EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



sábado, 31 de mayo de 2008

VEINTICINCOJOTA


Cosa de duendes y brujas
es lo que ocurrió en Graná
la tarde de un veinticinco
con mucha malafollá.
Que por junio era por junio,
en la estación estival,
año dos mil, Corpus Christi,
bajo un calor infernal.

Por Bibrrambla o por... Mesones,
es nuestra oportunidad,
al Murcia superaremos
y el Granada ascenderá.
Mares color blanquirrojo;
optimismo en el mirar;
banderas, gorros... ¡bufandas!
bastará con empatar.

¡Alabín! ¡Alabán!

Sudorosas masas rugen
con el campo a rebosar;
todo está presto y dispuesto,
puede el partido empezar.
Bajo un cielo gris plomizo
la pelota echó a rodar
y al mismo tiempo volaba
el gafe, libre y fatal.

Contamos en nuestras filas
con Notario y con Pascual,
Jubera, Ismael, Navarro,
también Jesús Capitán,
Tabuenka, Méndez, García,
¡atentos!, hay que triunfar,
Torres, Huegún y los otros:
¡mi Granada! ¡Ra! ¡Ra! ¡Ra!

¡Alabín! ¡Alabán!

Sobre el papel un equipo
de bastante calidad;
sobre el césped, ¡dita sea!,
ése es ya otro cantar;
cada atleta rojiblanco,
(con rayas en vertical)
no da ni una a derechas.
¡Ay qué penita, mamá!

Al fin del primer periodo
sólo sudar y sudar;
ni goles ni fútbol vimos,
canguelo, nervios “na más”.
“Cafelito” mesoniano
al descanso tomarán,
que diz que lo cura todo,
fuerte, “cargado”, especial.

¡Alabín! ¡Alabán!

Tras merecido intervalo
el balón vuelve a girar;
el milagroso brebaje
nada parece operar;
entorrijados, los nuestros
siguen jugando muy mal:
nada cambia el decorado,
continúa todo igual.

Casi al borde del infarto:
Jubera acierta a chutar;
desvíanla diablillos
y al palo se va a estrellar.
Y el auditorio enmudece
cuando el “traidor” Aguilar
desde casi medio campo
transforma su tiro en goal.

¡Alabín! ¡Alabán!

De tornaboda está el cántabro.
¿Qué hace en este lugar
pudiendo estar disfrutando
luna de miel en Nepal?
Aunque el calor es horrible
ha comenzado a escarchar
en la grada y en el palco:
todo es un tiritar.

Don Felipe en el banquillo,
embutido en su anorak,
no siente calor ni frío;
impasible el ademán;
no padece, nada inmuta
(no se le ve reaccionar)
su inalterado semblante
de tahúr profesional.

¡Alabín! ¡Alabán!

El blanco es como de mármol,
el rojo pesa un quintal;
el azul de los calzones
plomo pone en el andar.
Queda chance, queda tiempo
para intentar igualar.
«-Por caridad: un golito».
«-¡A mí algo me va a dar!».

«-Al nublado firmamento
yo me quiero encomendar:
seré bueno, seré santo.
¡Por vuestro padre: empatad

Muchas y grandes maldades
te propones enmendar
invocando a Santa Bárbara
cuando se pone a tronar.

¡Alabín! ¡Alabán!

«-¡Ay Virgen de las Angustias!
¡Válgame la Trinidad!
¡Todos los santos del Cielo,
con San Cosme y San Damián!
».
«-Ya no iré más a ese sitio

donde vigila Colás».
«-A mi suegra, aunque me cueste,
ya no voy a maltratar
».

«-Del cepillo de las ánimas
prometo no sisar más
si el año que viene vemos
fútbol de Segunda A
».
Pero el cielo no se apiada
y así se llega al final;
la derrota ya es un hecho,
ha triunfado Satanás.

¡Alabín! ¡Alabán!

Las fervorosas plegarias
que oíamos musitar
truécanse en un instante
en amargo blasfemar.
Es el sino de este equipo,
su eterna importunidad:
no alcanzar lo que se palpa;
al hincha la fiesta aguar.

Amagando eternamente,
pero sin llegar a dar,
Ilusionando al forofo
que la miel no va a catar.
Caravanas de tristeza
comienzan a desfilar;
las orgullosas enseñas
ya no osan flamear.

¡Alabín! ¡Alabán!

Un chasco morrocotudo.
Murcianazo al costillar.
¿Todos los protagonistas
obraron con lealtad?
Tanto me escuece esta herida
que a mí me da por pensar
que hubo felino cautivo
y que faltó honestidad.

Duro palo en los ijares
de la hinchada, ¡otro más!
Pasará bastante tiempo
para poder olvidar.
Y aquí se acaba este cuento,
ya no me quiero acordar
de aquel veinticincojota
con tanta malafollá.

¡Alabín! ¡Alabán! ¡Alabín, bon ban!

¿NO NOS MOVERÁN?



26/05/04

Lo piden los jugadores,
lo pide ya la afición,
se lo dicen hasta en bable:
señor Ruiz, dimisión.

Lo están gritando las gradas;
es un clamor popular.
Se puede decir más alto
mas no con más claridad.

A su poltrona amarrado,
como el que oye llover,
nuestro hombre mira y dice:
de aquí no me han de mover.

Sólo son quince o veinte
los que piden mi cabeza.
No les daré el gustazo.
Aguantaré de una pieza.

A este judeo-masónico
complot no haré ningún caso.
Permaneceré en mi puesto
pues de malvados yo paso.

De aquí yo no me voy.
En el río me han ahogar.
-Si sólo cubre el tobillo...
-Entonces me han de colgar.

¡Cuán ingrata que es la vida!
Estos chicos ¡cuán ingratos!
Se encierran por cuatro perras
y me hacen pasar un mal rato.

Patadas a los balones
pagaré con calderilla;
pero no den más patadas
en mis pobres espinillas.

Allá bajó a la caseta,
cual paquidermo en bazar:
salgan y ganen partidos
es una orden, ¡ar!

No me toquen las mis partes.
No se sienten en la hierba.
Miren que si lo hicieren
los apuntaré en mi agenda

No se me encierren ya más,
que es muy poco divertido.
Abandonen su actitud.
No sean teledirigidos.

Mientras tanto los atletas
piden en su verde encierro
(verde suelo, cama verde)
verdes billetes de euro.

Que se cumpla lo pactado,
que nos den lo que nuestro es.
No podemos pagar letras
ni tampoco el alquilé.

Además, aunque les paguen,
cual Salomé, ¡estos chiquillos!
la testa del presi quieren,
y es que son muy malvadillos.

Menos mal que por lo menos,
estando así el patio, amigos,
la talla se da con creces
en el plano deportivo.

Como forofo confeso,
en esta guerra de guerrillas,
servidor no entra ni sale.
Sólo pide una cosilla.

Un deseo balbuceante:
que saquen a mi Graná
del pozo de la tercera.
Después podré al fin palmar.

ALELUYAS FOROFO-GASTRONÓMICAS



22/03/04


Tú, que estuviste algún día
en los templos futboleros,
vuelve a alegrarnos la vida
a tus hambrientos prosélitos.
Sácanos pronto del pozo,

llévanos al paraíso,
haz que olvidemos del todo
este desabrido guiso.
No nos gustan los mc donalds;
no nos gustan los perritos.
De este tipo de “manjares”
estamos ya más que fritos.
No a la comida basura
de antequeras y roquetas.
No a los delgados bistecs.
No ya más tristes croquetas.
No queremos más menús
de anoréxicos manteles.
No queremos más sanpedros
ni tampoco macaeles.
Ya no más manchasreales.
No más veras. No más martos.
Porque ya de bocadillos
estamos bastante hartos.
Sopas de sobre no quiere
la hinchada ya ni probar.
El cuerpo pide otra cosa
que sea de más yantar.
Ya no más carolinenses.
No más torredonjimenos.
Comarcasdeníjar no más...
¡Pardiez!... ¡Rayos y truenos!
Si esto no se acaba pronto
si no se acaba el “mal ramo”,
yo ya lo tengo pensado,
y me hago vegetariano.
Que se acaben ya las dietas
de comedor de tercera.
Volvamos a la gordura.
Démonos la tripotera.
Que traigan a nuestra mesa
bocados de más enjundia;
verbigracia, de Bilbao,
a la vasca, una merluza.
Tráigannos una paella,
que tenemos gran carpanta,
de Valencia, con marisco:
ésa sí es comida santa.
De Sevilla el pescaíto.
Cocidito de Madrid

con su pringá y su tocino
y que prosiga el festín.
Y la bodega surtida,
para mejor digerir,
con un excelente caldo:
vino de Valladolid.
Centollas de La Coruña;
de Vigo lamelibranquios
que alegren nuestro sentir
de corazón rojiblanco.
De Santander una vaca.
De Donostia marmitako.
Tanta gusa tengo yo:
me comería un marrano.
Boquerones, que no falten,
de la capital vecina.
Que vuelva la rivalidad
malagueño-granadina.
Y para ir terminando
una crema catalana,
que sea de periquitos,
o bien sea blau-grana.

