EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



jueves, 25 de septiembre de 2008

1992 EL XX TROFEO SE FUE A MARBELLA. PLAY "UFFF"


Una vez concluida la temporada 91-92, que tanta congoja produjo en el aficionado a su comienzo, la siguiente, la 92-93, se inicia con muy distinto signo, el de la tranquilidad. Así, una noticia de pretemporada es la decisión del ayuntamiento de construir un nuevo estadio, en colaboración con la Junta de Andalucía, como parte de las infraestructuras que dejará la celebración del campeonato mundial de esquí del año 95. Otra es que, según su presidente, D. José Aragón, el Granada CF será sociedad anónima deportiva en breve.

Y en lo estrictamente deportivo, el Granada de la 92-93 empieza a configurarse, y el primer fichaje (muy acertado) es el del técnico, Nando Yosu, en su segunda etapa granadinista, porque, como sabemos, ya dirigió al equipo en las trece primeras jornadas de la 84-85, en 2ª A, cuando en una decisión que después se lamentaría, fue despedido por Candi.

Después de los grandísimos apuros que se vivieron hace justo un año, cuando el club estuvo al borde de la desaparición, en el verano de 1992 hay bastante más calma, no obstante, a 31 de julio se deben liquidar quince millones que se deben a jugadores que no continúan en la plantilla: Víctor, Verdejo, Peso, Barrio, Jiménez, Manolo Herrera y Andrés González, que han denunciado sus contratos a la AFE, aunque el último está en estos momentos pleiteando contra el club ante la jurisdicción laboral, ya que fue apartado del equipo porque los servicios médicos del club lo declararon no apto para la práctica del fútbol. Gracias al ayuntamiento se consiguió salir del paso y asegurar un año más la continuidad del club en el grupo IV de 2ª B. A esas bajas se une la de Roberto Valverde, al que incomprensiblemente se le ha dejado escapar y recalar en el magnífico R. Jaén que con Tolo Plaza en el banquillo completará una sensacional temporada.

Como el césped de Los Cármenes ha sido reimplantado, la pretemporada se planifica lejos de la capital. Se hará en la costa, en Motril, utilizando en muchas ocasiones el campo de La Herradura. Y tras unos días en la playa hay traslado a Sierra Nevada. No han pasado tantos años, pero por entonces en toda la provincia de Granada y aparte de Los Cármenes, más los poco futboleros de el estadio de la Juventud y el campus de Fuentenueva, no existían más terrenos de juego con hierba que el de La Herradura y el que tiene un hotel de la Sierra; afortunadamente es ésta una de las pocas cosas que en lo futbolístico y en nuestra tierra han ido a mejor.

El siete de agosto publica Ideal la noticia de que el Granada pretende a los jugadores Toledano, Diego, Marina y Fernando (ninguno llegaría a fichar), y al mismo tiempo anuncia la celebración para los días 24, 25 y 26 de agosto del XX Trofeo Granada, que disputarán los equipos Granada, Marbella y Fez, a pesar de que sonaron otros como Coruña o Cádiz, de primera, o Betis, de segunda. Tras dos ediciones seguidas disputadas a partido único, en ésta se vuelve a la fórmula triangular. Pero, aunque se anuncia el equipo marroquí del Fez, en realidad el rival es el también magrebí FAR. Al igual que ocurrió el año anterior, la copa puesta en juego será alguna de las que tiene en sus vitrinas el club, retocada en los números romanos que señalan el ordinal del trofeo. Y es que, ya se sabe, no está el club para alegrías económicas precisamente.

En su estancia de pretemporada en la costa disputan los nuestros algunos amistosos de signo negativo, como son sendas derrotas en sus visitas a Adra (de 3ª) y a El Ejido (de 2ª B), ambas por 2-0.

El lunes 24 de agosto de 1991 y con la alineación: Notario, Santi, José Manuel, Leo, Álvarez, José Luis, Andrés Pizarro (Criado 87’), Queco (Lalo 71’), Ángel, Hernández (Cortés 58’) y Molina, el Granada derrotó al muy flojo rival marroquí del FAR por un solitario gol que consiguió Hernández y que muchos aficionados se perdieron pues llegó nada más comenzar el choque y después de un balón al área de Pizarro tras cabalgada de Ángel. En las gradas se registró una entrada muy pobre (apenas mil quinientas personas) y lo más positivo fue el espléndido aspecto del remozado césped del coliseo granadinista. El partido fue bastante malo y aburrido, y aunque el Granada dispuso de numerosas oportunidades para golear, ya no hubo más movimiento, evidenciando los rojiblancos su poca pegada, y más ante un rival claramente inferior, por lo que se puede recurrir al tópico titular de que los rojiblancos vencieron sin convencer. Por lo menos pudimos ver a lo nuevos, entre los que destacaron Ángel, que venía del recién ascendido a segunda Marbella, con su rapidez en ataque; y, en defensa, Santi Martínez Ramos, del Alavés, recién aterrizado en la que se iba a convertir en su tierra de adopción; y también ciertos detalles de Andrés Pizarro y las entradas por banda izquierda de Hernández. Más discreto estuvo el llamado a cubrir toda la banda derecha, el ex jerecista Queco. En los penaltis posteriores al choque, Notario detuvo hasta tres de los que lanzaron los forasteros.

