EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



miércoles, 10 de septiembre de 2008

FÚTBOL CIEGO




-Pavón: encárgate tú de la distribución de las octavillas en el cuartel –dijo Mercader, recortada su figura sobre la “vietnamita” y el lío de uniformes y gorras-.

-Es que –replicó el aludido-, ya te he dicho que me parece que Caparrós no me quita ojo. Mejor es que lo haga alguien al que no controlen.

-Por Caparrós no te preocupes, lo conozco bien. Entonces, Torres: tú que mañana te vas a tu casa, porqué no te encargas esta misma noche de dejarlas en sitios donde puedan ser leídas por compañeros, cuantos más mejor. Así, si se descubre el pastel, ya será tarde como para que puedan tomar represalias contra ti.

-Es que... -(titubeaba yo tratando de encontrar una excusa convincente)-.

-No sé, prueba a dejarlas en la biblioteca, en la cantina, en el lavadero, en el polideportivo... donde se te ocurra, pero no en los barracones ni en ningún sitio que frecuenten los mandos. En las letrinas tampoco porque ya sabes para qué iban a servir. Y si algo sale mal o tienes dudas, pero como último recurso, tu contacto es López, en la oficina de la Plana Mayor del I Tabor –ahora hablaba Talavera, el amigo que me había introducido en esta especie de reuniones conspirativas-.

No pude negarme. En realidad, lo que a un servidor había terminado de animarlo a participar en aquellas tenidas era la muy remota esperanza de tener algo que ver con Aurora y sus muchos encantos –aunque éstos los usufructuara Mercader, el cabecilla de aquella cuadrilla- mucho más que el deseo de luchar por los derechos humanos en los cuarteles de los primeros años de la Transición. Y casi sin comérmelo ni bebérmelo, en mi último mes de mili había un servidor ingresado en la clandestinidad. Así que el taco de cuartillas recién salidas de la ciclostil que se veía en un rincón -y que lucía en su lateral una pegatina en la que una hoz y un martillo destacaban sobre una estrella roja de cinco puntas situada encima de las siglas PTE- fueron a parar a mi cartera de mano de escay negro.

¡COMPAÑERO SOLDADO!

Las oligarquías más reaccionarias te obligan a estar durante catorce meses de tu vida alejado de tu familia y de tu trabajo sufriendo penalidades de todo tipo. Persiguen disponer de mano de obra gratuita y cortar las alas a la mejor juventud proletaria, a la vez que contar con una fuerza represiva que ahogue, si llega el caso, las justas aspiraciones de la clase obrera.

No toleres la falta de democracia y libertad en los cuarteles. No toleres las infrahumanas condiciones de vida en que te mantienen. No toleres la corrupción y los ranchos de hambre. No toleres los abusos de los mandos. Por un ejército democrático, denúncialos. Distribuye entre tus compañeros este escrito y organízate colaborando con la UDS.

Unión Democrática de Soldados

Era el mensaje que contenían las octavillas.


-De acuerdo, eso haré –respondí levantándome-. Llevo algo de prisa porque todavía tengo que pasarme por el Mantelete a comprar unos encarguillos para la “Peni”, así que con vuestro permiso ya me voy.

Todos me desearon suerte en mi misión y en mi nueva vida. Y el beso en los labios y el abrazo que me dedicó Aurora es sin duda el mejor de los recuerdos del año largo que pasé en Melilla. Al salir, emocionado, iba uno reconciliándose con el áspero día a día que había sido la rutina de los últimos doce meses, y despidiéndose mentalmente de aquella pequeña casa de la calle Villamil, de la cercana playa, de la luz decembrina de Melilla; y pensando con ilusión en el momento ya tan cercano de poder cambiar las ropas militares por las civiles y, a bordo del Puchol, volver a mi casa y a mi tierra.

La presencia de al menos cuatro “willyes” de la PM que se acercaban me hizo sacar apresuradamente la mano derecha del bolsillo y llevarla al último botón de la guerrera y comprobar con alivio que se encontraba bien abrochado, que la patrulla, con el temible cabo Trujillo al mando, parecía tener como única misión la supervisión de la correcta indumentaria de la tropa. Menos mal que no repararon en que se me había olvidado vestir el uniforme “de gala”, es decir los guantes blancos.