Por fin tendrá su hartura
tanta hambre acumulada
si vivimos el ascenso
del club de fútbol Granada.
Volver por donde solía,
volver a los restaurantes
de tres o más tenedores.
¡Ay, qué alegría tan grande!
Que vengan pronto a Los Cármenes,
que vengan, que vengan ya.
La boca se me hace agua
pensando sólo en jalar.

jueves, 29 de mayo de 2008

LOS 30 ESCALONES DE UN CAMPEÓN



«Para contento y consuelo / de la sufrida afición, / fue campeón por un pelo; / pelo que, en esta ocasión, / lo fue de un Calvo... Sotelo». Aquí tenemos a Joseíto con su famosa escalera al hombro. De ella lleva colgado por muy poco, por el forro del calzón, al rojiblanco, que se agarra al único pelo del calvo (Sotelo) para no caer. Es el caso que la temporada ha concluido y, aunque con mucho sufrimiento y una ventaja exigua, ya tenemos al Granada CF otra vez entre los grandes. Se trata del último ascenso (por ahora, siempre por ahora) a la división de honor del Granada, el que culminó una temporada dominada casi de principio a fin por el club rojiblanco que, como campeón del grupo sur de Segunda División, consiguió el ascenso directo al superar en un punto a su inmediato perseguidor, el Calvo Sotelo de Puertollano, en la temporada 1967-68.

Tras el descenso un año antes después de perder la promoción frente al Betis, se iniciaba una temporada que en principio planteaba muchas dudas ya que para la siguiente se había previsto la reestructuración de la categoría, reduciendo los dos grupos de segunda de dieciséis equipos a uno sólo de veinte, por lo que el descenso afectaba a la mitad de los que formaban la categoría de plata. A pesar de contar con una plantilla muy corta en la que eran bajas gran parte de los futbolistas del año anterior en primera, entre ellas la muy sensible del armillero Eloy Matute, traspasado al Sevilla, con la sabia y seria dirección de Joseíto, el Granada CF. se aupó a la primera plaza del grupo desde la jornada cinco y en esa misma posición logró culminar la jornada treinta y última. La corta plantilla se completó con una única incorporación de un jugador foráneo, el catalán Ferrando, que no jugó demasiado, y con canteranos. El buen míster había sido entrevistado por la prensa a poco de llegar a Granada y había manifestado la idea de que la liga era una escalera en la que poco a poco, con trabajo y seriedad, se habrían de ir subiendo peldaños hasta alcanzar el objetivo previsto. Esta manifestación, dicha así, como para salir del paso ante la incógnita de una temporada que echa a andar, tuvo sin embargo gran impacto entre los periodistas deportivos de la época e hizo fortuna hasta el punto de que la temporada 67-68 será ya para siempre en los anales rojiblancos la ”temporada de la escalera”.

El equipo titular fue: Ñito; Lorenzo, Barrenechea, Zubiaurre; Santos Barrachina; Flores, Almagro, Ureña (o Miguel), Gerardo y Vicente. Como se aprecia, todos excepto dos ya estaban la temporada anterior, y esas dos incorporaciones se habían producido desde la propia cantera: Ureña, de Pinos-Puente, que colgó la sotana y desde el seminario pasó al Recreativo y a las pocas semanas ya era titular en el Granada, donde sus doce goles lo convirtieron junto con Vicente en el máximo goleador del equipo; y Gerardo Jiménez, atarfeño, centrocampista de labor oscura pero muy efectiva, todo pundonor y entrega. La gran clase del canario Vicente, la agilidad felina de Ñito en la que quizás sea su mejor temporada de rojiblanco y en la que consiguió ser el portero menos goleado en categoría nacional, la seguridad en defensa de Barrechenea y Barrachina, el gran sacrificio de Santos y el trabajo fino de Rafa Almagro en la media punta... Esas fueron las armas de este gran Granada. También hay que destacar que en este Granada campeón hay cuatro granadinos (Barrachina, Almagro, Ureña y Gerardo) más otro que si no lo es de nacimiento lo ha sido siempre de corazón (Santos), a los que podríamos unir los nombres de otros paisanos que jugaron menos pero que también aportaron su grano de arena al ascenso, como Tinas, Ortega y Villalta.

Era la primera temporada de Joseíto en el banquillo del Granada, y era también la primera temporada de Candi en la presidencia. Gran estreno el del binomio, que abría con este meritorio ascenso la época más gloriosa de la historia del Granada y su etapa más prolongada entre los grandes, gestas ambas en las que volverán a tener gran protagonismo.

BODAS DE AGUA


«Jugadores excelentes, / fichajes de sensación, / taquillajes imponentes, / y con tales ingredientes / bajamos de división». Así se resume lo que fue una temporada nefasta para el Granada CF, la 60-61. En sus bodas de perla no le fue precisamente de ídem al club rojiblanco. En la caricatura vemos cómo en un mar agitado y lleno de tiburones se va a pique la nave rojiblanca con su capitán, el presidente José Jiménez Blanco, que, como está mandado, se hunde con ella sin abandonar su responsabilidad. Y mientras se ha impuesto el sálvese el que pueda, Larrabeiti, el futbolista cantor, desgrana unas notas de despedida. Ya en el agua vemos a Carranza con su salvavidas del RCD Español al que no hace ni una semana acaba de ser traspasado por dos millones (tres veces menos de lo que en su día -se dijo- ofreciera el Barcelona). A su lado el otro jugador más cotizado de aquella plantilla, Lalo, bien agarrado a un tablón. Y un poco más allá está Piris, que poco después seguirá los pasos de Carranza y se irá traspasado también al Español.

El 31 de mayo de 1961, miércoles, los paisanos que de mañana acudieron a plaza Bibrambla, ese escenario tan granadino, tan deslumbrante y bienoliente en esas calendas, pudieron ver este dibujo y leer esta quintilla que junto con otras carocas estrenaba un año más las fiestas del Corpus. Entre aromas alimenticios de churros y fragantes de flor de tilo, el desayuno a base de tejeringos no sentaría demasiado bien a los granadinistas pues, aunque la tragedia deportiva que fue la pérdida de categoría habían tenido ya tiempo para asumirla, en el vistazo a la prensa se pudieron enterar de otra tragedia más humana: la muerte en accidente el día anterior del jugador rojiblanco Cuervo, tras estrellarse el Fiat 1400 GR-4888 que conducía su compañero y paisano Lalo contra un camión aparcado junto a la Facultad de Medicina.