De los visitantes poco se puede decir, aparte de que era la tercera vez que un equipo marroquí visitaba nuestra tierra para disputar el trofeo veraniego. En 1979 la selección A de Marruecos compitió contra el Granada, por entonces en 2ª A, y el Málaga, de Primera, y pese a que dio todo un espectáculo goleando a los nuestros, no pudo ganar la copa, que fue para el Málaga después de un accidentado partido contra los rojiblancos que no llegó a terminar por incidentes de público. En 1985, nueva presencia magrebí en el trofeo, pero en este caso era la selección sub 21 y frente a un Granada de 2ª B y el Haladas húngaro, que fue el que se anotó el triunfo final. Tanto en 1979 como en 1985, la presencia en Granada de combinados magrebíes se debía a la mediación de Ben Barek, y en este caso también actuó de mediador el ex granadinista. Se trata del equipo de las Fuerzas Armadas Reales de Marruecos, con sede en la capital Rabat, y es un club que cuenta con numerosísimos títulos de liga marroquí y algunos internacionales africanos, pero la realidad es que su nivel balompédico distaba mucho del que era normal en el tercer nivel del fútbol español.


El escaso nivel del FAR determinó que en el segundo choque del XX trofeo, el 25 de agosto de 1992, el Marbella no tuviera ningún problema para endosar a los marroquíes un contundente 3-0. Sin esforzarse demasiado y con la alineación: Leal, Esteban, Morales, Loren, Francis, Txirri, Villa, Prskalo (Jaime 46’ y éste por Olías 67’), Juric (Tilico 46’), Sousa y Chupi, el Marbella no dio opción alguna a los muy endebles marroquíes. El Atlético Marbella comparecía en nuestra tierra después de realizar una extraordinaria campaña en la anterior temporada y conseguir el ascenso a Segunda A. Con Sergio Kresic en el banquillo, se había reforzado bastante bien para su debut en la categoría de plata del fútbol español, destacando varios ex del defenestrado CD Málaga. Su máxima estrella era el brasileño Tilico, jugador que pertenecía al Atlético de Madrid, que lo había fichado después de que en la temporada recién terminada fuera pieza fundamental en la salvación del Cádiz y sus características remontadas finales en estos años noventa, cuando militaba en primera división y cuando después de toda una liga en los puestos de descenso echaba el resto al final para salvarse en la promoción, en este caso frente al Figueras. En esa remontada los goles del brasileño fueron fundamentales, por eso Jesús Gil lo fichó y decidió cederlo al Marbella. Precisamente los goles del brasileño fueron de las pocas cosas salvables de un choque al que no asistieron ni trescientos aficionados. Villa abrió el marcador a la media hora y en la segunda parte Tilico hizo los otros dos goles. La crónica de Ideal de este partido intermedio, que firma Antonio Espina, destaca que el Marbella jugó a medio gas y que los magrebíes no fueron rival en ningún momento, y que el partido fue aburrido, soso y falto de calidad a más no poder. El Atlético Marbella, en éste su debut en Segunda realizó una bastante buena campaña y acabó séptimo clasificado.

Y el 26 de agosto asistimos al tercer y definitivo partido del XX Trofeo Granada. El Granada CF (Notario; Santi, José Manuel, Leo (Juanma 62’), Álvarez, Paquito, Queco, (Onofre 75’), José Luis, Andrés Pizarro, Molina y Ángel) y el At. Marbella (Covelo (Leal 46’); Lozano (Morales 65’), Armando, Loren, Olías, Prskalo (Txirri 46’), Tilico, Chaparro, Juric, Martín (Villa 46’) y Chupi (Aguilar 46’)), ante algo más de tres mil aficionados ofrecieron un partido, por lo menos, entretenido en el que se impusieron los de la Costa del Sol por 1-3, haciéndose así con la copa. La primera parte granadina fue lo mejor. En ella el Granada ofreció sus mejores minutos de toda la pretemporada y pudo haber goleado en numerosas ocasiones, pero una vez más dejó patente su falta de pegada. Abrió el marcador al cuarto de hora el visitante Juric, veterano goleador yugoslavo que Kresic se había llevado a Marbella desde el Burgos, que aprovechó un fallo de Leo. En menos de cinco minutos consiguieron los nuestros el empate por medio de Andrés Pizarro, y de ahí hasta el final de la primera mitad fue mejor el Granada, que mereció ampliar su ventaja. Pero tras el descanso Kresic movió abundantemente el banquillo y las cosas cambiaron por completo, dejando clara la diferencia de categoría entre uno y otro equipo. Así, a los diez minutos de la segunda parte asistimos al segundo gol marbellí. Y fue un gol antológico; el brasileño Tilico (quizás demasiado suelto) paró y bajó un balón en la frontal del área y de magnífico remate en vaselina batió a Notario haciendo un gol que fue largamente aplaudido por la concurrencia. El tercer y definitivo gol marbellí, nuevamente obra de Tilico, llegó faltando poco más de cinco minutos para el final, de un remate desde cerca. Previamente había sido expulsado el granadinista José Luis por doble amarilla. Aparte de lo expuesto, lo único positivo que pudimos extraer los granadinistas fue el debut de un jugador recién fichado, el canario Onofre, que apenas jugó quince minutos pero dejó detalles de calidad.

Así se completaba una pretemporada granadinista caracterizada por los negativos resultados obtenidos por los nuestros. A estas alturas son poquísimos los socios con que cuenta la entidad y se puede decir que los aficionados le han dado claramente la espalda, como se ha visto en el recién terminado trofeo, que ha registrado las más pobres asistencias de sus ya veinte ediciones. Y es que el equipo que se ha armado no convence ni a los más recalcitrantes granadinistas.

Las gradas casi por completo vacías será la tónica del primer cuarto de competición. No se puede esperar otra cosa porque el comienzo de la liga es realmente nefasto: tras disputarse las primeras nueve jornadas de campeonato está el Granada en puestos de descenso, con seis puntos y dos negativos, y de esas nueve jornadas disputadas cinco han sido derrotas, y algunas muy dolorosas, como la de Los Cármenes ante el Estepona en la jornada cinco; y ya más que dolorosas, ulcerantes, son las goleadas de Córdoba (5-1) y (¡esto ya clama al cielo!) de Mensajero (6-1); a cambio, sólo se han conseguido dos victorias mínimas y muy sufridas, ante el San Roque y ante el Portuense.

