EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
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jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



martes, 20 de mayo de 2008

1973 UN GRANDÍSIMO TROFEO



El Granada de los primeros setenta, un club aparentemente consolidado entre los grandes y con aspiraciones, no podía ser menos que otros. En la mente de aquel presidente sin par -de luces y sombras también sin par- que fue Cándido Gómez rondaba desde hacía algún tiempo la idea de contar con un trofeo postinero propio que, además de servir cada temporada como presentación del equipo ante su afición, pudiera equipararse a los clásicos del verano futbolero y completara la imagen de un club que sólo un año antes se quedó a las puertas de su bautizo internacional en Copa de la UEFA. Así, en agosto de 1973, echa a andar la primera edición del que se bautizó como Trofeo Granada.

Candi, que nunca se andaba con minuarrias, se fue a Madrid y encargó a un orfebre, maestro en confeccionar lauros deportivos, una copa que estuviera a la altura de la pompa que se le quería dar a la cosa. Del taller de Luis Alegre salió el trofeo más grande que se haya disputado nunca en nuestro país: una especie de catafalco -apto para mesa camilla- de 1,20 de alto por 1,12 de ancho, de base dodecagonal (con perdón) en madera noble, con una sección intermedia reproduciendo una galería de arcos del más universal de los monumentos españoles con los escudos de los participantes, todo coronado por la fuente nazarí de Los Leones. Una auténtica joya en plata y oro con un valor cercano al medio millón de rubias y añoradas pesetas (si hoy parece poca cosa, esa cantidad daba en la época para un piso céntrico) que con sus setenta kilos de peso ponía en problemas a quien tuviera que hacerse cargo de la alhaja. Hasta tal punto que el trofeo, recién llegado desde los madriles, no se guardó en las dependencias del club porque lo complejo de su montaje y desmontaje aconsejaba buscarle otro acomodo dadas las angosturas de las puertas y corredores de la sede de Recogidas.

Para la ocasión, un cartel bastante atractivo. Como representación nacional, además del anfitrión, quién mejor que el eterno rival, también por entonces en los mejores años de su historia. El Granada CF y el CD Málaga, cordiales antagonistas desde siempre, con trayectorias muy parecidas mientras los dos fueron algo en el fútbol nacional, también casi tocaron el cielo balompédico a la vez pues tanto para uno como para el otro sus mejores temporadas históricas son precisamente la 71-72 y la 73-74 (sexto y séptimo puesto respectivamente). El CD Málaga de Marcel Domingo, con Viberti, Deusto, Macías, Vilanova, Migueli y otros, no era un equipo cualquiera.

Y, como buen trofeo agosteño de los que se hacían por entonces, nada de triangulares o partido único, un cuadrangular como Dios manda con dos clásicos de los bolos veraniegos por toda la piel de toro para completar la terna. Como representación del que todavía se podía considerar fútbol yugoslavo, el OFK de Belgrado, equipo integrado por jugadores prácticamente desconocidos por la afición. Ya no estaba en el equipo el que ha sido seleccionador nacional de Serbia-Montenegro en el mundial alemán de 2006, Ilija Petkovic, cotizado extremo de la época, internacional yugoslavo en numerosas ocasiones. Sí militaba entonces, y jugó algunos minutos, Sergio Kresic, que al poco tiempo pasaría al fútbol español. El OFK, que era un club más puntero a la sazón que en la actualidad, contaba con alguna participación en Copa de Ferias o en UEFA y la prensa lo daba como favorito. Y eso que el otro equipo era nada más y nada menos que el Peñarol, un grande del fútbol americano y mundial, que contaba en su palmarés con cuarenta títulos de liga uruguaya, tres Libertadores y dos Intercontinentales, la última, del 66, ganada al R Madrid Ye-yé. Ya no era el de cuando consiguió ese oficioso campeonato mundial aunque todavía le quedaban Caetano y Silva, además de contar también con otros famosos internacionales, sobre todo aquel hombre-gol que fue Morena.

El presupuesto se fue a los cuatro millones sin que faltara quien pusiera en duda la rentabilidad del evento pues las calendas eran más de playa que de otra cosa. Pero la afición granadina respondió y abarrotó el estadio en las tres magníficas jornadas de buen fútbol que nos deparó el acontecimiento a los futboleros de pro, el cual resultó todo un éxito de público patilludo y de crítica plumífera y parlanchina.