Sólo un mes antes había finalizado la peor de las diecisiete temporadas rojiblancas entre los grandes y se había consumado la pérdida de la máxima categoría, aunque el descenso matemático del Granada era un hecho desde varias jornadas antes de concluir la liga. El único farolillo rojo de esas diecisiete campañas en primera tras jugarse la totalidad del calendario ponía colofón a una temporada que sin embargo parecía antes de empezar que iba a ser la de la consagración granadinista en Primera. Para ello se había producido una “limpia” en un vestuario demasiado cargado de tacos de calendario y se les había dado la baja a gran parte de los que sólo un año antes habían conseguido el subcampeonato copero. Ya no estaban hombres como Benavídez, Mauri, Ramoní, Becerril, Pellejero o Ramírez, y tampoco el buen míster Kalmar. A cambio se había hecho un esfuerzo para traer, pagando por ellos, a hombres con proyección como Lalo y el argentino Larraz, más Cuervo y otros más jóvenes y menos conocidos como Gómez, Álvarez, Torres o Cándido, y además el retorno del granadino goleador Rafa tras su paso por At. Madrid y Coruña. Así, antes de echar a rodar el balón se llegó a decir en algún mentidero balompédico nacional que la delantera granadina compuesta por Vázquez, Lalo, Carranza, Larraz y Arsenio, sólo era superada por las de Madrid y Barcelona.

Pero lo que parecía un equipo joven y muy competitivo salió por completo batracio y muy pronto se hundió en las profundidades de la tabla, ocupando el farolillo rojo en las jornadas tres, ocho y catorce, para adjudicárselo en propiedad a partir de la veintidós y descender matemáticamente a falta de tres partidos. Los historiadores granadinistas se ponen de acuerdo en que la persona elegida para el banquillo (o impuesta, dicen algunos, como parte de la operación del traspaso de Lalo desde el Oviedo), el entrenador Fernando Argila, fue el principal responsable del desaguisado. Argila, un hombre al que parece que le gustaba más el baloncesto que el fútbol para entrenar, fue despedido justo al término de la primera vuelta, cuando el equipo andaba con -6, pero el contratado para sustituirlo, Trinchant, no hizo sino empeorar la situación -como ha ocurrido tantas veces en la historia rojiblanca- y aumentó la cuenta de negativos hasta trece, poniendo así fin a la segunda estancia del Granada entre los grandes. Claro está que no toda la culpa habría que hacerla recaer en la dirección deportiva pues alguna responsabilidad tendrían quienes la propiciaron. Así, como es norma cuando las cosas no salen todo lo bien que sería deseable, hubo a lo largo de la temporada cierta “guerra” entre la prensa local y la directiva, que –Entrala dixit- llegó a publicar una nota cuando el equipo iba disparado hacia segunda en lo más hondo de la tabla, donde se agradecía a la “auténtica” prensa granadina su labor y se lamentaba de que la “otra” prensa se dedicara a crear un clima de desmoralización. ¿Les suena esto a algo más o menos equiparable a ésta o a la anterior temporada?

CHICO BACHE Y GRANDE CAÍDA


Una gran masa de aficionados abarrota Los Cármenes e incluso rebosa sus límites de una forma casi como nunca se vio por estos lares. Lo que ha provocado esta gran riolada es la presencia al frente del banquillo del Granada de nada más y nada menos que Miguel Muñoz.

M.M., siglas legendarias del fútbol nacional. De los terrenos de juego pasó al banquillo del R. Madrid, todavía en los tiempos de Di’Stéfano, y a lo largo de quince temporadas consecutivas al frente del equipo merengue ganó nueve ligas (lo que a día de hoy sigue siendo récord en el fútbol español), dos copas del Generalísimo, dos copas de Europa y una Intercontinental. En la 74-75 no le habían ido las cosas nada bien, siendo cesado antes de su finalización por lo que en el verano de 1975 andaba sin equipo. Después de fracasar el intento de hacerse con otro peso pesado de los banquillos, Udo Lattek, Candi se lo trajo para Granada. Contratar a un entrenador de la talla de Muñoz significaba buscar ya sin complejos que el Granada consiguiera por fin la clasificación para disputar un campeonato internacional, cosa de la que tan cerca se había estado recientemente.

Pero no sólo no consiguió clasificar al Granada para Europa sino que al final y contra todo pronóstico dimos con los huesos en segunda división y si te vi no me acuerdo. Desde entonces, 1976, no hemos vuelto a degustar por estas tierras los grandes menús que ofrece la máxima categoría del fútbol español. El caso es que el que a día de hoy sigue siendo el entrenador español que mejores números puede presentar sólo tuvo un fracaso sonado en su carrera y, para nuestra desgracia, tuvo que venir precisamente aquí a encontrarse con él. Porque después entrenó a Las Palmas y a Sevilla con éxito y posteriormente fue seleccionador nacional durante ocho temporadas, sumando también notorios triunfos, como el subcampeonato europeo de 1984 y el brillante papel de nuestra selección en México 86.

Todo parece indicar que en nuestra tierra no se encontró a gusto en ningún momento. Así lo sugieren sus métodos rutinarios de afrontar los compromisos, la desgana que dejaba entrever y su falta de reflejos para tomar las medidas que pusieran coto a lo que en una segunda vuelta horrorosa fue deslizando al equipo por el tobogán que le llevó a segunda tras ocho inolvidables temporadas consecutivas entre los grandes. Y además su estrella de gran entrenador, la flor que –decían- le brotaba en cierta parte, le abandonó mientras fue míster del Granada, y las lesiones de hombres básicos fue otro handicap que pesó demasiado.

Quizás si su venida a Granada hubiera sido algunas temporadas más tarde y no inmediatamente después de dejar la Casa Blanca quién sabe si ya con más rodaje en equipos modestos los resultados obtenidos habrían sido otros. El caso es que todo parece indicar que mientras se paseó por estos andurriales no estuvo muy listo de reflejos, achacando los males del equipo a un pasajero bache, y por lo visto, pensando que aún dirigía a un equipo que lo gana todo, sus métodos dejaron bastante que desear (así lo denuncia la prensa de la época) en lo que se refiere a la preparación. Y eso que se trajo un ayudante en quien descargar toda la parte física, cosa que por entonces era poco habitual. Así lo representa la caroca del Corpus 76, encaramado a su pedestal y con la mente puesta en el que siempre fue su club.

A CADA CABEZA SU SESO


Bien gráficamente lo dice esta caroca, exhibida en el Corpus de 1975: «Palabra muy repetida / en el fútbol dominguero, / fue a persona dirigida / y a la parte preferida / donde se fija el sombrero». José Iglesias Fernández, más conocido como Joseíto, será siempre recordado en los ambientes futboleros granadinos por ese contundente epíteto que hace referencia, más que al tamaño de su testa, a la forma de ser de este míster, al cual, como se aprecia en la caricatura, por un oído le entra y por el otro le sale lo que desde la grada se grita. Que si tiene que jugar Fulanito; que si a Perenganito hay que cambiarlo; que si contra el Peralejos FC hay que oponer un sistema de 3-3-4 y no el más conservador que presenta el equipo; que si qué sé yo qué cosas... Joseíto no se achantaba ni se dejaba influir por lo que unos y otros pudieran opinar, y esto unido a un carácter más bien seco y distante no levantaba excesivas simpatías entre la hinchada rojiblanca ni entre los plumillas de la época. Pero sería injusto que a este castellano-leonés, granadino de adopción y de vocación, se le recordara sólo por esa nota más o menos negativa de su carácter.

Cuando entre esa exquisita mezcla de olores a churros y a flor de tilo -tan típicamente propia del Corpus en plaza Bibrambla- se puede ver y leer esta caroca, no hace ni una semana que ha concluido una liga en la que hasta el último suspiro el Granada no tuvo claro que fuera a continuar una temporada más entre los grandes. Pintan bastos en estos momentos para el zamorano que acaba de dimitir y ha sido sustituido por Errazquin, aunque la temporada aún no ha concluido ya que falta por disputarse la Copa, y el buen míster es a la sazón el centro de todas las críticas y es señalado como el principal culpable de los muchísimos apuros que se han pasado para no descender. Así cerraba su tercera etapa al frente del banquillo rojiblanco para que Candi, buscando asomarse a Europa, trajera a otro míster de mayor postín pero de bastantes menos argumentos que en vez de llevarnos fuera de nuestras fronteras dará inicio a la mayor decadencia rojiblanca de su historia.