Con la temporada ya iniciada se produce una nueva incorporación, Lucas, “alter ego” y ex compañero en el Marbella del ya granadinista Ángel, delantero centro que en las primeras jornadas sólo actúa ocasionalmente en los minutos finales de algunos partidos y del que, visto lo visto, se duda mucho que pueda solucionar la falta de pegada que el equipo sigue acusando. Pero en la jornada siete se reincorpora al club el canario Andrés González, tras ganar el pleito laboral que sostenía con el club; con él en la punta de ataque, pues Yosu enseguida le otorga la titularidad, el equipo gana muchísimos enteros y parece aparcada esa falta de “punch” que tanto se ha evidenciado.



La temporada 92-93, que parecía que iba a ser de sufrimiento y de juego ramplón se convierte desde la jornada diez en todo lo contrario. En Los Cármenes el Granada golea al Écija (4-1) y a partir de este momento inicia una racha de diecinueve jornadas seguidas (de las cuales catorce son victorias) sin conocer la derrota, toda una vuelta de calendario pues ya no perderán los nuestros hasta precisamente el partido de vuelta en Écija. Lo que parecía un conjunto endeble y perdedor en la jornada diez, se ha convertido en la veintinueve en un Granada colocado entre los cuatro primeros puestos que llevan a la liguilla de ascenso y con once positivos en su casillero. Sólo perderán los rojiblancos tres encuentros más hasta completar el calendario.

Aquel Granada de Yosu era realmente un magnífico equipo para la categoría. Destacaba la solidez defensiva que aportaba el trío Santi-Álvarez-José Manuel, más Notario, que con veinte años se había convertido ya en un gran portero, y que consiguió mantener su puerta a cero durante nueve jornadas consecutivas. La toma de confianza de la retaguardia granadinista fue fundamental para la buena temporada que vivimos: valga el dato de que de los treinta y cuatro goles que se encajaron en toda la liga, dieciocho, o sea, más de la mitad, se recibieron en las primeras nueve jornadas. Si la cobertura granadinista era sobresaliente, no menos lo era el mediocampo, con el gallego José Luis y la mejor versión que hemos visto de Molina (Chori), ambos surtiendo de buenos balones con los que sacar partido a la rapidez y verticalidad de ese buen futbolista que fue Ángel; y todo completado con el poder rematador de Andrés González en punta. Un gran Granada para la categoría que para nuestra alegría acabó tercero y se clasificó para disputar la primera de las liguillas de ascenso con las que hasta el momento se ha intentado -sin resultado- el salto a la categoría de plata.

En el desarrollo del calendario de la buena temporada que fue la 92-93 asistimos a determinados momentos que son dignos de recordar. Como en la jornada dieciséis, con la victoria en Los Cármenes sobre el hasta ese momento invicto líder, el Jerez. Especial recuerdo tiene un servidor de aquel evento: cuando ya en tiempo añadido y entre las improvisadas hogueras de papeles de periódicos abandonados pudimos ver cómo Lucas acertaba a meter la oreja (o la nariz, o el flequillo, o...) a aquel centro de Hernández, casi a la desesperada, y lograba darle al balón justo el impulso que necesitaba para burlar al meta jerecista y convertirse en el gol de la victoria, un orgasmo colectivo y superlativo de los aproximadamente cinco mil que allí estábamos recorrió los escalones de cemento del viejo estadio; fue uno de esos goles que, no desde luego por su valor estético sino más bien por el momento en que ocurrió y lo que suponía, llenó de inmensa satisfacción a la parroquia. Con esa sola acción consiguió Lucas Cazorla meterse en el bolsillo a una afición que a partir de entonces iba a rendirle pleitesía e incluso iba a corear su nombre en no pocas ocasiones, reclamando su presencia sobre el verde. Amor casi a primera vista se llama eso.

Como el equipo iba de bien en mejor (si así se dice) el efecto inmediato es que la parroquia volvía a acudir a Los Cármenes, y de las asistencias paupérrimas características de las primeras jornadas habíamos pasado a unas gradas cada vez más pobladas, incluso tenía uno la posibilidad de volver a saludar a viejos amigos hacía bastante tiempo ya desenganchados de este veneno que es el hinchismo. Y en ese sentido, qué decir del partido de la jornada veintiocho, justo la última de la racha de diecinueve partidos sin perder, cuando Los Cármenes volvió a registrar una entrada casi de los tiempos de primera división; aquella tarde lluviosa, con la visita de otro histórico venido a menos, el Las Palmas, volvió el Granada CF a ser noticia nacional y a la vez supuso para las maltrechas arcas rojiblancas una buena inyección. Aunque el partido no fue gran cosa desde el punto de vista futbolístico y acabó en empate sin goles, para esas alturas de la liga no importó demasiado porque ya estaba nuestro equipo afianzado entre los cuatro primeros y caminaba firme hacia la liguilla de ascenso.

La temporada acabó con goleada en la jornada treinta y ocho al Linense por 5-1 y el Granada clasificado en tercer lugar, con 51+13, que se quedaron en 48+12 al ser anulados todos los resultados del Portuense, que se retiró de la competición cuando faltaban sólo dos partidos para el final. Pero antes de llegar a la última jornada y con vistas a la disputa de la liguilla, la directiva de José Aragón había reforzado el equipo con nuevas incorporaciones: Quique Medina, defensa central canario que venía de ser titular en el Tenerife, de Primera; Granero, centrocampista valenciano que jugó sólo algunos partidos incompletos y que fue baja antes de disputar la liguilla de ascenso; Joaquín, extremo derecho que venía del Oviedo; y Aragón, delantero cedido del Cádiz, de Primera.

