EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



domingo, 25 de mayo de 2008

1987 UNA PANDA DE AMIGOS


Al comenzar la pretemporada 87-88 había sobrados motivos entre la hinchada rojiblanca para mirar al futuro con optimismo. El equipo había recuperado la categoría de plata y todo hacía presagiar que el relevo llevado a cabo unos meses antes en la dirección del club, dando entrada a Alfonso Suárez, había traído una bocanada de aire fresco que, para empezar, había conseguido que los problemas económicos quedaran aparcados (que resueltos ya es otra cuestión) y que primara por encima de lo demás lo puramente deportivo. Sólo un año antes lo que se respiraba entre el granadinismo era justo lo contrario, cuando el club atravesó los que quizás sean los momentos más comprometidos de su existencia hasta entonces. Y es que en el mundillo del fútbol mucho más que en otros ámbitos humanos, ya lo sabemos, se suele pasar de la depresión a la euforia y viceversa en menos de lo que tarda en signarse un ungido orate, que diría un “fisno”.
Al hincha lo que le gusta y lo que le preocupa por encima de todo lo demás es que su equipo gane partidos y esté lo más arriba posible. Yendo bien lo deportivo lo demás importa bastante menos. Lo que ocurre es que la cosa administrativa y económica distaba mucho de estar resuelta. Es una nota típica de la temporada que estaba por comenzar la de las numerosas querellas y declaraciones del uno contra el otro y del otro contra el uno entre Suárez y Candi, así como el continuo ir y venir de posaderas que ocuparan los sillones de Recogidas 35, donde se estaba muy lejos de alcanzar la necesaria paz para que todo marchara bien. Han pasado veinte años pero en la guerra entre los, a la sazón, presidente y ex presidente todavía no se ha firmado la paz.
Y como noticia típica de pretemporada desde 1973 tenemos la que el día 9 de julio de 1987 se lee en la prensa local, que anuncia en titulares la XV edición del Trofeo Granada para los días 19, 20 y 21 de agosto con los participantes: Granada CF, R. Betis Balompié e Independiente (así, sin apellido ni procedencia). En realidad no se tenía muy claro qué equipo extranjero era el que se había contratado para el trofeo de 1987. En el texto de la noticia, ya en letras pequeñas, se informa en estas calendas que el contratado es el Independiente de La Plata, un club histórico del fútbol argentino. Y tan histórico puesto que el Independiente de La Plata había desaparecido hacía más de cincuenta años. Se sabía, cómo no, que en el fútbol argentino hay por lo menos un club denominado Independiente, pero su sede es Avellaneda -ciudad de la provincia de Buenos Aires- considerado uno de los grandes de aquel fútbol y ganador de numerosas ligas y copas Libertadores. Pero se tenía claro que no era ése el equipo que venía a Granada. En realidad el contratado, de eso nos enteramos bastante después, era el Independiente de Madariaga.
La curiosa historia del club Independiente de Madariaga puede seguirse en la estupenda web «En una baldosa». Para referirnos a este equipo el término que mejor le cuadra es el de que se trataba de una panda de amigos. El equipo que bajo esa denominación compareció en el Trofeo Granada 1987 había sido fundado en el año 1979 en el partido de San Isidro, del Gran Buenos Aires, con el nombre de San Isidro Fútbol. Su fundación fue idea de un solo hombre, Guillermo Malbrán, el cual contactó con varios amigos para formar un equipo de fútbol con el que hacer una gira por EE.UU. Dicho y hecho. Pero lo más curioso es que esos amigos no eran futbolistas sino que la mayoría eran “rugbyers”, es decir, jugadores de rugby. Como la cosa salió bien y visto lo que se habían divertido, el propósito de Malbrán fue darle continuidad al equipo e incluso intentar llegar a jugar en primera. Pero para poder siquiera intentarlo, aparte de empezar por categoría regional, debían reunir algunos requisitos entre los que figuraba el de tener al menos dos años de antigüedad y disponer de instalaciones, cosas ambas de las que carecían, de ahí que contactaran con un club de cierta solera en el fútbol argentino, el club Atlético Independiente de General Madariaga, entidad que conoció épocas mejores, cuando militó en el fútbol de primer nivel, pero que por entonces sólo contaba con secciones de fútbol en categorías infantiles y juveniles. En General Madariaga encontraron pedigrí y sede para disputar sus partidos. Así, con ese nombre prestado ganaron un campeonato a nivel local en la liga amateur madariaguense, del partido de General Madariaga, en la provincia de Buenos Aires (a trescientos kilómetros al sureste de la capital), pero nunca consiguieron salir del fútbol regional.