Lo cierto es que a Joséito no le faltaban razones para mantenerse en sus trece y no dar su brazo a torcer. En su debut a los pies del Veleta, imponiendo su criterio consiguió que el Granada retornara a Primera División después de superar peldaño a peldaño la escalera con la que él mismo comparó al calendario liguero. En su segunda etapa dirigiendo al Granada contra viento y marea, se consiguió la mejor clasificación histórica. En la tercera etapa de este terco zamorano-granadino el Granada fue líder en primera división por única vez en su historia y repitió su mejor marca en el campeonato de la regularidad. Por otra parte, sólo Joseíto y su gran testarudez pueden decir que por un entrenador se haya pagado un traspaso (Candi lo compró al Córdoba antes de empezar la 73-74). En su debe hay que anotar su cuarta y última etapa, cuando no pudo evitar la caída a 2ª B. En cualquier caso, se trata de marcas que se antojan difíciles de superar. Pero es que además resulta que este hombre pequeñín de cavidad craneal granítica es a día de hoy el entrenador que más campañas y más partidos oficiales ha dirigido al Granada CF: seis temporadas y un total de 206 partidos.

Ya sabemos que el porcentaje que corresponde a un entrenador en el recuento de éxitos de un equipo es mínimo, que son los futbolistas los que ganan y pierden, y que jugadores como aquellos con que contó el Granada en sus buenos tiempos ni los vimos antes ni los hemos vuelto a ver por estos pagos. Sea como sea, el caso es que el buen míster demostró que sabía imponer su criterio en el vestuario y transmitía al mejor Granada que hemos disfrutado un espíritu de lucha y un orden sobre el terreno con el que los rojiblancos eran un cuadro respetado y temido al que había que tener muy en cuenta en la elite del fútbol nacional. A Joseíto, no cabe duda, se le recordará siempre por ese apelativo que tiene más connotaciones negativas que cariñosas, pero sería injusto no recordar también que -números cantan- es posiblemente el mejor entrenador que dirigió al Granada en toda su historia.

TRASEGAR UVA, DESCARGAR RACIMO


Para la galería de lo insólito-escatológico queda lo que con humor muy granadino recoge esta caroca del Corpus de 1977. En el magnífico coleccionable sobre la historia del Granada CF publicado en Ideal en 1986, José Luis Entrala explica lo ocurrido sobre la hierba del viejo campo la tarde del 10 de abril de 1977: «El Granada pierde en Los Cármenes con el Cádiz por 0-1. Al final del encuentro salta un espectador al césped de Los Cármenes. Pero no es con intención de pegarle al árbitro. El hincha Antonio Hernández, natural de Gor, quiere demostrar su disconformidad con lo presenciado y no se le ocurre nada mejor que bajarse los pantalones en el centro del terreno, agacharse y ¡realizar sus necesidades! Entre el pitorreo general fue detenido por “actitud obscena”».

«Contemplen con estupor / cómo un césped tan cuidado / un “jardinero de Gor” / con “jeta” de malhumor / bien lo dejó estercolado». Es el texto de la quintilla.

La salida de pata de banco de este aficionado, no obstante lo anecdótico del hecho en sí, viene a resumir bien a las claras lo que era el sentir casi unánime de la sufrida afición granadinista en esos momentos. A estas alturas del calendario, jornada 31 (de treinta y ocho), lo escatológico era lo que predominaba entre la hinchada, que mayoritariamente se ciscaba en palco, banquillo, jugadores y hasta en el Potito, además de en toda la parentela de todos ellos, y evacuaba sus malas digestiones por su orificio superior, a grito pelado. A la torcida el espectáculo le parecía plato de poca enjundia, después de ocho años de haber acostumbrado las papilas hinchísticas al pata negra futbolero. La pérdida de la máxima categoría casi un año antes y el haber llegado a los últimos compases de la liga sin más objetivo que la permanencia -con apuros- en una segunda que se antojaba un mal rancho, eran demasiada bazofia para ser digerida pacíficamente por algunos intestinos más irritables, como es el caso de este Hernández que, literalmente, no pudo aguantar ya más los retortijones, a lo cual seguramente también ayudaría algo el morapio.

El prólogo de la 76-77 fue brillante, con la conquista del segundo trofeo agosteño apabullando a todo un Peñarol. Con una plantilla integrada en su práctica totalidad por los mismos componentes de primera se pensaba poco menos que esta temporada sería un paseo y acabaría con el retorno del club entre los grandes. Pero, todo lo contrario, el equipo no dio la talla en ningún momento y bien pronto quedó hundido en el fondo de la tabla e incluso el fantasma de un posible nuevo descenso revoloteó varias veces sobre el club. Por eso, ante los abucheos de la grada, primero se fue Candi dejando el sillón a Salvador Muñoz. Y después, cuando el -6 del casillero indicaba que el agua alcanzaba ya el gaznate rojiblanco, fue cesado el míster Héctor Núñez y sustituido por Vavá que al menos consiguió salvar la categoría. En el epílogo del ejercicio futbolero asistimos al clarísimo divorcio hinchada-equipo. Los grandes claros en las gradas y la música de viento serán el decorado y la banda sonora de esta farsa cuando cae el telón.

COQUE POR PETENERAS


Los casi ya ochenta años del Granada dan para muchas historias. Por eso “gugleando” por la Red es fácil tropezarse con anécdotas y héroes, mitos y villanos, fábulas y personajes que de alguna forma atañen a la historia del club rojiblanco. Es el caso de Gerardo Coque Benavente. Este nombre quizás no les diga nada a las actuales generaciones de hinchas, pero corresponde a un futbolista muy cotizado en su época y que dio mucho que hablar a la prensa deportiva. Si su historia hubiera ocurrido en la actualidad habría sido varias veces portada en otro tipo de prensa, la del corazón, pero su aventura se sitúa en una España todavía dentro de la larga posguerra, en la primera mitad de los cincuenta, cuando el sacrosanto régimen todavía no había recibido el espaldarazo de su ingreso en la ONU y la ayuda americana. Una España todavía muy azul mahón, aislada y con cartillas de racionamiento, en la que este tipo de cosas eran pecado para la moral nacionalcatólica imperante, y no se les daba publicidad.

Coque fue un 8 de los de entonces, interior derecho fino, de gran toque, regate esplendoroso y mucho gol, que con dieciocho años era titular en el equipo de su tierra, el Valladolid. En la capital del Pisuerga se le recuerda como uno de los mejores productos futboleros de su cantera y como uno de los protagonistas de varias gestas albivioletas: el ascenso a primera de 1948, el subcampeonato de copa en 1950 o el sexto puesto de la 50-51, en la que Coque consiguió veinte goles que le valieron un año después la internacionalidad absoluta y al finalizar la siguiente, la 52-53, el traspaso por la escandalosa cifra de un millón a un Atlético de Madrid que llevaba ya tres temporadas seguidas hundido en la mediocridad. En Madrid completó una primera temporada aceptable en la que fue titular y marcó algunos goles.

Juventud, mucho más dinero del que había visto en su vida, fama y la vida nocturna del Madrid de entonces, formaron un cóctel que acabó por subírsele a la cabeza a Coque y a poco de iniciarse su segundo ejercicio en la capital sorprendió a todo el mundo cuando dejó plantados club, familia y país, y una exitosa carrera futbolística, y se marchó a México como integrante del elenco del espectáculo flamenco de Lola Flores. La Lola de España, que ya había tenido sus amores con otro futbolista famoso, el defensa internacional del Barcelona, Gustavo Biosca, embrujó con su atractivo arrollador a Coque y, liándose la manta a la cabeza, con La Faraona compartió intimidades y tablaos por medio mundo durante dos años, pues parece ser que al vallisoletano también se le daba bien el zapateado. Esto se llama salir por peteneras.

