EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



martes, 1 de julio de 2008

MANÍAS FOROFAS



Todos los forofos somos más o menos supersticiosos. El que esté libre de estas inocentes culpas que lance la primera y simbólica pedrada desmentidora del lugar común. Que entre o no entre la dichosa pelota depende de cosas tan poco firmes, tan inestables, de cosas que están tan en el mismo pretil que separa la seguridad de la tierra firme del más insondable pozo airón, que hemos desarrollado una serie de manías que, estamos de acuerdo, son infantiles y poco pueden ayudar a la mejor marcha de nuestros colores, pero que no nos las quiten que nuestras son y a nadie perjudican. Y es que el mundo del fútbol no es precisamente un ámbito en el que reine la racionalidad. La grandeza de este mundillo reside precisamente en su capacidad de generar pasiones y, por eso mismo, se impone la visceralidad frente a la intelectualidad.

Servidor también tiene sus manías. Por ejemplo, basta que aparezca entre la hinchada ese coro que dice: «este partido lo vamos a ganar», para que uno ya esté convencido de que precisamente este partido frente al Peralejos de Arriba acabará con empate a cero después de por lo menos un palo y de que el portero contrario saque los balones hasta con salva sea la parte, quién lo diría, con esa pinta rústica y sus muchos kilos de más. También pienso que la presencia de una banda de música en los prolegómenos de un encuentro es augurio de batacazo. Por cierto, creo recordar que en la última (por ahora) gran frustración rojiblanca, ya saben, cuando aquel defensa y aquel portero no se entendieron y pasó lo que pasó (algunos malvadillos sostienen aún hoy que todo estaba en el guión), creo recordar, digo, que una charanga recorrió el terreno.

Y me consta que el tener manías futboleras que supuestamente traen la suerte o alejan el gafe no es exclusivo de un servidor. Aunque ya la conté una vez en otro de estos escritillos que los buenos, pacientes y santos de granadaenjuego.com tienen a bien publicarme en su estupenda web, quiero contarles una anécdota que pude presenciar con mis propios ojos:

Estamos en la temporada 88-89, para mí la peor de la historia del Granada C.F. Como sabemos, en aquel nefasto ejercicio se pudo salvar la categoría de 2ª B en la última jornada, en la feria del penalti de Marbella (aquella jornada es también histórica por el dato de que en ella el Granada dispuso del mayor número de penaltis a favor como visitante: tres). La acción que quiero referir sucedió un domingo antes, es decir, en la jornada treinta y siete, con ocasión de la visita a Los Cármenes del Cartagena. En aquel partido el Granada consiguió una victoria por 2-0 que puso al alcance de la mano la permanencia. Pero el triunfo no fue fácil ni mucho menos, y mientras llegaban o no los goles había gran impaciencia y sufrimiento entre los cuatro mil hinchas que aproximadamente nos encontrábamos en las gradas pues todo lo que no fuera una victoria condenaba al descenso a tercera de forma irremediable. En éstas estábamos cuando el “presidente in pectore”, Murado, reaccionó como un hincha más y desde su palco no se le ocurrió otra cosa que mandar a una pareja de “seguratas” a que desposeyeran de su instrumento a un aficionado que por entonces se situaba en el ángulo que formaba la unión de la tribuna con la preferencia del marcador y que solía “amenizar” los partidos con sus destemplados toques castrenses de corneta. Y ¿por qué?. Pues porque, decían los enviados presidenciales, las dianas, oraciones, llamadas, fajinas y retretas que con menos que más musicalidad lanzaba al aire aquel buen hombre eran de todo punto gafes para la buena marcha deportiva del club. Sólo éramos un puñado de personas las que en las inmediaciones nos encontrábamos, pero el abucheo que siguió a una primera reacción de incredulidad e hilaridad, consiguió que los emisarios muradescos abandonaran cabizbajos la escena sin llevar a cabo la labor de requisa a que habían sido enviados. «Sí hombre, la culpa de que bajemos a tercera la tiene el tío de la trompeta», fue el argumento que este buen aficionado rojiblanco (que por cierto, acaba de fallecer) esgrimió, entre incrédulo y desdeñoso, para no entregar el trofeo que se le requería.

Los forofos, los de a pie y también los que van en “haiga”, está claro, tenemos nuestras manías, nuestros fetiches y amuletos, y, con tenerlos, no hacemos mal a nadie ni interferimos para nada la marcha de los acontecimientos. Lo que ocurre es que cuando quien tiene el poder, quien ocupa un puesto preeminente y de autoridad en una colectividad, no se mantiene al margen de estas irracionales conductas y saca a pasear su ego, suele ocurrir que se cae en el más lamentable de los ridículos. Eso fue lo que ocurrió aquella tarde. Desde la poltrona presidencial lo único que se consiguió fue hacer el ridi, mucho más censurable por venir de quien venía, de quien debe representar a todo el granadinismo.

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