Pero no les fue del todo mal porque con la iniciativa de Guillermo Malbrán y con el único fin de la diversión y de ver mundo se dedicaron en la década de los ochenta a realizar giras por los cuatro puntos cardinales del globo, llegando incluso hasta Tailandia y Japón, y para financiar sus viajes organizaban rifas y festivales musicales. Y en agosto de 1987 este afán les trae a España y Portugal, donde, de bolo en bolo, juegan ocho partidos en otros tantos días, entre ellos los dos que les tocaban en Granada. La aventura duró lo que duró la cohesión de aquel grupo de amigos y en la actualidad sigue existiendo el Independiente de Madariaga, pero volvió a lo que había sido antes de que en él desembarcara aquella alegre pandilla, es decir, continúa su andanza más dedicado a la formación de valores que a otros menesteres.

Paralelamente a la disputa de la XV edición del trofeo se había programado otro triangular de juveniles entre los equipos Granada CF, At. Madrid y una selección andaluza que acabaron ganando los colchoneros. I Trofeo Ávila Rojas, se le denominó, sin que sepamos si llegó a alcanzar una segunda edición. Los partidos de este trofeo, disputados todos a las siete de la tarde, servirían como prólogo a los de los mayores.
El 19 de agosto de 1987, tras el aperitivo del partido entre juveniles, a las 21,30, se abrió la XV edición del trofeo Granada con el choque entre Granada e Independiente de Madariaga. El Granada CF presentó la alineación: Ignacio; Pedro, Del Moral, Lina, Espejo; Babío, Choya, Delgado, Salva; Merayo y Manolo. Fundamentalmente era el mismo equipo que había conseguido el ascenso, repitiendo también en la dirección técnica el míster Joaquín Peiró. Eran novedades Babío, jugador argentino a prueba; Delgado, centrocampista ya veterano al que vimos hacía un año en el trofeo, cuando compareció con el Murcia, equipo del que procedía; y Merayo, de sobra conocido por la afición, y que volvía tras su paso por Sabadell y Huelva. En la segunda parte Roberto Barcelona, joven extremo derecho procedente del filial del Valencia sustituyó a Babío; este medio partido fue la única oportunidad que tuvimos de ver a ambos jugadores ya que el argentino no convenció y no llegó a fichar, mientras que el segundo, pese a que permaneció dos años ligado al Granada, ya no jugó más partido que éste. Otro cambio fue el de Ribera, centrocampista procedente del Alcoyano, por Pedro.
El partido entre granadinos y argentinos convocó en Los Cármenes a unos diez mil espectadores en una noche muy calurosa. Los primeros compases hacían presagiar una goleada sobre los aficionados rugbystas, con el centrocampista Delgado erigido en director del juego rojiblanco. Sin embargo fueron los argentinos los que abrieron el marcador al cuarto de hora, por medio de Carrión, en un fallo de marcaje de la zaga local. Pero no tardaron los nuestros en empatar por medio del goleador catalán Manolo en remate desde muy cerca a pase de Merayo. Pese a quedarse en inferioridad los del Independiente y pese a las clarísimas ocasiones de que dispusieron los granadinistas para marcar, incluido un trallazo de Manolo que se estrelló en la cruceta a saque de libre directo, ya no hubo más goles en la primera mitad. En la segunda a los cinco minutos se volvieron a adelantar en el marcador los forasteros, al aprovechar un contragolpe su jugador Mayuli. Volvieron a empatar los rojiblancos en el minuto trece por mediación de Merayo. Y a partir de ese momento ya fue todo un querer y no poder por parte de los locales, que se estrellaron una y otra vez ante el muro levantado ante su meta por los argentinos. Es el caso que todo un Granada de Segunda División no supo imponerse a un equipo de aficionados y que dejó patente su inferioridad, consiguiendo el único resultado distinto a la derrota de su gira por la península. Por eso no salieron muy contentos que digamos los aficionados.
