba sus muchas culpas arrastrando su ajado prestigio en enfrentamientos contra equipos de pequeñas aldeas andaluzas, siempre al borde de la desaparición, sólo sustentado por la esperanza de la resolución de un antiguo contencioso, de la cual se esperaba, como el maná, que trajera una lluvia de millones que sacara al club de su postración. El otro club, recién fundado por un grupo de pequeños empresarios como alternativa al histórico, empezaba a dar sus primeros pasos y, por tanto, su futuro, y aun su presente, era toda una incógnita. El contraste es aún mayor desde el punto de vista de la pasión que estos derbis levantan, sobre todo los que hemos podido rescatar de las amarillentas páginas de la prensa de la época, referidos a éstos últimos años. Por el contrario, en 2005, los dos equipos, desaparecidos del panorama futbolero español, arrastraban a escasísimos seguidores y sus enfrentamientos no provocaban ni el menor incidente más allá de los insultos entre las aficiones.

Ese contraste entre uno y otro derbi era propiciado en gran parte por la llamada "Revolución Verde" de finales de la década de los diez, que hizo realidad el milagro económico de la Vega de Ganada, el cual nació de una decisión política comprometida, la de las autoridades de la Nacionalidad Altoandaluza, contra el informe negativo del ejecutivo federal de la República, de impulsar el cultivo del cáñamo en su territorio -en su doble variedad: común e índico-, como un ensayo para intentar paliar la gran crisis del sector agrícola, huérfano de cualquier tipo de ayuda comunitaria desde hacía más de un lustro.

El matrimonio entre el nuevo cultivo y las fértiles tierras de nuestra vega (las pocas que por entonces quedaban) se mostró desde el principio como idílico y muy rentable por sus grandes cosechas y la gran calidad de lo recolectado. Favorecido porque su variedad índica seguía siendo ilegal en otras nacionalidades, en seguida atrajo la afluencia de golosos capitales en busca de tajada, surgiendo las industrias farmacéuticas y textiles, tan comunes hoy en nuestro paisaje. Todo trajo el despegue económico de nuestra provincia por el que suspiraban nuestros abuelos, y llegó en buena hora de manera parecida al que vino aproximadamente un siglo antes de la mano de otro producto del campo: la remolacha. De esta forma, al reactivarse todos los sectores de la economía local, el deporte en todas sus facetas también se vio favorecido y se acabaron por fin los insulsos partidos contra equipos de pueblo en estadios desiertos, barridos por la desolación de aquellos infumables partidos contra el Pedrusco F.C. o el At. Merluzo. Aunque llegaron por fin los ascensos de categoría, éstos no se produjeron con la presteza que a los aficionados nos hubiera gustado, porque, ¡genio y figura!, nuestros dos equipos se empeñaban en hacérnoslo sufrir. Todos recordamos el último partido de liguilla de ascenso a Segunda A del año 23, el conocido como "Alcoyanazo", cuando Pérez, en el descuento, tiró fuera el penalti que hubiera dado el ascenso al Granada C.F. También en la otra casa tuvieron su último minuto de frustración, cuando en 2027, en Badajoz, Pi cabeceó al poste el balón que, de haber entrado, hubiera llevado al equipo a la categoría de plata.

Tras el ascenso a segunda de ambos, ya en el 29, este día por fin se tocaba la máxima categoría, se palpaba después de tantísimo tiempo que quedaban muy pocos aficionados futboleros granadinos que hubieran vivido la última temporada de primera división. Aquel encuentro era, por tanto, "la más alta ocasión" que vieron los siglos balompédicos iliberritanos.

Comenzó el partido. El estadio con todo su aforo rebosando (cincuenta mil espectadores) era una aglomeración, humana y textil, rojiblanca y rojiverde. Cuentan las crónicas que lo que más llamaba la atención -novedad de novedades, por entonces- era aquel balón que parecía tener vida propia. No se había visto cosa igual por estos pagos. El balón inteligente, normalmente blanco entero, adquiría los colores del equipo que debía ponerlo en juego y se situaba en los saques de banda, él solito, en el sitio exacto por donde había salido.

El partido reunió todos los tópicos clásicos de los de esta índole: mucho colorido, muchos nervios, mucha tensión, poco juego y emoción a raudales.