Después de dos horas de Mantelete, con todos sus bazares abiertos a pesar de ser día de fiesta, me volví para el cuartel, y al pasar el cuerpo de guardia tropecé con un partido de fútbol como nunca viera otro igual: en el patio de armas, convertido en improvisada cancha, una horda de energúmenos con cucurucho tapándoles el rostro y en indumentaria militar de faena y zapatillas cuarteleras, trotaba y se daba continuos topetazos unos contra otros detrás de un balón semi desinflado. La “gracia” del evento consistía en que en el balón se había embutido una piedra del tamaño de una naranja y en que cada uno de aquellos zanguangos llevaba acoplado a su cara y sujeto al cogote con una cinta una especie de capirote de penitente, pero con una abertura en el extremo de aproximadamente diez centímetros de diámetro para que la ceguera no fuera total. Esto debía ser ese partido de “fútbol ciego” que como parte de las celebraciones por el día de la patrona del Arma se había leído en la orden del día la noche anterior, a retreta.

Cientos de gritones pelusos y bichos, y algunos padres y abuelos, que habían preferido este espectáculo al mucho más cotidiano de las colosales cogorzas y cánticos regionales en el Hogar del Soldado, con su interminable cabalgata de “kilos” de calimocho o de África Star («no es lo mismo África Star que estar en África»), se agolpaban en las poco rectas líneas de cal trazadas sobre el emporlado del patio de armas del vetusto cuartel de Santiago, sede en el melillense barrio de Cabrerizas Bajas del Grupo de Fuerzas Regulares de Infantería Melilla nº 2. Entre el griterío sobresalían los: ¡Endíñale en el esternón!; ¡Tres “vueltas” tienes como pase ese tío; esta noche no duermes!; ¡A ése dale en la frente, que no se levante!; y otros por el estilo. Servidor se sumó al clamor, divertido con los innumerables choques, patadones en las espinillas contrarias y continuas caídas que producía aquella especie de partido burriciego.

En éstas estábamos cuando Pavón, uno de los compañeros de viaje en las clandestinas reuniones de la casa de la playa, se acercó a mi lado y con expresión sombría me dijo al oído: «-Mucho cuidado, que la PM ha llegado y nos ha detenido. A Mercader se lo han llevado directamente a María Cristina y a mí me mandan ahora mismo a coger el barco de Chafarinas...». Su parlamento fue interrumpido por un rudo manotazo en mi hombro que me hizo volverme y tropezar con la prominente panza en sus escasos metro sesenta del brigada Padilla que, con su cara de tonos bermellones y esgrimiendo uno de aquellos capirotes, adornado con un mapa de manchas húmedas de sudor, me decía:

- Hombre, Torres, te lo pasas bien, ¿eh? Tú que eres un futbolero de los buenos y estás acostumbrao a los follaeros que se lían en tu pueblo cada vez que los catetos sacáis las vespas pa ir a por tabaco o cuando sacáis los santos a la calle pa que se acaben los terremotos; se nos han lesionao ya cuatro tíos. Ponte esto y sal a jugar ahora mismo.

-Pero, mi brigada, acabo de volver de la calle y todavía no me he cambiado.

-No quiero oírte rechistar. ¿No te reías tanto? A jugar.

-Pero es que con el uniforme de “bonito” y las botas...

-Que no pongas más excusas. Tú eres como las beatas, mucho chau- chau -como todos los “putifinos”-, pero echas el culo fuera. Sal a jugar ahora mismo. Has algo positivo antes de volver a ser un inútil en tu pueblo.

-Estos son los peores –ahora el que hablaba era el primero Caparrós, pegado, como siempre, a la sombra del brigada Padilla-. Este ejército es fuerte porque todos sus hombres poseen una disciplina consciente. Mi brigada, con su permiso lo apunto para que esta noche cumpla la segunda y la tercera imaginaria –decía aquel reenganchado, temido por lo estricto de su trato con la tropa.

-¿Me puedo quitar por lo menos el fajín...?

¡Fir... es! ¡Derecha! –cortó en seco la conversación el brigada Padilla- ¡De frente, paso de maniobra! ¡A jugar! Dame esa cartera que yo te la guardo. Y como sigas protestando...

-Mi brigada, es fundamental en el Ejército observar las tres reglas cardinales de la disciplina y hacérselo ver a los subordinados...

Con la palabra en la boca dejé al odiado cabo primero Caparrós y su proverbial pedantería y me incorporé sin más a aquella escabechina. En poder del brigada Padilla se quedó la cartera negra con toda su panfletada -¡ay, mamá!-. Y lo primero que se me encomendó fue tratar de anular al mastodonte que era Rabanales, mi par, mocetón trasplantado directamente desde sus lejanas montañas lucenses de Los Ancares, donde no pisaron los moros –como siempre decía con aires de superioridad en su deficiente castellano-galaico-, y sus casi metro noventa y ciento cincuenta kilos en canal dentro de un uniforme de campaña que había perdido ya su antiguo color garbanzo y se había teñido de los tonos negruzcos y verdosos con que le obsequiaba su oficio en la milicia de mozo de cuadras.