El sorteo decidió que Granada CF y OFK Belgrado abrieran la primera edición del trofeo que lleva el nombre de la institución. La noche del 22 de agosto de 1973 Los Cármenes, abarrotado, se vistió de gala en una velada de estrenos. El Granada estrenaba el trofeo en sí pero también indumentaria ya que por primera vez las rayas rojas y blancas de las camisetas locales cambiaban su sentido vertical de siempre para adoptar la horizontalidad. La novedad que representaba ver a nuestro equipo con aquellas camisetas, más rugbyanas que futboleras (decisión unipersonal de D. Cándido, dicen los que de estas cosas saben, como la misma creación del trofeo), fue acogida por la hinchada con división de opiniones. Además también estaba el cuasi estreno del fichaje bomba de aquella temporada, Montero Castillo. El internacional uruguayo ya se había presentado ante la afición una semana antes en un partido en el que el Granada venció 4-1 a un Sevilla de segunda, y su actuación había dejado muchas dudas entre la hinchada. Este partido ante el Sevilla supuso la última función de lo que hasta este mismo año era una tradición en las pretemporadas rojiblancas, el partido de la Prensa, que patrocinaba el gremio periodístico local y que servía de presentación del equipo ante los suyos. El nacimiento del trofeo significó su desaparición.

El fichaje bomba de la temporada inminente no iba a ser Montero Castillo, sino que Candi había contratado a Carlos Bianchi, pero desacuerdos económicos de última hora frustraron un auténtico fichaje de campanillas; el ariete argentino se fue al fútbol francés y aquella misma temporada consiguió ser Bota de Bronce (esto es, tercer mayor goleador de las ligas europeas) y en el 76 y el 78 Bota de Plata. El Granada de la liga 73-74 consiguió clasificarse sexto. Para un ejercicio de fútbol-ficción queda lo que pudo haber sido y no fue si hubiera contado con todo un crack como el argentino.

En la jornada inaugural, antes de que rodara la bola, hubo las solemnidades que requería el momento a base de banderas e himnos nacionales. Y cuando lo puramente futbolístico echó a andar, los jugadores yugoslavos dieron toda una exhibición de un fútbol muy distinto y mucho más moderno que el que por estos predios se practicaba, y consiguieron apabullar a los nuestros que en el minuto setenta de partido perdían 0-3, con goles de Simic y Santrac (2). La grada reconocía la justicia del resultado pero al mismo tiempo la tomaba con el debutante Montero Castillo y pedía insistentemente su sustitución sin que el banquillo se diera por enterado, así que hacía ya varios minutos que entre el respetable andaba de boca en boca aquel coro muy al uso por entonces; ya saben, aquel “piropo” que se lanzaba a Joseíto, uno de los mejores místers que el Granada ha tenido y que hacía referencia a la parte de las meninges del buen zamorano. El público veía lento y como muy desconectado del resto del equipo al jugador que había concitado la máxima expectación de la noche. Por fin Joseíto dio entrada en el terreno a Chirri en sustitución del uruguayo a la vez que quitaba a otro “náufrago”, Oliveros, e introducía a Martín, y a los pocos minutos hacía entrar a Dueñas en sustitución de un muy romo y apático Echecopar. Los refrescos dieron otro aire al equipo, sobre todo en lo que atañe a ese importante componente del fútbol que es la lucha y la condición física, virtudes en las que principalmente basaba sus éxitos aquel Granada. Y a base de coraje, en dos acciones consecutivas Quiles y Porta pusieron el marcador en 2-3 faltando diez minutos. Esos últimos minutos de aquel partido son de los que siempre se recuerdan y en ellos pudo llegar el empate en numerosas ocasiones que finalmente no obtuvieron fruto. El encuentro terminó con el 2-3 dejando entre la afición muy buen sabor de boca a pesar de la derrota, gracias a la emocionante recta final del encuentro y gracias al buen partido que, en líneas generales, pudimos presenciar como inolvidable estreno de un certamen que nació con vocación de esplendor.

Al día siguiente, segundo plato también de postín, y también con prólogo de banderas e himnos, entre el Peñarol y el Málaga. En los escalones del viejo estadio no se llegó al lleno pero se registró una entrada bastante buena. Los uruguayos del Peñarol pusieron en práctica su juego típicamente sudamericano, de toque y ritmo lento y a la media hora su goleador, Fernando Morena, hizo el 1-0. Con esa renta supieron dormir el encuentro y los malagueños se vieron impotentes para lograr la igualada, llegándose al final con el resultado que propiciaba una final extranjera en esta primera edición del trofeo.