Y aquí vienen a cruzarse los destinos del que, por su mala cabeza, no alcanzó aquello a lo que parecía predestinado -ser una gloria del balompié- y del Granada CF. A nuestra tierra llegó a poco de iniciarse la segunda vuelta de la temporada 1957-58. De la mano de Scopelli el Granada, recién ascendido a primera, anduvo toda la temporada en los puestos de la zona media-baja de la clasificación. Al concluir la primera vuelta se encontraba el equipo clasificado a solo un punto de los puestos de descenso. Por eso la directiva de Luis Rivas vio la necesidad de reforzar una plantilla algo corta y fichó a Coque que, con la frente marchita y tras dos años de francachelas había vuelto al hogar cabizbajo y arrepentido, y no tenía equipo. Pero claro, dos años de inactividad y excesos no lo colocaban en su mejor forma para llegar y jugar. Por eso la aportación a la historia rojiblanca de Coque se limita a un único partido de liga, justo el que cerraba aquella temporada a primeros de mayo, jornada treinta, en el que el Granada sucumbió en el Camp Nou 4-1 (gol de Manchón). El domingo anterior, en Los Cármenes, se había certificado la permanencia con una agónica victoria sobre el Valencia gracias a un golazo de Rius que provocó el delirio entre la parroquia. Todavía pudo Coque enfundarse la rojiblanca en un partido oficial, y fue el que se jugó una semana después de concluida la liga, en Los Cármenes ante el descendido Jaén, que eliminó a los nuestros en la primera ronda de Copa.

A la temporada siguiente volvió a su tierra y a su equipo, al que contribuyó a devolverlo a primera, pero ya nunca volvió a ser el fino jugador que la ponía como nadie y que marcaba goles para todos los gustos, por lo que tras pasar por Santander y Cultural Leonesa, dijo adiós al balompié en 1962. Ya se sabe que hay una cosa (bueno, dos) que tira más que dos carretas, pero puestos a tirar, bien que tiró a la basura Coque la que seguramente hubiera sido una carrera futbolera sobresaliente, cosa que amargamente lamentaría más tarde. Aunque, por otra parte, siempre le quedaría aquello de que no podría nadie quitarle lo “bailao”, en este caso aplicado con toda propiedad. Según José Luis Entrala, jugar apenas jugó, pero sus compañeros de plantilla se divirtieron mucho oyéndole contar sus aventuras con la Faraona. Su paso por el Granada fue más testimonial que otra cosa, pero, aunque sólo sea por lo singular de su historia, merece un lugar en la galería rojiblanca de ilustres.

HERMANO MAYOR, PADRE MENOR


No todos los clubes de fútbol pueden presumir de contar en la nómina de sus ex jugadores con uno de los más ilustres apellidos balompédicos mundiales como es el de Maradona. Aunque se trate de un Maradona que realmente sólo se parecía al Diego en lo físico y que nunca ganó ningún mundial ni ninguna liga ni copa, ni, por supuesto, una mínima parte de lo que reunió su hermano mayor. Es un Maradona más paria que héroe, pero Maradona, a fin de cuentas, cuando en septiembre de 1987 la directiva que presidía Alfonso Suárez anunció el fichaje de Raúl Alfredo, el mediano de la saga, Lalo Maradona de nombre “artístico”, bastó esta noticia para que la expectación subiera como pocas veces se ha visto en nuestra tierra y la asistencia a los entrenamientos volviera a parecerse a la que era normal en los años dorados de primera del club rojiblanco. Y además, con el tirón que suponía la categoría de plata recién recuperada, que volvió a poner colas de aficionados ante la sede del club para hacerse con el carné de socio.

Los comienzos maradónicos rojiblancos no pudieron ser mejores. El día de su debut, el 25 de octubre de 1987, en un partido para el recuerdo el Granada vapuleó al Coruña 5-0, haciendo Lalo un gol de penalti; a la jornada siguiente, en Vallecas, ante todo un ejército mediático convocado por la sonoridad del apellido, el triunfo granadinista (1-2) valía el segundo puesto de la categoría de plata; y la locura ya poco después en el partido que vistió a los tres hermanos Maradona de rojiblanco y que dejó en caja veinte millones, “la más alta ocasión que vieron los siglos balompédicos” en el viejo estadio. Todo hacía presagiar que su fichaje había sido un gran acierto y que a nuestro equipo le esperaban cercanas jornadas de gloria. Y sin embargo...

En la larga y variada historia de chascos granadinistas, Lalo Maradona podría encarnar la personificación (o, mejor, la “batraciación”) de esa mala cosa tan puñeteramente habitual en los anales rojiblancos que acaba dejándonos a sus fieles con dos palmos de narices después de habernos ilusionado hasta el éxtasis. Lo que vino después de pasar la euforia, la caída en barrena del equipo y su desenlace lógico, es uno de los más amargos despertares a la cruda realidad por los que tuvimos que pasar los granadinistas. Desde entonces no hemos vuelto a degustar los apetitosos menús de la segunda división.

¿Lalo Maradona valía el dineral que se pagó por él? Obviamente, no. Claro, que esto es muy fácil decirlo a toro pasado. Que levante la mano para arrojar la primera piedra aquel granadinista que en octubre-noviembre de 1987 no se sintiera encandilado y como niño con zapatos nuevos con el recién estrenado 10 rojiblanco. ¡Hombre!, un tuercebotas declarado no se puede decir que lo fuera. Pero lo cierto es que su bagaje futbolero era bien pobre: algún lanzamiento a balón parado, algún toque a un compañero situado cerca, algún detalle de clase... y pare usted de contar; nada en la faceta defensiva, nada en la condición física, nada o casi nada en la entrega. Muy poco para lo que exige el fútbol profesional; poquísimo como para ir hasta Argentina y traérselo a cambio de un capital. Los tres años para los que fue contratado se quedaron al final en temporada y media, hasta que Murado consiguió rescindir un contrato astronómico para un equipo de 2ª B y para un jugador al que los sucesivos técnicos que pasaron en ese tiempo por el equipo (y fueron cinco) condenaron sistemáticamente a la suplencia.

En la Red se puede seguir su trayectoria posterior. En la web En una Baldosa se lee: «Enganche, que al igual que su hermano Hernán, jugó gracias al apellido que llevaba. Así le fue, con demasiada presión. Salió de Boca, luego estuvo en Japón, Perú, y Canadá. Con la salvedad que en Canadá termino jugando en indoor soccer» (fútbol sala). Y a ese mini-currículo podríamos añadir España, Estados Unidos y Venezuela.

Demoledor es el comentario que con la firma del periodista Jorge Llajaruna, se puede leer en la web del diario peruano El Comercio: «Lalo Maradona (hermanísimo de Diego) y el mencionado Calcaterra. Ambos eran bastante menos que discretos, hubieran sido extraordinarios ascensoristas, recepcionistas de hotel o vendedores de AFP, porque pinta no les faltaba, pero como futbolistas profesionales eran un par de verduleros», refiriéndose al paso de Lalo y otros “fichajes estrella” por el club Centro Deportivo Municipal, de Lima, a finales de los noventa. Por cierto, en dicho club fue a coincidir con otro viejo conocido del granadinismo: el ghanés Prince Amoako.

La verdad es que comentarios por el estilo referidos al ex granadinista abundan en la Red. Incluso algunos de este jaez: «El peor de todos Lalo Maradona quien vino con el deportivo Italia... Era como ver a una lagartija cuadrapléjica, sifilítica y con estrabismo jugando fútbol», (de la página forotodofutbol, firma “Los Michosos”), sobre el paso del mediano de los Maradona por el fútbol venezolano.

En su periplo por ligas de países poco futboleros tampoco le fue bien. Incluso en la Red se pueden leer comentarios que dejan entrever los apuros económicos por los que atravesó. Una vez abandonado el balompié, ni siquiera su ascendencia le sirvió para descollar en el “reality show” Gran Hermano VIP por el que en 2005 volvimos a saber de él y sus peripecias, programa del que fue eliminado al mes escaso.

Raúl Maradona, de haberse llamado Pérez o Ramírez, seguramente ni estaríamos en estos momentos hablando de él. Ilustre del balompié no lo fue sino más bien todo lo contrario. Sí fue ilustre, y lo será para siempre, su apellido, por eso lo incluimos en la galería de granadinistas con algo que contar.

