EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



martes, 27 de mayo de 2008

UN GRANADINO DE TOLOSA: CHOLÍN



Ignacio María Alcorta Hermoso, más conocido futbolísticamente como Cholín, era un vasco granadino de corazón. Nacido en Tolosa el 13 de diciembre de 1906, se afincó en nuestra ciudad desde 1940, año en que llegó a Granada para contribuir con sus goles al primer ascenso a la división de honor de los rojiblancos. Nueve nato muy goleador, racial y acometedor ariete a la antigua, perteneció casi toda su carrera deportiva a la Real Sociedad (o Donostia, mientras ostentó esta denominación el club vasco), desde 1927 hasta 1940, con el paréntesis de tres años de contienda civil. En 1928 fue internacional en la Olimpiada de Ámsterdam. También en este año fue subcampeón de copa. En 1931 formaba en el equipo txuriurdín que alcanzó el subcampeonato de liga.

A Granada llegó veterano, a punto de cumplir treinta y cuatro años, con la temporada ya avanzada, la del primer ascenso a Primera (40-41), para formar parte de aquella alineación que tiene un lugar de honor en la memoria futbolera granadina: Floro; Millán, González; Maside, Bonet, Sosa; Guijarro, Trompi, Cholín, Bachiller y Liz (con la incorporación para la liguilla de ascenso de otro hombre fundamental: César). Sus quince goles en esta temporada lo convirtieron en el máximo anotador local y pieza clave en el ascenso. La temporada siguiente, ya en Primera, sólo se alineó en cuatro ocasiones como rojiblanco, retirándose del fútbol activo en noviembre de 1941, al año justo de llegar a la vera de la Alhambra.

Después fue entrenador del Granada hasta en tres etapas distintas. Y de los buenos. En la temporada 45-46, recién descendido de Primera División, a punto estuvo de clasificar al equipo para la promoción al quedar cuarto del único grupo de segunda, empatado a puntos con el tercero, la Real Sociedad que sí la jugó y ascendió. Volvió a ocupar el banquillo rojiblanco en la 47-48 para sustituir a Valderrama en la jornada dieciséis, con la papeleta de intentar enderezar el rumbo de un equipo que marchaba colista de Segunda División, cosa que consigue logrando acabar la liga como octavo clasificado del grupo único de la categoría. Este buen papel hace que continúe la temporada siguiente, la 48-49. Esta temporada supone el debut en el Granada de dos hombres fundamentales en su historia: el portero Candi que por primera vez recala en nuestra ciudad; y la revelación de un joven valor de la cantera, Méndez.

En lo deportivo se rozó el ascenso al clasificarse el equipo tercero empatado a puntos con R. Sociedad y Málaga que le superaban el golaverage y que fueron quienes ascendieron. El tercer puesto en esta temporada 48-49 no daba derecho a promoción pues ésta se había suprimido, por lo que, una vez más en la historia del Granada, la mala suerte es determinante, y más si tenemos en cuenta que estaba previsto ampliar el número de participantes en la máxima categoría, pero se hizo... ¡la siguiente temporada!

Ante el buen trabajo realizado continúa Cholín un año más como técnico, pero en la 49-50, tras ampliarse la categoría de Segunda División, el Granada realiza una campaña mediocre y acaba en tierra de nadie, noveno del grupo sur.

Su tercera etapa como técnico se da en la temporada 51-52, temporada muy negativa para un club en profunda crisis que al empezar la campaña no tiene prácticamente directiva ni entrenador, así que se echa mano de un hombre de la casa, Ignacio Alcorta, el cual se hace cargo de una plantilla calamitosa, pero sólo dura las cuatro primeras jornadas, al dimitir y abandonar el cargo. Esta temporada el Granada C.F. terminó el decimotercero clasificado (de dieciséis) del grupo sur de segunda, con lo que oficialmente había descendido a tercera, menos mal que por una vez hubo suertecilla y la Federación decidió volverse atrás de su primera decisión consistente en la reducción de los dos grupos de segunda en uno solo, así que el Granada fue repescado y pudo continuar en la división de plata del fútbol español.

Todavía Cholín fue entrenador del Granada en otra etapa, lo que ocurre es que sólo lo fue de forma oficial, cuando prestó su título a otro gran entrenador, el húngaro Jeno Kalmar que no podía entrenar oficialmente en España, desde mediados de la temporada 58-59 hasta la finalización de la 59-60. De esta forma pudo el magiar llevar al Granada C.F. a conseguir su máximo galardón: subcampeón de Copa en 1959.

Este vasco de corazón granadino, buen futbolista y entrenador, y mejor persona según los que le conocieron, tuvo que pasar por el mal trago de verse expulsado como socio del Granada; su delito: presentar una demanda de embargo contra el club por una deuda de quince mil pesetas cuyo cobro se eternizaba. La asamblea de 15 de junio de 1954 lo readmitió por aclamación después de que el bueno de Cholín, emocionado, pidiera perdón públicamente.

En 1967 falleció en nuestra ciudad, a la que quiso como un granadino más, y aquí reposan sus restos. Ese mismo año se disputó en su memoria un partido homenaje entre el Granada y la Real Sociedad.

Aparte de haber alcanzado la internacionalidad y de haber sido casi toda su carrera jugador de Primera División, Cholín también es famoso, muy a su pesar, por el hecho de encarnar el rol de «villano» en la justa deportiva y poética en que se convirtió la final de la Copa de España del año 1928 que enfrentó a Real Sociedad y Barcelona. Permítanme, amables y pacientes lectores, que les coloque una batallita de los tiempos en que era habitual ver en los terrenos de juego a bastantes futbolistas que usaban boina.