El tercer día de buen fútbol en la primera edición del Trofeo Granada se inició con el que hubiéramos deseado fuera el plato fuerte. La final de consolación enfrentó a los eternos rivales y ofreció a los aficionados otro gran encuentro, jugado de poder a poder, en el que pudo verse todo un derroche de ganas de agradar por ambas partes y también el buen juego propio de dos clubes en lo mejor de sus asendereadas historias. Y eso que, al igual que en el otro envite de los rojiblancos, los nuestros nuevamente tuvieron que remontar un marcador adverso, en esta ocasión de 0-2, goles de Álvarez y Bustillo. Pero igual que sucedió en el partido contra los yugoslavos, en una reacción final plena de lucha y entusiasmo consiguieron, en esta ocasión sí, empatar a cinco minutos de la conclusión, merced a los goles, muy bonitos ambos, de Chirri, de gran tirazo desde fuera del área, y de Montero Castillo, de cabeza a la salida de un córner. Si en las dos ocasiones anteriores que se había visto al uruguayo se podía hablar de fracaso, en ésta fue todo lo contrario; Montero Castillo fue el mejor de los veintitantos, hasta el punto de que fue finalmente designado como el mejor jugador local del torneo.

Julio “mudo” Montero Castillo es de esos futbolistas que tienen muchas “lecturas”, en el sentido literario de que se pueden encontrar bastantes textos que hablan de él, la mayoría para destacar su fama de “raspador”, de “killer” de los terrenos de juego. Y también en el sentido de que para algunos fue un gran futbolista mientras que para otros no lo era tanto. En sus dos temporadas como rojiblanco tuvo el uruguayo sus devotos y también sus detractores. Bastantes aficionados y algunos plumillas siempre lo consideraron muy lento para dirigir la línea de creación y además su innegable dureza -que venía a unirse a la de otros dos granadinistas ya por entonces muy señalados en el fútbol nacional- hacía engordar la siempre infamante leyenda negra del club. Puede que a sus detractores no les faltara razón, pero yo me inclino más por decir que aquel mediocampo que formaron Montero Castillo, Jaén y Chirri, será seguramente uno de los mejores y más enteros que por estas tierras hemos podido ver, y a ellos hay que agradecer gran parte del mérito del nuevo sexto puesto que se consiguió en la 73-74.

Tras el empate en este partido por el tercer y cuarto puesto llegaron los penaltis. Gran parte de la afición reclamó que Ñito, ídolo infantil del que suscribe y que jugaba esa noche uno de sus últimos partidos como granadinista, fuera uno de los encargados de lanzar. Suyo fue el cuarto lanzamiento y su gran disparo a media altura llegó al fondo de las redes de Deusto. El tercer puesto se lo anotó el Granada después de que al sexto penal Gruart acertara y Macías lanzara fuera.


La parroquia, que nuevamente abarrotó los graderíos, muy satisfecha por la victoria local y casi sin tiempo para dar cuenta de los bocadillos de rigor, se preparó para asistir a la gran final. Gran final que no defraudó. Los yugoslavos, de forma todavía más clara que en el partido contra el Granada, borraron del terreno a sus oponentes y endosaron un contundente 4-0 a los aurinegros del Peñarol a base de un fútbol primoroso de rapidez, anticipación y técnica, resultando otra velada inolvidable para los aficionados granadinos. El OFK Belgrado, confirmando los pronósticos que lo señalaban como favorito, con sus dos grandes exhibiciones se alzó con el I Trofeo Granada de forma incontestable.

Hubo preseas para todos menos para los de la Costa del Sol (aparte de la testimonial y consabida bandejilla plateada): el de mejor jugador del certamen fue para Lamas, centrocampista del Peñarol; el de mejor jugador local para Montero Castillo; el de portero menos goleado se lo adjudicó el yugoslavo Borota; y el de máximo goleador fue para el también yugoslavo Santrac. Y como brillante colofón a un no menos brillante festival futbolero, el I Trofeo Granada fue entregado a los balcánicos. Bueno, lo de entregado es un decir, porque el botín conquistado era de tales proporciones y peso que tuvieron ellos mismos que servirse, necesitando la colaboración de prácticamente todo el equipo para conseguir elevar y exhibir la joya y proceder posteriormente a su desmontaje puesto que no cabía por la puerta del autobús.

Así concluyó la primera edición de un torneo futbolero que nació gracias a la iniciativa personal de Candi y que hay que catalogar como brillante y como todo un éxito pues se cumplieron todos los objetivos y el resultado final en lo económico fue de superávit. Sólo faltó que aquella exuberancia trofeística se hubiera quedado por aquí y no hubiera que ir hasta Belgrado para verla, no sólo por lo que para el forofismo en sí representan los triunfos de su equipo, también porque la copa era y es única, ya que, aparte de que su autor murió al poco, para ediciones posteriores se optó por otro modelo mucho menos opulento.

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