Al día siguiente, 20 de agosto de 1987, segundo partido de la serie, entre Betis e Independiente de Madariaga. El Betis, equipo de Primera División, en el campeonato recién terminado, el de aquel play off que no gustó a nadie y por eso sólo se disputó en la 86-87, había quedado clasificado en mitad de la tabla. Era su segunda participación en el trofeo granadino, después de que en 1981 se hiciera brillantemente con la joya de la Fuente de los Leones tras aquel partidazo para recordar en que se impuso al Granada 3-4. Acababa de despedir a dos hombres muy queridos de la afición bética: Hadzibegic y Parra, traspasado este último al At. Madrid. Y para la nueva temporada casi los únicos fichajes que presentaba eran los de un futuro granadinista, José Luis Vara, del Coruña, e Yáñez, delantero internacional chileno que provenía del Zaragoza. Aparte también había fichado a un delantero argentino que no jugó en el trofeo y apenas lo hizo en la liga, Fantaguzzi. En la liga que estaba a punto de comenzar pasaría ciertos apuros pero conservaría la categoría, luego, como vemos, este año y por tercera vez consecutiva tampoco hubo maldición trofeística granadina. Al frente del equipo venía un míster recién fichado del Benfica, con el que había ganado liga y copa portuguesa, el inglés John Mortimore. Aparte contaba todavía con jugadores de la talla de Rincón, Diego, Gail, Reyes, Gabino, Melenas, más otro futuro granadinista, Cristóbal.
Con una concurrencia que no llegó a los ocho mil espectadores el Betis, literalmente sin despeinarse, venció por 2-0 a los rugbystas argentinos. La concurrencia se aburrió grandemente viendo a un Betis que, sin forzar la máquina en ningún momento, no tuvo el menor problema para encasquetar dos tantos (Rincón y Reyes) a un equipo que en ningún momento pudo hacer otra cosa que ver cómo los verdiblancos entrenaban suave, muy suave y ante público. Fueron dos tantos pero aun sin emplearse a fondo podrían haber sido algunos más. Nada más dio de sí la pachanguita bética, sólo el convencimiento de que únicamente los argentinos no se habían aburrido.


El tercer día de festival futbolero agosteño de 1987, con Los Cármenes casi lleno, Granada y Betis ofrecieron un partido bastante entretenido que concluyó con el contundente resultado de 0-3 a favor de los sevillanos. La alineación granadinista presentó de entrada la novedad del centrocampista Ribera y del defensa-medio Juanín, jugador este último fichado del Elche, además de Ignacio en la portería. A lo largo del partido también jugarían el argentino Escudero más Peso y Víctor. Los rojiblancos aguantaron el tipo en los primeros cuarenta y cinco minutos e incluso dispusieron de claras ocasiones por parte de Merayo y Manolo, pero sin puntería. Pero en la segunda mitad los béticos arrasaron y con goles de Sánchez Valles, Reyes y Gabino, acabaron con la resistencia local. El granadinista más destacado, en un cuadro que adoleció de falta de remate, fue el guardameta Ignacio que con sus intervenciones evitó algún gol más. También causaron buena impresión Delgado y Ribera. Por parte bética Rincón fue una pesadilla para la zaga local, y también destacó aunque no en un sentido positivo, el centrocampista José Luis, con quien el público la tomó y al que abroncó en varias ocasiones reprochándole su excesiva dureza. Cosas y colores del fútbol. Este gran jugador, el gallego José Luis Vara, cinco años después vestirá de rojiblanco y será uno de los futbolistas que de los noventa granadinistas mejor recuerdo dejará de su paso por Granada. De esta forma el trofeo, que una vez más arrojaba superávit, se iba a hacer compañía en las vitrinas béticas al que ya poseían desde 1981.