El papel de héroe en la mencionada justa futbolístico-lírica lo ostenta un mito del fútbol, el portero del equipo rival, el húngaro Franz Platko, enrolado en el Barcelona desde 1922 para sustituir a Zamora (que se había marchado al Español), que es recordado como uno de los mejores porteros que pasaron por el Barça en su historia, con el que consiguió anotarse el primer campeonato de liga del fútbol español en 1928-1929. Su hermano, Esteban Platko, fue entrenador del Granada C.F. en la temporada 43-44, en la que consiguió un digno octavo puesto, y en media 44-45.

Encuentro balompédico mítico donde los haya, la final de Copa de 1928, disputada en los Campos de Sport de El Sardinero, Santander, necesitó de hasta tres partidos para decidir el campeón. En el primer choque, celebrado el 20 de mayo de 1928, se registró un resultado de 1-1. Dos días después hubo partido de desempate que concluyó con el mismo resultado. Finalmente, más de un mes después, el 29 de junio, se disputó el tercer y definitivo encuentro, que ganó el Barcelona 3-1. El paréntesis de más de un mes se debió a que en ese intervalo hubo de celebrarse la Olimpiada de Ámsterdam, donde compareció la Selección Española con varios jugadores del cuadro vasco, entre ellos Cholín (del Barcelona no figuraba ninguno porque sus futbolistas eran profesionales).

El primero de los tres encuentros marca un hito en la historia del fútbol español y tiene resonancias épicas, aunque esto obedezca no a razones estrictamente deportivas. Cuentan las crónicas que el partido se celebró en una cantábrica tarde verdi-gris lluviosa y ventosa. Y cuentan también esas crónicas que el partido fue bastante bronco, en el terreno de juego y también en los graderíos, y hubo numerosos y violentos choques entre los jugadores de uno y otro bando. El momento clave de aquel encuentro se produjo cuando estaba próximo el descanso, en una jugada en la que Cholín se iba en solitario con el balón controlado hacia la portería barcelonista, defendida por Platko; el magiar se arrojó valientemente a los pies del donostiarra consiguiendo hacerse con el balón pero salió malparado del encontronazo, hasta el punto de acabar conmocionado, sangrando abundantemente y necesitar seis puntos de sutura en la cabeza, por lo que hubo de retirarse del terreno de juego ocupando su puesto un compañero jugador de campo, porque por entonces el reglamento no contemplaba ni siquiera la posibilidad de sustituir a un portero lesionado. En la segunda parte, al lesionarse otro barcelonista y ante la perspectiva de quedarse con nueve y sin portero, el húngaro Platko, en contra de lo que le recomendaban los galenos, se reincorporó al terreno con un aparatoso vendaje cubriéndole la cabeza como un turbante, vendaje que perdería más tarde en un nuevo choque con un contrario, volviendo a sangrar la herida pero sin que por eso el bravo portero abandonara el terreno de juego hasta el final del partido, convirtiéndose en uno de los jugadores más destacados de aquel encuentro que terminó 1-1. Hasta aquí el relato estrictamente futbolístico.

Pero lo que ha hecho pasar a la historia del fútbol y de la literatura este enfrentamiento es la famosísima «Oda a Platko» que el poeta de Puerto de Santa María, Rafael Alberti -que asistía como espectador junto a sus amigos, el célebre cantor de tangos Carlos Gardel y el también célebre intelectual taurino José María de Cossío- le dedicó al guardameta magiar. Alberti años más tarde, en su libro de memorias «La arboleda perdida» escribiría rememorando aquel partido: “Hice una oda a un futbolista (...), Platko, un gigantesco guardameta húngaro, defendía como un toro el arco catalán” (...) en un partido en que se jugaba al fútbol pero también al nacionalismo (...) “Hubo heridos, culatazos de la Guardia Civil y carreras del público” (...) El húngaro sufrió lesiones, debió abandonar el juego, pero regresó a la cancha “vendada la cabeza, fuerte y hermoso, decidido a dejarse matar”.

He aquí un fragmento de la Oda a Platko: «Nadie se olvida, Platko, no, nadie, nadie, nadie,/ oso rubio de Hungría./ Ni el mar,/ que frente a ti saltaba sin poder defenderte./ Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía./ Ni el mar, ni el viento, Platko,/ rubio Platko de sangre,/ guardameta en el polvo...». Alberti, emocionado por el espectáculo futbolístico, con su colorido y su pasión en el campo y en las gradas, y conmovido por la heroicidad del húngaro le dedicó este poema, obra cumbre que es uno de los pocos ejemplos de la literatura mundial en que poesía y fútbol se dan la mano y que es cita obligada siempre que del binomio deporte-letras se habla.

El duelo no acabó aquí porque la Real Sociedad también contaba con sus seguidores en aquella final, como el famosísimo púgil Paulino Uzcudun y otra figura ilustre de la poesía española, el vasco, hincha de la Real, Gabriel Celaya. Éste respondió a Alberti con otro poema que no alcanzó tanta fama y al que tituló «Contraoda del poeta de la Real Sociedad» («Y recuerdo también nuestra triple derrota/ en aquellos partidos frente a Barcelona/ que si nos ganó, no fue gracias a Platko/ sino por diez penaltis claros que nos robaron...»), en el que, con ese estilo directo y algo áspero que le caracterizó y también con algo de forofismo, habla de su desilusión por el resultado adverso y le echa las culpas de la derrota al referí.

Cholín, sin buscarlo, se convirtió en el antihéroe de aquella epopeya, en el jugador que lesionó al admirado Platko, toda una figura legendaria en los altares de esa religión laica que es el fútbol.