Con la sensación de ahogo, húmedo de sudor ajeno, que producía aquella especie de máscara que sólo dejaba un reducidísimo ángulo de visión. Con los aullidos de la concurrencia. Con la angustia de haber dejado en las manos de Padilla aquella mercancía comprometedora. Con el afán por patear un balón que casi no rueda y que no se ve. Con los constantes choques y golpes contra otros sudorosos energúmenos... La cosa era mucho más divertida desde la raya, sí. En la primera acción en que intervine, tratando de golpear aquella bola amorfa lancé mi pie derecho, bota Segarra de tres hebillas por delante, pero lo que encontré no fue el cuero sino la tibia de un rival y un alarido. En la segunda, entreví por aquella angosta tronera la inmensa mole de Rabanales avanzando hacia mí y sólo tuve una fracción de segundo para apartarme y dejarlo pasar bufando como un miura y muy puesto en su papel de extremo izquierdo, dejando a su paso una estela de olor a estiércol y zotal.

-¡¡¡Hijo de la Bizcocha!!! -bramaba el brigada Padilla desde la banda blandiendo en su mano alzada mi cartera por cuya cremallera descosida asomaban las octavillas amenazando derramarse-. ¡Pa mariconás, al Rey Chico! Todos los “putifinos” sois iguales. O le echas cohones o ya te puedes despedir de la cartilla.

El brigada Padilla, cuando era un zagalón (en volumen, que no en estatura) y abandonando simultáneamente el arado romano y su Alhama natal, había sentado plaza más de veinte años atrás en el Ejército y comenzado una carrera en la que pronto conquistó sus primeros galones. Y lo hizo con su propia sangre. Fue en la casi secreta guerra de Sidi-Ifni. Desde entonces, además de ganar una condecoración, en su hoja de servicios y en el apartado donde pone “Valor”, ya no aparecían las comunes siglas S.S. (“se le supone”), sustituidas por la palabra “acreditado”, cosas que siempre refería a todo el mundo con orgullo, viniera o no a cuento. Si Padilla, con razón, estaba orgulloso de sus hazañas bélicas y siempre andaba ufanándose, lo que nunca nos aclaró a sus subordinados era su “garnatifobia”, cosa de la que también con frecuencia hacía gala, y también aunque no viniera a cuento.


De Padilla había sido la idea de este plato fuerte de las celebraciones patronales, de esta especie de partido de unicornios asesinos, porque recordaba él que allí en Ifni, en la última guerra colonial de España y ante el asedio de la morisma, otro de estos partidos de fútbol bufo había contribuido a subir la moral de la tropa. Y allí reinaba Padilla, en la banda, ejerciendo de organizador, entrenador, masajista y hasta de árbitro.

Aquella especie de partido de locos continuaba. Y, en medio del trajín, un servidor, poniendo mucho más cuidado en conservar la vertical y eludir los encontronazos mal que bien que en buscar el cuasi esférico, a la vez que, sin que la camisa me llegara al cuerpo, vigilaba de reojo los braceos del brigada, esperando el fatal desenlace en cualquier momento. Y continuaba el cachondeo de la concurrencia y los bocinazos desde la banda de aquel héroe de guerra metido a míster y su monomanía contra un servidor, secundados por los comentarios despectivos de su acólito, el primero Caparrós.

-¡Torreeeees! ¡Me cago en las cortinillas del garaje del copón y en el Patio de los Leones! ¡Échale lo que le echan los tíos! ¡Si es que en Graná no hay na más que sarasas y gente de mal vivir! ¡Na más que casas de putas y conventos! ¡Tú vas a Rostrogordo. A María Cristina! ¡Tú no te licencias como sigas haciendo de hembra!

El sudor casi había dejado ya flácido el cucurucho de cartón y continuaba la tortura del ahogo, los choques descontrolados y los patadones en las espinillas.

No lo vi venir, pero situado casi en la misma raya de la banda derecha, el inconfundible olor a cuadra que precedía a Rabanales me avisó de que se venía nuevamente encima resoplando como una locomotora. Ya estaba iniciando la maniobra de evasión cuando una mano (más bien una zarpa callosa) me atenazó por el codo. Era, no hay que decirlo, el brigada Padilla, quien, de pura ira, lucía tres o cuatro tonos más rojo de lo habitual, y rugía:

-Aguanta aquí, gañán. Si es que en tu asqueroso pueblo no hay na más que puercas y maricones. Y la que más es la que vive en la Car...