Apenas cuatro días después de la disputa del trofeo la prensa local recoge varias dimisiones de directivos, cosa que en esta temporada casi no es noticia. Pero en la misma página se anuncia que el Granada está en conversaciones con el menor de la saga Maradona, Raúl, Lalo para los amigos y para el balompié. La operación la lleva el intermediario Horacio Fernández y se habla de que puede venir a préstamo por una temporada. Finalmente y tras muy largas conversaciones fue fichado por el Granada por tres temporadas cuando la liga ya había comenzado. Treinta y cuatro millones de vellón (7, 11 y 16 respectivamente) fue el acuerdo, un pastón para la época y para el club, aunque oficialmente se dijo que salía a razón de cuatro por año.
A los pocos días echa a rodar oficialmente el balón y el Granada se estrena en Los Cármenes con un empate a cero frente al Castellón. Pero aunque este primer resultado no invite mucho al optimismo, lo cierto es que desde esta primera jornada hasta la nueve sólo serán derrotados los nuestros en la jornada cuatro en Huelva, encaramándose a la segunda posición de la tabla, con cinco positivos. En esas jornadas hemos visto a los nuestros traerse los dos puntos de su visita al Bilbao At. y al Rayo Vallecano, y, sobre todo, hemos tenido la oportunidad de soñar como pocas veces viendo al Granada pasar por encima del Coruña como una apisonadora en Los Cármenes, en el partido de debut de Lalo Maradona. Y a los pocos días ya la locura total en aquella especie de “Reina por un día” que fue el partido de Los Maradona.
Después de aquello y de habernos ilusionado hasta el delirio y después de que ya todos hiciéramos planes para la próxima temporada en primera, cómo podía nadie sospechar lo que vino a continuación. Lo que vino fue una pájara monumental de seis derrotas consecutivas y un equipo en caída libre que en las ¡¡¡veintinueve jornadas!!! que faltaban para concluir la liga sólo fue capaz de hacer un punto más que en las primeras y gloriosas nueve jornadas sin que sirviera para otra cosa que para empeorar la situación el despido tras la jornada veintitrés –con sólo tres negativos- del buen técnico que fue Peiró y su sustitución por Ruiz Sosa, que acabó de desquiciar por completo aquel equipo de dolientes. Total, sólo veintisiete puntos (once negativos) que dejaban al Granada segundo por la cola y nuevamente descendido a Segunda B tres jornadas antes de concluir una liga para guardar en lo más hondo del baúl de los momentos amargos del granadinismo, la última (por ahora, siempre por ahora) de las rojiblancas en la categoría de plata.
¿Qué pasó para que lo que parecía que sería una temporada triunfal acabara de tan mala manera? Pues vaya usted a saber. Uno puede imaginar que gran parte de la responsabilidad del enorme chasco que nos llevamos la tuvo una directiva en continua discordia y que siempre dio la impresión de no saber muy bien qué se traía entre manos. En el trofeo veraniego ya había apuntado el equipo que andaba bastante cojo en cuanto a poder realizador y siempre se habló de la incorporación de un delantero goleador, sonando más que ningún otro nombre el del valencianista Sixto. Probablemente lo que ocurrió es que como ya se había echado el resto por Lalo Maradona, ya no quedaban fondos disponibles ni ganas de arriesgarlos en nuevas incorporaciones. Pero todo son conjeturas salidas del magín de un servidor. El caso es que lo que pareció un fichaje muy acertado y rentable al final fue un lastre que todo apunta a que tuvo una gran parte de la culpa de que nuevamente diéramos con nuestros huesos en la maldita tercera disfrazada de Segunda B. La directiva presidida por Alfonso Suárez, parece ser que muy poco puesta en cómo se debe dirigir un club de fútbol profesional, se dejó deslumbrar por los oropeles del apellido más ilustre de la época. Pero, claro está, una cosa es ser hermano del mejor futbolista del mundo y otra muy distinta es que por esa simple razón se te haya pegado alguna excelencia balompédica. El caso es que el Granada se fue a Argentina y pagó un capital por alguien que no lo merecía pues como él o mejores los había en nuestra tierra y los hay a porrillo. Su trayectoria posterior a su paso por el fútbol español lo dice bien a las claras. En su país nunca pasó de equipos segundones, iniciando después un periplo que le llevó por países que tan poco cuentan en el fútbol mundial como Venezuela, Estados Unidos o Canadá, y en ninguno de ellos se puede decir que triunfara.