Faltando diez minutos para el final y sin que ninguno de los dos equipos hubiera movido el marcador ocurrió lo imprevisto: en una jugada sin aparente peligro el balón acabó en el fondo de la portería atlética impulsado por un defensor rojiverde. Los rojiblancos saltaban de júbilo y había grandes demostraciones de alegría entre sus seguidores, que no apartaban la vista de los grandes paneles de audio-vídeo donde podía verse una y otra vez la jugada desde todos los ángulos. Sin embargo el balón “inteligente” no emprendía el camino del centro del campo y por el contrario se situaba en el cuarto de círculo del córner. El gol en propia puerta, lo podían comprobar todos, parecía completamente legal, pero el balón no se daba por enterado. Gol anulado y grandes protestas. Pero tras una interrupción de más de veinte minutos e inacabables discusiones y braceos, continúa el juego aunque los forofos rojiblancos están que trinan, bufan y rumian maldiciones, y dirigen miradas asesinas a las cabinas de control.

Pero, como segunda taza por si no teníamos bastante con el incendiario caldo que acabábamos de engullir, cuando quedaban cinco minutos para el final se produjo un derribo de un jugador rojiverde en el área contraria. ¡Penalti!, gritaban los seguidores atléticos. Y, efectivamente, el balón se dirigía al punto de penalti luciendo en su curvo lomo los colores rojiverdes. Pero -¡furor y pavor!- en lugar de colocarse en los once metros del área rojiblanca parecieron fundirse sus circuitos en ese preciso momento y, descangallado y fané, se quedó a medio camino, en zona de nadie, ni pa ti ni pa mí. «Allá quedó el esférico en el pico del área, impertérrito y como desentendido de las humanas pasiones». Ahora las protestas son de los atléticos que infructuosamente tratan de impulsar el balón y sacarlo del lugar donde se ha colocado, pero la bola ha perdido tal condición para adquirir la de una especie de pera fofa; ha perdido su forma esférica con las medidas y el peso que exige el reglamento y además permanece como anclado al terreno. El follón ya es inconmensurable en las gradas. La tensión se mastica y hay escaramuzas entre unos y otros.

Que le den una racha! -grita algún parroquiano-.

-Llamad al “Bisagras” pa que l’eche un chapú –dicen por otro lado-.

El juego está detenido. ¿Qué hacer ante una situación no prevista? Alguien propone desconectar el sistema de balón tontaina y continuar el partido con otro de los de toda la vida. Pero -¡oh, estupor!- no hay árbitro preparado para esta contingencia y hacer venir uno con la cualificación necesaria no parece cosa fácil ni rápida y tampoco a nadie se le ha ocurrido tener preparado otro tipo de balón. El caso es que después de más de una hora en medio de una atronadora “cacerola de ortópteros”, que diría un fisno, con gritos, insultos, empujones y amagos de tomar al asalto las cabinas de control, se decide que no hay más remedio que suspender el choque y jugar más adelante los cinco minutos que faltan, por lo que se activa el sistema de autoevacuación y en un santiamén queda el recinto vacío.

Decididamente, hay cosas que en esta tierra no cambian. Finalmente la única plaza de ascenso vacante fue para el cuarto clasificado, el Betis, que derrotó en su partido al Torredonjimeno, de penalti y en el descuento. La Federación, valorando los graves incidentes de jugadores y de público que se produjeron, decidió que los sistemas de control y seguridad de la instalación del Fargue no reunían las condiciones necesarias para que en el recinto se pudieran celebrar eventos de Primera División y dio por terminado el partido con el resultado que había a falta de cinco minutos, es decir, cero a cero.

¿A quién hay que culpar de esta ocasión perdida? ¿Al chapucero que malinstaló el modernísimo sistema? ¿A los fanáticos, zegríes o abencerrajes, que liaron la trifulca? ¿Al que no cayó en la cuenta de tener preparada la solución por si algo fallaba? A mi memoria acude otra gran ocasión frustrada que pude ver con mis ojos, cuando era aún un infante y me llevaba mi viejo, hace ahora cuarenta años; la gran frustración que supuso para la hinchada hizo que más de uno creyera escuchar algún que otro ¡miau! tras un tabique en tal trance. Desengáñense, esto no lo cuentan las crónicas pero yo, que estuve allí, y en mis riñones de forofo soporté tanto uno como el otro estacazo, les aseguro que la culpa en ambos casos fue de algo tan nuestro, tan penibético, que aunque todo cambie parece que permanecerá sobre nosotros como una maldición, y es que contra la "mala fornicius granatensis" de animales, vegetales y minerales que, como diría el maestro Ladrón de Guevara, debe estar por encima de los cien grados en el fonsecámetro (perdóneseme el "préstamo"), poco se puede hacer más que seguir esperando a que escampe.


1 comentario:

5.000 y un Ramos dijo...

Este cuento ya lo había leído en el libro Pidiendo la hora. Me gustó bastante. Enhorabuena por su nuevo blog.
Pepe