Ya no dijo nada más. Su iniciado improperio fue cortado en seco por el tremendo topetazo de la enormitud que era Rabanales contra un servidor y la rebolonda figura del brigada, que actuó de providencial escudo protector. Auténtico choque ferroviario en el que, al andar el desinflado balón por en medio, fue éste a explotar y salir despedido el piedro que guardaba en su interior y a impactar en plena frente de Padilla. El resultado fue de al menos diez soldados y clases de tropa del público, Rabanales, el primero Caparrós, un servidor y el brigada Padilla rodando en mezcolanza por el cemento del patio de armas. Pero el peor parado fue el brigada, que quedó tendido sobre un gran charco rojo. Así acabó aquel singular partido de fútbol “ciego”.

Cuando después del aturdimiento que el suceso provocó logré incorporarme y ver que tenía todos los huesos sanos, comprobé horrorizado que la cartera negra con su cargamento había desaparecido.

Mi última noche de mili la pasé en un continuo cambio de postura y sin pegar ojo en mi catre del tercer piso de literas, pensando en lóbregas mazmorras militares y en largos años de servicio militar de propina, y en qué podría haber pasado con la panfletada, sin que me divirtieran las consabidas vueltas -que abundaron aquella noche- con las que los de siempre daban la “bienvenida” a los reclutas recién incorporados.

Al día siguiente llegaron las noticias de que nuestro héroe, todavía en estado inconsciente, había sido evacuado en helicóptero al hospital militar de la IX Región Militar, sito en el Campo del Príncipe, para reponerse de la herida y de varias costillas rotas. La acción bien podría haberle supuesto una nueva medalla de sufrimientos por la patria, y no tanto por las heridas como por el hecho de encontrarse en una tierra que tanto aborrecía. Y a pesar de todas mis cavilaciones, a la hora prevista y previa entrega de todos los pertrechos militares, cubierto incluido, obtuve la añorada “blanca” y el pasaporte para el vapor de por la tarde. De los desaparecidos panfletos nadie dijo ni parecía saber nada.

Sobre la cubierta del Vicente Puchol, iba pensando un servidor en qué podría haber pasado con las octavillas. En siete horas estaríamos en el muelle de Almería.

-¿Es tuyo este cartapacio? –casi me da un infarto al reconocer la voz del primero Caparrós, quien en ropas civiles se sentaba a mi lado y me alargaba la cartera negra, dentro de la cual permanecía el taco de panfletos-. ¿Te suena el nombre de López? Es mi alias. Aunque han sido derrotados todos los valientes de la organización, no hay que preocuparse porque la lucha continúa y continuará por siempre mientras quede un hombre, porque cuando acabe mi mes de permiso estoy otra vez en la lucha. Porque la lucha en los cuarteles debe continuar. Porque todos los reaccionarios son tigres de papel. Parecen terribles, pero en realidad no son tan poderosos. La razón es que viven divorciados del pueblo. Visto en perspectiva, no son los reaccionarios sino el pueblo quien es realmente poderoso. Sin un ejército popular, nada tendrá el pueblo. Venimos de todos los rincones del país y nos une un objetivo revolucionario común. El ejército debe fundirse con el pueblo, de suerte que éste vea en él su propio ejército. La orientación del trabajo político en nuestro ejército consiste en desplegar sin reservas la actividad de los soldados, los mandos y el resto del personal, a fin de lograr, mediante un movimiento democrático bajo una dirección centralizada, tres objetivos principales: alto grado de unidad política, mejores condiciones de vida y un nivel superior de habilidad militar y preparación táctica. Las tres verificaciones... y bla, bla, bla, y tropecientos mil más bla-blaes.

¡Hay que ver! Ni el propio Mao se hubiera expresado igual. Y yo que lo tenía por la personificación del militar arribista que disfruta humillando a sus subordinados para ganarse a los superiores. Y yo que lo tenía por la encarnación del ser despreciable que todos decían era; si incluso se contaba de él que en las guardias se divertía aprovechando cualquier despiste tuyo para esconder alguna pieza de tu fusil y así tener una excusa para arrestarte.

Mientras continuaba la concienciada e interminable perorata de Caparrós iba yo dejando vagar mis pensamientos en la alegría de recuperar la vida civil y en la suertecilla final de la aventura que tan negra parecía, la vista fija en la impresionante silueta del Gurugú que poco a poco iba diluyéndose. Con mi bolsa de escay a cuadros comprada en el Mantelete, de asas que no aguantaron ni el viaje en barco, con las cuatro cosas de recuerdo, entre ellas dos insignias en forma de media luna con dos mosquetones cruzados y un número 2 en rojo en su base, que conservo. Y con otro recuerdo -que ya no guardo, claro- como era el moratón en forma de cuatro dedos que lucía mi brazo derecho a la altura del codo.

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