EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



jueves, 3 de julio de 2008

UN HINCHA YE-YÉ



El paisaje: la Gran Vía recorrida en sus dos carriles por coches que van todos en dirección al Triunfo; las chumberas y la curva del Tambor recortada contra el azul del cielo; unos novios saliendo de la ermita de San Isidro rodeados de parentela y amistades que no les tiran arroz ni nada; las colas ante unas diminutas y enrejadas taquillas rojiblancas abiertas en la cal; los escalones de preferencia y las pilas de almohadillas con el emblema de Cruz Roja; el verde aromático de la hierba; las coca-colas gigantes; el “sky line” desde la portería de la Cárcel, enrojeciéndose las primeras nieves.

La impedimenta: los carnés de librillo; las almohadillas hinchables; el recorte de Ideal con el simultáneo; el transistor.

La banda sonora: «Para toreros Córdoba. Para tarantos las minas. Y para pollos asados: las Bodegas Granadinas»; «Casa Paquito, bragas y sostenes. Ancha de la Virgen 10 y 15»; «¡Vaya! ¡Vaya!... el que no tenga toalla... en Lirola»; «Para maletas Los Madrileños y para bolsos Pastor» (yo no podría asegurarlo pero mi amigo Antonio afirmaba que este último anuncio había sonado a la vez que saltaban al terreno de juego los rivales).

La tarde del 2 de octubre de 1966 vivió un servidor la ceremonia de lo que podría considerar su primera comunión en la fe granadinista. El bautizo ya lo había recibido unos años antes, pero hasta ese día no tomó uno conciencia de lo que es ser hincha de un club. Y es una fecha inolvidable por ser la primera vez que un servidor presenciaba en vivo un partido de Primera División y porque el rival era nada más y nada menos que el Madrid: Betancort; Calpe, Pachín Sanchís; Pirri, Zoco; Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Bueno; con De Felipe en lugar de Pachín y Gento en lugar de Bueno habría estado completo el R. Madrid Ye-yé que cinco meses antes había ganado la sexta Copa de Europa. Por los nuestros jugaron: Ñito, Tosco, Datzira, Zubiaurre; Tinas, Lorenzo; Lara, Almagro, Miguel, Agüero y Vicente. El resultado fue de empate a uno.

Para siempre en los sentidos llevo marcado, además de todo lo dicho, el gol de Rafa Almagro de tiro desde cerca que mediada la segunda parte ponía por delante al Granada; y la euforia de los quince mil (todavía no se había construido la tribuna cubierta) que abarrotaban el estadio; y la potente luz de unos focos que entonces eran gran novedad; y el olor de los puros; y el silencio de la parroquia local cuando el “traidor” Pirri empató; y la alegría de los muchísimos seguidores merengues presentes; y... en fin, todas esas cosas que uno guarda como recuerdos gratos de una buena sesión futbolera, mucho más impactantes para alguien de pocos años y en buena parte “culpables” de que el forofo quede ya para siempre prisionero en su alma de niño y pueda llegar al apasionamiento por este (en el fondo) tonto juego y por unos colores.

En la actualidad, después de más de cuarenta años de hincha rojiblanco y de muchos más tragos amargos que otra cosa, ahora resulta que -para algunos (poquísimos, aunque tengan barra libre en el antepalco)-, un servidor no es granadinista. A lo mejor llevan razón. A veces le da a uno por pensar que está todavía anclado -en esto del hinchismo- en la estética ye-yé y en la ingenuidad que (desde la perspectiva actual se ve muy claro) todo aquello encerraba. Puede ser. Pero a mis años prefiero seguir considerando el fútbol fundamentalmente como un juego, apasionante y muy divertido, pero juego a fin de cuentas, y no me parece sano eso de odiar a quien no comulgue con mi credo y alegrarme con sus fracasos.

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