PACO BRU. A BARCO NUEVO CAPITÁN VIEJO


Los escasos documentos gráficos de la época nos lo representan en plena faena de entrenamiento sobre el césped de Los Cármenes, enfundado en una de aquellas camisolas rojiblancas abotonadas que lucía el Granada por entonces, colocada sobre su ropa de calle de forma que le asoma el nudo de la corbata y el cuello de la camisa, mientras que mordido entre los dientes mantiene un gran puro. Es Francisco Bru Sanz, Paco Bru, nacido en Madrid pero catalán a todos los efectos, otro nombre ilustre del balompié ligado a la historia del Granada CF, al que entrenó dos temporadas, las dos primeras de la historia rojiblanca en Primera División.
Antes había sido jugador del Español y del Barcelona, árbitro, federativo, periodista, seleccionador nacional de dos países (España y Perú, a la que dirigió en el primer Mundial, Uruguay 1930), y hasta entrenador de un incipiente fútbol femenino (en 1914), pleno de pololos y melindres.
En su faceta de jugador fue un portero famoso por pararle dos penaltis al mismísimo Bernabéu en el tercer encuentro de una épica semifinal de copa R. Madrid-Barcelona que necesitó de hasta cuatro partidos para dilucidar qué equipo pasaba a la final de 1916, primer precedente en la historia de agravios mutuos de la ya casi centenaria rivalidad entre merengues y culés.
Como entrenador, aparte de su trayectoria como biseleccionador, dirigió a Español y Real Madrid (con el que consiguió los campeonatos de Copa de 1934 y 1936). Y, para un debutante, quién mejor que un hombre con mucha experiencia; en 1941 Ricardo Martín Campos, desde sus oficinas del Salón Nacional, lo contrató por dos temporadas para dirigir al Granada, que estaba a punto de dar sus primeros pasos en la máxima categoría. La cifra en que fue cerrada la operación era mareante para la época: 25.000 pesetas de ficha y 1.500 mensuales en su doble cargo de entrenador y secretario técnico. Pero no fue una mala inversión ya que Bru fue el que conjuntó al inolvidable cuadro rojiblanco de Floro (Alberty); Millán, González; Sosa (Maside), Bonet, Sierra; Marín, Trompi, César, Bachiller y Liz, que en su debut primerdivisionista ofreció al granadinismo grandes tardes de gloria, con amplias goleadas a equipos como Coruña (en casa y a domicilio), Español. Barcelona, Hércules, Oviedo y Castellón, hasta conseguir un total de sesenta y cuatro goles a favor y un muy digno décimo puesto final, a salvo de cualquier contingencia.
Para la temporada siguiente, la 42-43, las bajas de César, Bachiller y Liz dejaron al equipo bastante mermado, sobre todo en lo que se refiere a poder goleador. No se pudo repetir la buena temporada anterior y hubo que jugarse el todo por el todo en partido único de promoción en el campo barcelonés de Montjuich y ante el Valladolid. Los dos goles de Nicola por ninguno en contra certificaron la permanencia del Granada entre los grandes un año más. Con este último partido se despediría Paco Bru de Granada, donde siempre se le recordó como un gran entrenador. Posteriormente entrenaría a equipos como Málaga y, nuevamente, Español; por último desempeñaría funciones técnicas en Zaragoza y Córdoba, entre otros.
El nombre de Paco Bru está inscrito con letras de oro en los anales del fútbol español por haber sido el primer seleccionador nacional de la historia y, sobre todo, por haber conseguido en ese debut internacional y al frente de un inmortal combinado (con Zamora, Belauste, Sabino, Pichichi, Sesúmaga, Patricio, Samitier, Acedo, Vallana, Pagaza...) la medalla de plata en la Olimpiada de Amberes 1920, cuando nació el mito de “la Furia Española”, cuya paternidad pertenece a un periodista holandés impresionado por la testiculina que los hispanos derrochaban. Heroicos y raciales tiempos aquellos en que no pocos futbolistas jugaban con boina y en el que los internacionales viajaban en vagones de tercera, se alojaban en barracones militares y se mantenían a base de rancho cuartelero, y además tenían que jugar cinco partidos en nueve días. De Bru se destaca en los tratados de historia futbolera su gran personalidad para no dejarse influir por las presiones a que se vio sometido por parte de los jugadores vascos, que querían dejar fuera del once titular a los pocos futbolistas de aquel combinado que no eran euskaldunes, y en este sentido casi se puede decir que fue el gran descubridor de Ricardo Zamora, al que, con sólo diecinueve años, prefirió como titular de aquella selección española que brillantemente conquistó la plata, en detrimento del que era considerado el mejor portero español del momento, el donostiarra más veterano y hecho, Agustín Eizaguirre, padre del también portero internacional que bastantes años después entrenaría al Granada, Ignacio Eizaguirre.
Un libro -apreciada pieza de coleccionista- titulado «La rocambolesca historia de Paco Bru» relata lo que a todas vistas fue una intensa vida. Entre otras mil cosas dignas de mención cuenta cómo nuestro hombre se dedicó en algún momento de esa movida existencia al oficio de forzudo circense, dominador del arte marcial del jiu-jitsu y especializado en retar a cualquier espectador y vencerlo sin remisión.
Paco Bru, un hombre polifacético inseparable de su puro, de acusada personalidad y muy seguro de su propia capacidad, es otro de los nombres para recordar y para engrosar una galería de ilustres en rojiblanco, no demasiado concurrida.

YA VERÁS, YA VERÁS...


«Ya verás cuando juegue»... el argentino Juan Miguel Echecopar, fichaje bomba de Candi en la 1972-73 para un Granada ganador en el que ya figuraba desde la temporada anterior su conmilitón, Aguirre Suárez, de «la Tercera que mata» del doblemente legendario Estudiantes de La Plata. Doblemente legendario porque sin ser uno de los grandes del fútbol argentino (la cara) había conseguido entre 1967 y 1971 ser campeón de casi todo, entre otros, de tres Libertadores y una Intercontinental; y (la cruz) porque el equipo “pincha” de esa época ha pasado también a los anales futboleros como prototipo de lo que sus detractores calificaban como antifútbol, padre putativo de lo que más tarde se conoció como “bilardismo”. En realidad, más apropiado habría sido denominarlo “zubeldismo”, ya que es de suponer que Bilardo algo aprendería del zorro innovador que dicen fue Osvaldo Zubeldía, el míster de aquel equipo y primero en llevar a la práctica muchas cosas que en ese momento se tildaron de antideportivas pero que hoy son bien cotidianas, v.b.: la táctica del fuera de juego, las jugadas ensayadas, la presión a la salida contraria y más cosas, todo adobado de mil triquiñuelas que estaban directamente sobre la misma raya (o rebasándola) de la legalidad si necesario era para ganar por fas o por nefas.

En los sesenta y primeros setenta en el fútbol español estaban prohibidos los jugadores extranjeros. Pero la picaresca echó mano de la gatera de la oriundez, por la que se colaron en la madre patria no pocos con papeles falsificados. Julián García Candau, en «La moral del Alcoyano» cuenta el caso de tres futbolistas de apellido distinto que por estos años aterrizaron en nuestro fútbol y que se decían hijos de un mismo padre, un pobre emigrante que por unos pesos reconocía como hijo propio al mismo Satanás. Recordemos que en nuestra legislación no se considera extranjeros a los hijos de españoles, con independencia de su lugar de nacimiento.

Por esa misma puerta falsa ya había ingresado en nuestro fútbol una multitud de futbolistas del otro lado del charco que nada tenían de oriundos, Aguirre Suárez entre ellos. Pero para cuando Echecopar llegó ya se había levantado una auténtica polvareda ante la evidencia de las falsificaciones y era un clamor el que habían promovido los equipos vascos. El pasaporte español que presentó fue mirado con lupa por las autoridades federativas que decidieron que no había tutía (ni tu prima ni cuñada, ni mucho menos un auténtico padre español), por lo que después de fichado nos encontramos con que Echecopar no podía jugar en el Granada.