La liguilla de ascenso emparejó al Granada con los equipos Baracaldo, Murcia y Getafe. En la primera jornada arrancaron los nuestros un esperanzador empate a cero en el baracaldés Lasesarre. Pero en la segunda jornada, en un mal partido fuimos a perder en Los Cármenes ante el Murcia (0-1) de esa forma tan frustrante que se ha repetido ya unas cuantas veces, con lanzamiento de penalti a las nubes por parte de Andrés González en el tiempo añadido que nos alejó de un empate que hubiera supuesto seguir vivos. Al siguiente envite, en La Condomina, en la primera parte parecía que no todo estaba perdido, después de que el Granada se adelantara con gol de Padial; pero en la segunda mitad los pimentoneros le dieron la vuelta al resultado y encajamos una nueva derrota (2-1). Ya casi no quedaba nada que hacer como no fuera ganar los tres partidos que quedaban y esperar que los otros fallaran. Pero nada de eso, al contrario, en la jornada cuarta, en un Los Cármenes inexplicablemente inundado (al parecer la persona encargada de su riego olvidó cerrar la manguera) el Granada hizo un gran ridículo y fue clarísimamente superado por el Baracaldo que le endosó un contundente 1-4. Ahora sí que no había ya nada que hacer. Sólo quedaba el trámite del doble enfrentamiento con el Getafe, muy lejos entonces de sus último triunfos; en la ida en campo madrileño nuevo empate a cero; y en la vuelta, y ante una escasísima concurrencia, consiguió el Granada la única victoria de los seis partidos de liguilla, 2-0, con goles de Ángel y Padial, que no sirvió para impedir que los nuestros quedaran últimos clasificados de los cuatro equipos que lucharon por el ascenso, el cual fue para el Murcia.

Así finalizaba una temporada que, si no fue redonda puesto que faltó la guinda del ascenso, se puede decir de ella que en líneas generales fue buena, incluso bastante buena porque se terminó con la dinámica de los últimos años, caracterizados por el cada vez más claro divorcio de la afición con su equipo. Lo que empezó francamente mal después cambió radicalmente de decoración y nos permitió volver a ilusionarnos con los rojiblancos. El resultado final fue frustrante (que ya por entonces, como ahora, se daba la sinrazón de que sea más fácil subir a Primera que a Segunda), pero es mejor quedarse con las varias cosas positivas que nos dejó la 92-93.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

FÚTBOL CIEGO




-Pavón: encárgate tú de la distribución de las octavillas en el cuartel –dijo Mercader, recortada su figura sobre la “vietnamita” y el lío de uniformes y gorras-.

-Es que –replicó el aludido-, ya te he dicho que me parece que Caparrós no me quita ojo. Mejor es que lo haga alguien al que no controlen.

-Por Caparrós no te preocupes, lo conozco bien. Entonces, Torres: tú que mañana te vas a tu casa, porqué no te encargas esta misma noche de dejarlas en sitios donde puedan ser leídas por compañeros, cuantos más mejor. Así, si se descubre el pastel, ya será tarde como para que puedan tomar represalias contra ti.

-Es que... -(titubeaba yo tratando de encontrar una excusa convincente)-.

-No sé, prueba a dejarlas en la biblioteca, en la cantina, en el lavadero, en el polideportivo... donde se te ocurra, pero no en los barracones ni en ningún sitio que frecuenten los mandos. En las letrinas tampoco porque ya sabes para qué iban a servir. Y si algo sale mal o tienes dudas, pero como último recurso, tu contacto es López, en la oficina de la Plana Mayor del I Tabor –ahora hablaba Talavera, el amigo que me había introducido en esta especie de reuniones conspirativas-.

No pude negarme. En realidad, lo que a un servidor había terminado de animarlo a participar en aquellas tenidas era la muy remota esperanza de tener algo que ver con Aurora y sus muchos encantos –aunque éstos los usufructuara Mercader, el cabecilla de aquella cuadrilla- mucho más que el deseo de luchar por los derechos humanos en los cuarteles de los primeros años de la Transición. Y casi sin comérmelo ni bebérmelo, en mi último mes de mili había un servidor ingresado en la clandestinidad. Así que el taco de cuartillas recién salidas de la ciclostil que se veía en un rincón -y que lucía en su lateral una pegatina en la que una hoz y un martillo destacaban sobre una estrella roja de cinco puntas situada encima de las siglas PTE- fueron a parar a mi cartera de mano de escay negro.

¡COMPAÑERO SOLDADO!

Las oligarquías más reaccionarias te obligan a estar durante catorce meses de tu vida alejado de tu familia y de tu trabajo sufriendo penalidades de todo tipo. Persiguen disponer de mano de obra gratuita y cortar las alas a la mejor juventud proletaria, a la vez que contar con una fuerza represiva que ahogue, si llega el caso, las justas aspiraciones de la clase obrera.

No toleres la falta de democracia y libertad en los cuarteles. No toleres las infrahumanas condiciones de vida en que te mantienen. No toleres la corrupción y los ranchos de hambre. No toleres los abusos de los mandos. Por un ejército democrático, denúncialos. Distribuye entre tus compañeros este escrito y organízate colaborando con la UDS.

Unión Democrática de Soldados

Era el mensaje que contenían las octavillas.


-De acuerdo, eso haré –respondí levantándome-. Llevo algo de prisa porque todavía tengo que pasarme por el Mantelete a comprar unos encarguillos para la “Peni”, así que con vuestro permiso ya me voy.

Todos me desearon suerte en mi misión y en mi nueva vida. Y el beso en los labios y el abrazo que me dedicó Aurora es sin duda el mejor de los recuerdos del año largo que pasé en Melilla. Al salir, emocionado, iba uno reconciliándose con el áspero día a día que había sido la rutina de los últimos doce meses, y despidiéndose mentalmente de aquella pequeña casa de la calle Villamil, de la cercana playa, de la luz decembrina de Melilla; y pensando con ilusión en el momento ya tan cercano de poder cambiar las ropas militares por las civiles y, a bordo del Puchol, volver a mi casa y a mi tierra.