Menos mal que Candi un año antes había tenido la feliz idea de convencer a los demás clubes andaluces para que se jugara aquel campeonato de reservas que, como no lo organizaba la Federación, no tropezaba con la negativa oficial a alinear cualquier jugador. En esta liga menor, que se jugaba entre semana, era frecuente que en los partidos de Los Cármenes se registraran entradas por encima de los diez mil espectadores, y allí Echecopar se salía, no tenía rival, y los granadinistas podíamos ver a nuestro equipo goleando a sevillas, betis, málagas y quien se terciara, y al que parecía un gran futbolista, muy por encima del nivel medio y con una grandísima facilidad para hacer goles de todos los colores y sabores. El invento de D. Cándido evitó al argentino todo un año inactivo y a los granadinistas nos permitió disfrutar con el que parecía un superclase mientras soñábamos con el momento de su debut.

Mientras tanto, en la liga oficial, la de verdad, los nuestros no andaban muy finos y de la mano de Pasieguito no lograban salir de la zona media-baja de la clasificación. Aunque no se llegaron a pasar serios apuros para conservar la máxima categoría, la afición no estaba muy contenta con un equipo que había quedado bastante debilitado tras la marcha de sus tres perlas (De la Cruz, Lasa y Barrios) y al que veía muy lejos de repetir la hazaña de la temporada anterior. Por eso se hizo célebre el dicho: «Ya verás, ya verás, cuando juegue Echecopar», que se podía leer cada martes en Ideal, frase con la que dos aficionados caricaturizados por Martinmorales se consolaban ante la mala marcha rojiblanca.

A la temporada siguiente, 73-74, fue derogada la “ley seca” y se permitieron hasta dos extranjeros por equipo. Uno ya lo teníamos, Echecopar, el otro fue ni más ni menos que Montero Castillo. Los comienzos de la liga fueron muy buenos, con triunfo rojiblanco en Atocha y liderato en la quinta jornada en la que nuestro hombre había conseguido ya cuatro goles. Pero a partir de ahí pareció acabársele la cuerda al argentino y también al equipo, que empezó a perder puestos en la clasificación hasta llegar a meterse en problemas para después estabilizarse en la zona media y acabar brillantemente la temporada repitiendo un sexto puesto final.

Cuando por fin jugó, ver, lo que se dice ver, sólo al principio nos pareció que atisbábamos algo prodigioso, pero bien poco duró la ilusión. El caso es que nuestro hombre, cuya silueta en rojiblanco fue soñada y deseada como nadie por la torcida, a la hora de la verdad defraudó todas las expectativas. Tampoco tuvo suerte con las lesiones. Conforme iba la temporada avanzando iba cada vez contando menos para Joseíto hasta completar sólo dieciséis partidos de rojiblanco y unos escuálidos seis goles en total. Y es que, obviamente, no es lo mismo destacar entre los suplentes de los equipos andaluces que hacerlo en una liga de primera división que aquel año se vio poblada de nombres como Cruyff, Ayala, Netzer, Mas y otros, que animaron bastante el cotarro al levantarse la prohibición. Su paso por el Granada hay que catalogarlo de fracaso. Por eso, al terminar la temporada 73-74 Candi le buscó equipo y al menos se pudo recuperar algo de lo pagado por este futbolista, que se marchó traspasado al Murcia. A la vera del Segura tampoco se puede decir que triunfara, ya que ese mismo año vivió con los pimentoneros un descenso a segunda siendo su aportación de sólo seis partidos disputados. Y la temporada siguiente, en segunda, fue aún peor pues un nuevo descenso, ahora a tercera, fue su resultado. Finalmente Echecopar se despidió del fútbol español jugando en tercera y consiguiendo con el Murcia recuperar la categoría de plata.

Así acabó el periplo español de este jugador que venía avalado por un pasado pleno de triunfos en el fútbol argentino, uno de los mejores del mundo (si no el mejor), y que después de haber encandilado como nadie a la afición granadinista pasó por nuestro fútbol con muchas más sombras que luces.

ENTRALA. HISTORIAS EN ROJIBLANCO


Tener casi la condición de octogenario da para muchas historias. Aunque nuestro Granada CF pueda exhibir con orgullo (que hacemos nuestro sus fieles) el meramente honorífico título de histórico, para qué vamos a engañarnos, esa historia es la de un club casi siempre en apuros y ayuno de grandes proezas futbolísticas. Y las pocas veces que se contó entre los mejores pasaron hace ya tantos años que hay varias generaciones de granadinistas que ni saben lo que eso significa.

No obstante, a pesar de su modestia, es el rojiblanco un club, además de histórico, también bastante (o, por lo menos, suficientemente) “historiado”. Pese a que no estamos ni mucho menos ante uno de los grandes -ni siquiera ante un mediano- hay a disposición del hincha varias obras publicadas (y algunas de gran calidad) que hablan del todavía vigesimocuarto del ranking nacional, de lo que es y de lo que fue, y que nos permiten que esos inaprensibles momentos en que nos sentimos arrebatados de emoción, de júbilo, de felicidad, y también de decepción, de ira..., aquellos fugaces momentos en que vibramos como los chiquillos que seguimos siendo todos los forofos, podamos volver a vivirlos, porque recordar es vivir otra vez, que dijo algún sabio. Distintos plumíferos se han encargado de que lo que de otra forma se habría perdido podamos tenerlo muy presente y forme parte de un acervo común que enriquece a la entidad.

Así, y sin minusvalorar otras dignas aportaciones, destacaré la magnífica, emotiva y documentada trilogía («Adiós a Los Cármenes», «Los finalistas del 59» y «Devocionario rojiblanco») que lleva la firma de Ramón Ramos. Y, cómo no, los no menos excelentes trabajos de Antonio Lasso («Una vida en rojiblanco») y de Antonio Prieto («Paso a paso rojiblanco»), muy útiles para conocer el dato preciso y la intrahistoria. Todos ellos son además autores de innumerables artículos sobre el fútbol granadino.

Pero como obra imprescindible para todo aquel que quiera conocer con detalle la historia de nuestro Graná, contamos con los mil y un sabios trabajos periodísticos de ese maestro de la historiografía rojiblanca que se llama José Luis Entrala, reflejada en cientos de reportajes y en dos extraordinarios coleccionables: su «La historia del Granada CF», publicada en sesenta entregas en Ideal en el verano de 1986, y su «60 partidos inolvidables», publicado en otras tantas sesenta entregas entre octubre de 2003 y marzo de 2004 en Granada Hoy. La primera de estas compilaciones recoge temporada por temporada todos los avatares por los que atravesó la entidad rojiblanca desde su fundación hasta la 85-86, y en ella no falta todo lo destacable, tanto lo grande como lo pequeño. La segunda profundiza en momentos puntuales y clave en la historia granadinista, dando saltos en el tiempo, desde su primera y blanquiazul época hasta el fatídico partido contra el Quintanar, en fechas recientes. Con todo el rigor que exigen los ensayos históricos y con un estilo muy ameno, salpimentado con su pizca de retranca, nos cuenta Entrala todo lo que cualquier granadinista no debe ignorar acerca del objeto de su veneración. Ambos excelentes trabajos, ilustrados por un sin fin de fotos (cuyo conjunto constituye ya de por sí otro tesoro), podrían ser catalogados como una suerte de “biblia rojiblanca”.

El fútbol es pasión, delirio, congoja, obsesión..., y muchas otras cosas. En un estadio no se producen bienes tangibles más o menos perecederos, sino que lo que allí se compra y se vende es otro tipo de bienes no menos importantes y hasta tan necesarios: sueños, ilusiones, alegrías (y tristezas), pero sobre todo, emociones. Todas esas cosas -tan nutritivas- pueden más o menos perdurar en nuestros recuerdos, pero aquello que las produce tiene el inconveniente de su fugacidad, pues un segundo después de estrellarse el balón contra la red ese momento mágico ya sólo existe en la memoria, ya es historia. Luego el fútbol también es historia. La historia, las historias del fútbol constituyen todo un sabroso sub-género literario al que no le falta su legión de apasionados seguidores, entre los que me incluyo: la batallita futbolera, el qué y el cómo pasó lo que hizo que llegáramos a experimentar todas esas sensaciones. Entrala admirablemente consigue en sus entretenidos escritos que revivamos las emociones de los éxitos y fracasos del dentro de poco octogenario club, transmitiendo al mismo tiempo el gran amor al rojiblanco desde el que se concibieron.