La presencia de al menos cuatro “willyes” de la PM que se acercaban me hizo sacar apresuradamente la mano derecha del bolsillo y llevarla al último botón de la guerrera y comprobar con alivio que se encontraba bien abrochado, que la patrulla, con el temible cabo Trujillo al mando, parecía tener como única misión la supervisión de la correcta indumentaria de la tropa. Menos mal que no repararon en que se me había olvidado vestir el uniforme “de gala”, es decir los guantes blancos.

Después de dos horas de Mantelete, con todos sus bazares abiertos a pesar de ser día de fiesta, me volví para el cuartel, y al pasar el cuerpo de guardia tropecé con un partido de fútbol como nunca viera otro igual: en el patio de armas, convertido en improvisada cancha, una horda de energúmenos con cucurucho tapándoles el rostro y en indumentaria militar de faena y zapatillas cuarteleras, trotaba y se daba continuos topetazos unos contra otros detrás de un balón semi desinflado. La “gracia” del evento consistía en que en el balón se había embutido una piedra del tamaño de una naranja y en que cada uno de aquellos zanguangos llevaba acoplado a su cara y sujeto al cogote con una cinta una especie de capirote de penitente, pero con una abertura en el extremo de aproximadamente diez centímetros de diámetro para que la ceguera no fuera total. Esto debía ser ese partido de “fútbol ciego” que como parte de las celebraciones por el día de la patrona del Arma se había leído en la orden del día la noche anterior, a retreta.

Cientos de gritones pelusos y bichos, y algunos padres y abuelos, que habían preferido este espectáculo al mucho más cotidiano de las colosales cogorzas y cánticos regionales en el Hogar del Soldado, con su interminable cabalgata de “kilos” de calimocho o de África Star («no es lo mismo África Star que estar en África»), se agolpaban en las poco rectas líneas de cal trazadas sobre el emporlado del patio de armas del vetusto cuartel de Santiago, sede en el melillense barrio de Cabrerizas Bajas del Grupo de Fuerzas Regulares de Infantería Melilla nº 2. Entre el griterío sobresalían los: ¡Endíñale en el esternón!; ¡Tres “vueltas” tienes como pase ese tío; esta noche no duermes!; ¡A ése dale en la frente, que no se levante!; y otros por el estilo. Servidor se sumó al clamor, divertido con los innumerables choques, patadones en las espinillas contrarias y continuas caídas que producía aquella especie de partido burriciego.

En éstas estábamos cuando Pavón, uno de los compañeros de viaje en las clandestinas reuniones de la casa de la playa, se acercó a mi lado y con expresión sombría me dijo al oído: «-Mucho cuidado, que la PM ha llegado y nos ha detenido. A Mercader se lo han llevado directamente a María Cristina y a mí me mandan ahora mismo a coger el barco de Chafarinas...». Su parlamento fue interrumpido por un rudo manotazo en mi hombro que me hizo volverme y tropezar con la prominente panza en sus escasos metro sesenta del brigada Padilla que, con su cara de tonos bermellones y esgrimiendo uno de aquellos capirotes, adornado con un mapa de manchas húmedas de sudor, me decía:

- Hombre, Torres, te lo pasas bien, ¿eh? Tú que eres un futbolero de los buenos y estás acostumbrao a los follaeros que se lían en tu pueblo cada vez que los catetos sacáis las vespas pa ir a por tabaco o cuando sacáis los santos a la calle pa que se acaben los terremotos; se nos han lesionao ya cuatro tíos. Ponte esto y sal a jugar ahora mismo.

-Pero, mi brigada, acabo de volver de la calle y todavía no me he cambiado.

-No quiero oírte rechistar. ¿No te reías tanto? A jugar.

-Pero es que con el uniforme de “bonito” y las botas...

-Que no pongas más excusas. Tú eres como las beatas, mucho chau- chau -como todos los “putifinos”-, pero echas el culo fuera. Sal a jugar ahora mismo. Has algo positivo antes de volver a ser un inútil en tu pueblo.

-Estos son los peores –ahora el que hablaba era el primero Caparrós, pegado, como siempre, a la sombra del brigada Padilla-. Este ejército es fuerte porque todos sus hombres poseen una disciplina consciente. Mi brigada, con su permiso lo apunto para que esta noche cumpla la segunda y la tercera imaginaria –decía aquel reenganchado, temido por lo estricto de su trato con la tropa.

-¿Me puedo quitar por lo menos el fajín...?

¡Fir... es! ¡Derecha! –cortó en seco la conversación el brigada Padilla- ¡De frente, paso de maniobra! ¡A jugar! Dame esa cartera que yo te la guardo. Y como sigas protestando...

-Mi brigada, es fundamental en el Ejército observar las tres reglas cardinales de la disciplina y hacérselo ver a los subordinados...

Con la palabra en la boca dejé al odiado cabo primero Caparrós y su proverbial pedantería y me incorporé sin más a aquella escabechina. En poder del brigada Padilla se quedó la cartera negra con toda su panfletada -¡ay, mamá!-. Y lo primero que se me encomendó fue tratar de anular al mastodonte que era Rabanales, mi par, mocetón trasplantado directamente desde sus lejanas montañas lucenses de Los Ancares, donde no pisaron los moros –como siempre decía con aires de superioridad en su deficiente castellano-galaico-, y sus casi metro noventa y ciento cincuenta kilos en canal dentro de un uniforme de campaña que había perdido ya su antiguo color garbanzo y se había teñido de los tonos negruzcos y verdosos con que le obsequiaba su oficio en la milicia de mozo de cuadras.

Con la sensación de ahogo, húmedo de sudor ajeno, que producía aquella especie de máscara que sólo dejaba un reducidísimo ángulo de visión. Con los aullidos de la concurrencia. Con la angustia de haber dejado en las manos de Padilla aquella mercancía comprometedora. Con el afán por patear un balón que casi no rueda y que no se ve. Con los constantes choques y golpes contra otros sudorosos energúmenos... La cosa era mucho más divertida desde la raya, sí. En la primera acción en que intervine, tratando de golpear aquella bola amorfa lancé mi pie derecho, bota Segarra de tres hebillas por delante, pero lo que encontré no fue el cuero sino la tibia de un rival y un alarido. En la segunda, entreví por aquella angosta tronera la inmensa mole de Rabanales avanzando hacia mí y sólo tuve una fracción de segundo para apartarme y dejarlo pasar bufando como un miura y muy puesto en su papel de extremo izquierdo, dejando a su paso una estela de olor a estiércol y zotal.

-¡¡¡Hijo de la Bizcocha!!! -bramaba el brigada Padilla desde la banda blandiendo en su mano alzada mi cartera por cuya cremallera descosida asomaban las octavillas amenazando derramarse-. ¡Pa mariconás, al Rey Chico! Todos los “putifinos” sois iguales. O le echas cohones o ya te puedes despedir de la cartilla.

El brigada Padilla, cuando era un zagalón (en volumen, que no en estatura) y abandonando simultáneamente el arado romano y su Alhama natal, había sentado plaza más de veinte años atrás en el Ejército y comenzado una carrera en la que pronto conquistó sus primeros galones. Y lo hizo con su propia sangre. Fue en la casi secreta guerra de Sidi-Ifni. Desde entonces, además de ganar una condecoración, en su hoja de servicios y en el apartado donde pone “Valor”, ya no aparecían las comunes siglas S.S. (“se le supone”), sustituidas por la palabra “acreditado”, cosas que siempre refería a todo el mundo con orgullo, viniera o no a cuento. Si Padilla, con razón, estaba orgulloso de sus hazañas bélicas y siempre andaba ufanándose, lo que nunca nos aclaró a sus subordinados era su “garnatifobia”, cosa de la que también con frecuencia hacía gala, y también aunque no viniera a cuento.


De Padilla había sido la idea de este plato fuerte de las celebraciones patronales, de esta especie de partido de unicornios asesinos, porque recordaba él que allí en Ifni, en la última guerra colonial de España y ante el asedio de la morisma, otro de estos partidos de fútbol bufo había contribuido a subir la moral de la tropa. Y allí reinaba Padilla, en la banda, ejerciendo de organizador, entrenador, masajista y hasta de árbitro.

Aquella especie de partido de locos continuaba. Y, en medio del trajín, un servidor, poniendo mucho más cuidado en conservar la vertical y eludir los encontronazos mal que bien que en buscar el cuasi esférico, a la vez que, sin que la camisa me llegara al cuerpo, vigilaba de reojo los braceos del brigada, esperando el fatal desenlace en cualquier momento. Y continuaba el cachondeo de la concurrencia y los bocinazos desde la banda de aquel héroe de guerra metido a míster y su monomanía contra un servidor, secundados por los comentarios despectivos de su acólito, el primero Caparrós.

-¡Torreeeees! ¡Me cago en las cortinillas del garaje del copón y en el Patio de los Leones! ¡Échale lo que le echan los tíos! ¡Si es que en Graná no hay na más que sarasas y gente de mal vivir! ¡Na más que casas de putas y conventos! ¡Tú vas a Rostrogordo. A María Cristina! ¡Tú no te licencias como sigas haciendo de hembra!

El sudor casi había dejado ya flácido el cucurucho de cartón y continuaba la tortura del ahogo, los choques descontrolados y los patadones en las espinillas.

No lo vi venir, pero situado casi en la misma raya de la banda derecha, el inconfundible olor a cuadra que precedía a Rabanales me avisó de que se venía nuevamente encima resoplando como una locomotora. Ya estaba iniciando la maniobra de evasión cuando una mano (más bien una zarpa callosa) me atenazó por el codo. Era, no hay que decirlo, el brigada Padilla, quien, de pura ira, lucía tres o cuatro tonos más rojo de lo habitual, y rugía:

-Aguanta aquí, gañán. Si es que en tu asqueroso pueblo no hay na más que puercas y maricones. Y la que más es la que vive en la Car...

Ya no dijo nada más. Su iniciado improperio fue cortado en seco por el tremendo topetazo de la enormitud que era Rabanales contra un servidor y la rebolonda figura del brigada, que actuó de providencial escudo protector. Auténtico choque ferroviario en el que, al andar el desinflado balón por en medio, fue éste a explotar y salir despedido el piedro que guardaba en su interior y a impactar en plena frente de Padilla. El resultado fue de al menos diez soldados y clases de tropa del público, Rabanales, el primero Caparrós, un servidor y el brigada Padilla rodando en mezcolanza por el cemento del patio de armas. Pero el peor parado fue el brigada, que quedó tendido sobre un gran charco rojo. Así acabó aquel singular partido de fútbol “ciego”.

Cuando después del aturdimiento que el suceso provocó logré incorporarme y ver que tenía todos los huesos sanos, comprobé horrorizado que la cartera negra con su cargamento había desaparecido.

Mi última noche de mili la pasé en un continuo cambio de postura y sin pegar ojo en mi catre del tercer piso de literas, pensando en lóbregas mazmorras militares y en largos años de servicio militar de propina, y en qué podría haber pasado con la panfletada, sin que me divirtieran las consabidas vueltas -que abundaron aquella noche- con las que los de siempre daban la “bienvenida” a los reclutas recién incorporados.