El tiempo pasa y no perdona ni a los mejores. Llegados a los momentos actuales, alguien tan versado en historia granadinista como Entrala ha decidido convertirse a su vez en historia y jubilar la estilográfica. Y, claro, toda una vida dedicada a seguir con pasión al Granada y a hojear amarillentas páginas de diarios encuadernados ha producido un gran tesoro historiográfico en rojiblanco. Lo que son las cosas, ha tenido D. José Luis la humorada de concederme el monumental honor de nombrarme su discípulo y que una parte muy importante de ese tesoro vaya a parar a poder de este tocayo y humilde aprendiz de historiador granadinista, por lo que desde hace poco cuenta un servidor con un importante archivo (que pongo a disposición de cualquier interesado) compuesto por varios cuadernos y ficheros en los que está esbozado el armazón del que salieron los dos magníficos trabajos más arriba comentados. Entre ellos destaco lo que podríamos denominar “Larousse granadinista”, en donde, ordenado por orden alfabético, se puede consultar lo que Entrala anotó de su propia Olivetti y de su propio Bic; allí está todo lo relativo a cualquier persona (jugadores, entrenadores, presidentes, directivos, empleados del club, incluso periodistas y hasta hinchas) que haya tenido algo que ver con el Granada en cualquiera de sus épocas.

Como el chiflado que soy por todas las batallas futboleras y por las de nuestro Granada CF en particular, no tengo literalmente palabras suficientes para expresar lo honrado que me siento con su espaldarazo ni para agradecerle a José Luis Entrala el grandísimo, el inconmensurable favor que me ha hecho con este inesperado regalo. Me consta que es asiduo de esta web, así que quiero desde aquí decirle: maestro, gracias por su trabajo, gracias por su generosidad, gracias por dejarnos a los granadinistas sus dos grandes creaciones, muchísimas gracias por darme la oportunidad de seguir sus pasos.

PEPE


La noticia tiene fecha de 30 de julio de 1947. Es una de esas noticias de pretemporada, ese momento en que vienen y van constantemente nombres de jugadores llamados a cambiar de equipo cumpliendo así uno de los ritos que más agradecemos los enganchados a esto del fútbol: los tropecientos rumores y dimes y diretes de fichajes y desfichajes que tanto contribuyen a poner sabor en el mundillo futbolero, especialmente cuando el mono más estraga por la ausencia de partidos que meterse en vena. Y ahí lo tienen ustedes, Pepe Millán pretendido por el R. Madrid que está dispuesto a abonar la muy sustanciosa cantidad de trescientas mil pesetas. Parece ser que el desacuerdo para que la operación finalmente no se hiciera realidad estuvo en la forma de pago que ofrecían los merengues, que, según el recorte de Marca, querían repartir la cantidad entre club y jugador y esto no le pareció bien a la directiva que presidía Martín Campos.

A estas alturas de 1947, José Millán González a sus veintiocho años y a pesar de jugar en segunda división, es uno de los defensas más cotizados de un fútbol español en transición hacia la “novedad” de la WM, y todavía de menos precauciones atrás. Ya ha tenido el honor de vestir la elástica roja de la selección. Fue un par de años antes y desde entonces es el único granadino que ha alcanzado la internacionalidad absoluta mientras pertenecía al Granada CF. Pero tuvo la mala suerte de lesionarse de cierta gravedad en aquel partido ante Portugal y bien que lo íbamos a lamentar pues dos meses después no pudo estar en la alineación rojiblanca que perdió la máxima categoría en partido de promoción ante el Celta. Quizás con su presencia el resultado hubiera sido otro y no el 4-1 adverso que puso fin a la primera aventura granadinista entre la aristocracia del fútbol español. Era la primera vez que una joven afición granadinista, de sólo catorce añitos, conocía en propias carnes la amargura de un descenso desde que en 1931 se fundara la institución.

No hubo acuerdo en este verano de 1947 y Millán no pudo añadir a su personal palmarés el haber jugado en el R. Madrid. Por el contrario, se quedó en su tierra y con Valderrama en el banquillo, en su segunda etapa al frente de los rojiblancos (tercera etapa granadina ya que también fue jugador), asistimos a una mala temporada que comenzó con el “show” de Gojenuri ante el Castellón y la expulsión de González, al que le cayeron doce partidos (media liga en un calendario de veintiséis jornadas) que determinó el tener que experimentar una defensa totalmente nueva, porque Valderrama, ante la ausencia de delanteros de garantías y a petición de la grada decide alinear en bastantes partidos a Millán de delantero centro (siete goles consiguió). Pero la nueva defensa no funciona y el equipo se resiente y llega incluso a ocupar el farolillo rojo algunas jornadas hasta que es cesado el míster y sustituido por un hombre de la casa, Cholín, que logra salvar la categoría restituyendo a Millán a su puesto, volviendo al clásico tándem con González y utilizando, ya sin prejuicios, un tercer defensa (y gran defensa) como Lesmes.

Millán permanecería en el Granada hasta 1950 para marcharse con la carta de libertad al Coruña y volver dos años después y jugar (siempre fue indiscutible) otras tres temporadas más. Total, catorce temporadas y el récord de ser el jugador que más partidos disputó de rojiblanco (360), que tuvo validez casi cuarenta años hasta que en los noventa fuera batido por Lina.

Después de colgar las botas en 1957 en las filas de un Jaén de primera, en su papel de jugador (con ascenso) y después entrenador (logrando la permanencia), todavía prestó servicios al club rojiblanco desde el banquillo (fue el descubridor de Pirri) y en labores de ojeo.

Hasta hace relativamente poco todavía podía vérsele impartiendo grandes lecciones de talento futbolero en esos maravillosos partidos de aire puro de montaña y cervecilla de palangana al sol que ofrece el monte olimpo del deporte más popular que es el Llano de la Perdiz.

Hablar de Millán es hablar de un símbolo mayor del granadinismo. ¿A qué granadinista no le suena aquello de Floro, Millán, González? Un servidor puede decir que fue este heptasílabo una de las primeras cosas que pudo aprender del equipo de sus amores. Esto, lo mismo que otras pompas iniciáticas del granadinismo, se lo debo a mi madre, forofa rojiblanca en su juventud, a la que le gustaba recitar ese cuasi verso de arte menor, según las normas de la métrica, pero del mayor cariño e ilusión según las del corazón que son las que mandan en esto del forofismo. Y continuaba con: Maside, Bonet, Sierra; Marín, Trompi, César, Bachiller y Liz, hasta completar esta inmortal estrofa en rojiblanco. Desde una juvenil foto en sepia fijada en la segunda de las caras internas de un carné de socia que guardaba con orgullo, sonreía para la posteridad luciendo un por entonces muy a la moda peinado “arriba España”. Entre sus batallitas futboleras preferidas estaba el grandísimo acontecimiento local que en aquella Granada de cartillas de racionamiento, piojo verde y nacionalcatolicismoporelimperiohaciadiós, supuso la primera visita del campeón y equipo del Régimen, el Atlético Aviación, el día de San Cecilio de 1942, cuando en Los Cármenes había que estar de perfil y el enorme gentío rebosaba por las tapias y las copas de los árboles vecinos del viejo estadio. También contaba que vio una vez cómo Pepe Millán marcaba un gol de un tremendo chupinazo que desde su propia portería voló más de cien metros y sorprendió al guardameta contrario; aunque esto no lo he podido verificar, se merece ser cierto, se lo merece por lo menos como ese otro mito que ubica a Alberty encaramado encima de su larguero para intentar detener los penaltis.

Como queda dicho, hablar de Millán es referirse a un símbolo mayor del granadinismo y para evocar su gran trayectoria rojiblanca basta con el familiar apelativo de Pepe. Los coros de ¡Pepe! ¡Pepe! que tantas veces pudo oír sobre el césped del viejo campo testimonian la veneración que la afición siempre le profesó.