Al día siguiente llegaron las noticias de que nuestro héroe, todavía en estado inconsciente, había sido evacuado en helicóptero al hospital militar de la IX Región Militar, sito en el Campo del Príncipe, para reponerse de la herida y de varias costillas rotas. La acción bien podría haberle supuesto una nueva medalla de sufrimientos por la patria, y no tanto por las heridas como por el hecho de encontrarse en una tierra que tanto aborrecía. Y a pesar de todas mis cavilaciones, a la hora prevista y previa entrega de todos los pertrechos militares, cubierto incluido, obtuve la añorada “blanca” y el pasaporte para el vapor de por la tarde. De los desaparecidos panfletos nadie dijo ni parecía saber nada.

Sobre la cubierta del Vicente Puchol, iba pensando un servidor en qué podría haber pasado con las octavillas. En siete horas estaríamos en el muelle de Almería.

-¿Es tuyo este cartapacio? –casi me da un infarto al reconocer la voz del primero Caparrós, quien en ropas civiles se sentaba a mi lado y me alargaba la cartera negra, dentro de la cual permanecía el taco de panfletos-. ¿Te suena el nombre de López? Es mi alias. Aunque han sido derrotados todos los valientes de la organización, no hay que preocuparse porque la lucha continúa y continuará por siempre mientras quede un hombre, porque cuando acabe mi mes de permiso estoy otra vez en la lucha. Porque la lucha en los cuarteles debe continuar. Porque todos los reaccionarios son tigres de papel. Parecen terribles, pero en realidad no son tan poderosos. La razón es que viven divorciados del pueblo. Visto en perspectiva, no son los reaccionarios sino el pueblo quien es realmente poderoso. Sin un ejército popular, nada tendrá el pueblo. Venimos de todos los rincones del país y nos une un objetivo revolucionario común. El ejército debe fundirse con el pueblo, de suerte que éste vea en él su propio ejército. La orientación del trabajo político en nuestro ejército consiste en desplegar sin reservas la actividad de los soldados, los mandos y el resto del personal, a fin de lograr, mediante un movimiento democrático bajo una dirección centralizada, tres objetivos principales: alto grado de unidad política, mejores condiciones de vida y un nivel superior de habilidad militar y preparación táctica. Las tres verificaciones... y bla, bla, bla, y tropecientos mil más bla-blaes.

¡Hay que ver! Ni el propio Mao se hubiera expresado igual. Y yo que lo tenía por la personificación del militar arribista que disfruta humillando a sus subordinados para ganarse a los superiores. Y yo que lo tenía por la encarnación del ser despreciable que todos decían era; si incluso se contaba de él que en las guardias se divertía aprovechando cualquier despiste tuyo para esconder alguna pieza de tu fusil y así tener una excusa para arrestarte.

Mientras continuaba la concienciada e interminable perorata de Caparrós iba yo dejando vagar mis pensamientos en la alegría de recuperar la vida civil y en la suertecilla final de la aventura que tan negra parecía, la vista fija en la impresionante silueta del Gurugú que poco a poco iba diluyéndose. Con mi bolsa de escay a cuadros comprada en el Mantelete, de asas que no aguantaron ni el viaje en barco, con las cuatro cosas de recuerdo, entre ellas dos insignias en forma de media luna con dos mosquetones cruzados y un número 2 en rojo en su base, que conservo. Y con otro recuerdo -que ya no guardo, claro- como era el moratón en forma de cuatro dedos que lucía mi brazo derecho a la altura del codo.

domingo, 7 de septiembre de 2008

LOS EXCLUIDOS



De las setenta y siete ligas que en España se llevan disputadas, desde Bienzobas hasta Güiza son un total de cincuenta y tres los futbolistas que han conseguido al menos una vez el muy honorífico título de Pichichi. Aunque hablando con propiedad, quienes consiguieron el preciado trofeo realmente son sólo cuarenta y dos, pues los otros once fueron a salir máximos goleadores antes de 1953, cuando todavía Marca no había instaurado el premio. En este sentido, el que a día de hoy sigue siendo el futbolista que más veces fue el máximo realizador, Zarra, sólo podría (si aún viviera) enseñar con orgullo a sus visitas un Pichichi, justo el último de los seis que conquistó. De esos cincuenta y tres pichichis son treinta y seis (incluyendo a Di’Stéfano, Puskas y Pizzi) los que ostentaban la nacionalidad española. Y de esos treinta y seis sólo hay seis que no llegaron a debutar con la selección absoluta.

Estos seis excluidos son: Unamuno, del Atlético de Bilbao, máximo goleador en la temporada 39-40; Pruden, del Atlético Aviación, en la 40-41; Badenes, del Valladolid y Ricardo del Valencia (ex aequo, con Di´Stéfano), en la 57-58; Carlos, del Atlético de Bilbao, en la 74-75; y también el que más nos duele, Porta, del Granada, en la 71-72.

La ausencia de los dos primeros tiene la clara justificación de los convulsos tiempos que les tocó vivir. Entre 1939 y primera mitad de 1941 sólo disputó la selección española dos partidos, los dos frente a uno de los pocos amigos que nos quedaban, Portugal, porque no estaban por entonces los hornos internacionales para muchos bollos balompédicos (tampoco para los otros, la verdad).

En el caso de Badenes, la causa puede residir en que fue a conseguir el trofeo no de forma clara, es decir, tuvo que compartirlo con otros dos jugadores más, y además fue a hacerlo cuando ya estaba en el declive de una carrera que casi toda ella transcurrió entre Barcelona y Valencia. En cuanto a Ricardo, además de que puede valer lo que queda dicho para el anterior, se trata de un jugador que jugó muy poco en primera, aparte de esta temporada 57-58; al menos este jugador sí consiguió ser internacional “B”. Aunque ya no era España un país aislado lo cierto es que, en comparación con la actualidad, los partidos de selecciones seguían siendo escasos y además tanto uno como el otro tenían cerrándoles el paso a la selección al mismísimo Di’Stéfano.

Y en cuanto a los dos que nos quedan, sinceramente, no encontramos justificación a su ausencia como internacionales, pues si para Porta podría valer el dato de que Kubala rara vez se acordaba de futbolistas que no pertenecieran a un grande, este dato no vale para Carlos; además, el pichichi siguiente en la lista, el de la 72-73, Marianín del Oviedo, sí llegó a obtener de Kubala el premio de la internacionalidad. En cualquier caso, en los años setenta el puesto de delantero centro estaba muy bien cubierto en la selección, primero con Gárate y después con Santillana. Pero, aunque sólo fuera de modo testimonial y por el indudable mérito de conseguir un Pichichi, Porta mereció al menos unos minutos e inscribir así su nombre entre los que tuvieron ese grandísimo orgullo.

Hace ya algún tiempo un servidor firmaba en esta misma página una colaboración en la que se lamentaba de la injusticia de que nuestro único pichichi nunca hubiera podido hacerse una foto vistiendo la camiseta de la selección nacional absoluta. Como ven, no es literalmente cierto. La foto de Porta con la camiseta de la selección española, que yo desconocía, es regalo una vez más de un amigo, Rafael Doña, granadinista de pro e ilustre forista de los del ala no intransigente, que son mayoría aunque a veces parezca lo contrario. Sin poder afirmarlo al cien por cien, creemos que corresponde a una convocatoria en Madrid, diciembre de 1972, para una preselección de la que habría de salir la base del combinado español que lucharía por la clasificación para el mundial de Alemania 1974. El bueno de Enrique Porta debe de guardar esta foto como oro en paño porque lamentablemente es la ocasión en que más cerca estuvo de vestir la zamarra roja de verdad, no solo para la pose. Después de esa sesión de entrenamiento nunca más volvió a ser convocado, ni siquiera como preseleccionable. Pero para los que tuvimos la suerte de verlo humillar a los mejores porteros de la época con goles rojiblancos para todos los gustos, no nos cabe ninguna duda: Porta, con sus veinticinco goles (contando los cinco de la Copa) de la 71-72 ES internacional.


lunes, 1 de septiembre de 2008

1991 IN EXTREMIS. ADIÓS A UN HISTÓRICO



Murado apenas comenzada la temporada 90-91 decidió que ya estaba harto de echar dinero y energías en un saco sin fondo e intempestivamente se llevó sus “casicas” dejando tras de sí un solar, o lo que es lo mismo, un club en completa desorganización y endeudado hasta las cejas; se calcula que la deuda en estas calendas ha superado ya los ¡¡¡1.000!!! millones. La comisión gestora que se hizo cargo del poco apetecible plato, presidida por Gerardo Cuerva, consiguió terminar la temporada y finalmente encontró a un valiente que se hiciera cargo del incierto porvenir del Granada CF de nuestras cuitas, D. José Aragón, que de esta forma volvía a hacer de apagafuegos cuando nadie daba un duro por el club. La espantá de Murado ha supuesto que una vez finalizada la temporada 90-91 es el Granada una entidad sin futbolistas y sin apenas socios, y con un futuro inmediato bastante dudoso.

En estas estamos cuando una de las primeras noticias con que nos obsequia la pretemporada rojiblanca, a finales de julio de 1991, es que el Granada debe pagar algo más de sesenta millones antes de que acabe el mes en curso o de lo contrario le espera el descenso a Tercera. Y es que todos -sin excepción- los futbolistas que componían la plantilla de la temporada terminada han denunciado el impago de sus contratos ante la AFE. José Aragón, que apenas lleva un mes en el cargo se encuentra con este auténtico marrón tirando más bien a negro negrísimo.

Virguerías de las de verdad tuvo que hacer la nueva directiva para buscar los 60 kilos que se necesitaban. De esa cantidad la mitad la aportó el ayuntamiento y de la otra mitad se consiguió reducir unos once millones en base a que los pocos jugadores con contrato profesional que se quedaron (sólo cuatro: José Manuel, Peso, Leo y Víctor) retiraron su denuncia. Todavía quedaban por cubrir 22 millones y el plazo se acercaba irremisible. Así, el día 1 de agosto, la sección de deportes de Ideal se abre con el titular: «El Granada, al borde del descenso a Tercera»; y en letras más pequeñas: «El club rojiblanco necesita recaudar 22 millones de pesetas antes de las dos de la tarde». En la misma página, en su lateral derecho, aparece una columna titulada: «Murado afirma que el Granada evitó el descenso en la temporada 89-90 (realmente fue en la 88-89) con alguna cosa»; ya en el texto, extraído de unas declaraciones a Radio Granada, manifiesta que en el fútbol es frecuente el que existan ofrecimientos de compra de partidos y de árbitros, cosa que –dice- no se da en el baloncesto.

Aragón ha de ir de la Ceca a la Meca y de Herodes a Pilatos, como vulgarmente se dice, para sacar de debajo de las piedras los malditos veintidós millones que faltan, pero finalmente lo logra después de que la AFE ampliara el plazo hasta las catorce horas del día 1 de agosto. Casi sobre la hora convenida se consigue un aval del Banco de Granada que salva la angustiosa situación. De esta forma, José Aragón, en una gestión cuyo mérito no le ha sido lo justamente reconocido que merece, evitó una desaparición del Granada CF que ya se daba por hecha en algunos sectores, que barajaban incluso la sustitución del rojiblanco por el blanquiazul del filial Recreativo, a la sazón en el grupo IX de Tercera División. Es la segunda vez (con precedente en 1985) en la historia del club rojiblanco en que se elude un descenso administrativo in extremis. A la tercera, años después, vendrá la vencida.

Antes de este angustioso final de julio ya ha estado la nueva directiva trabajando en la confección de la nueva plantilla rojiblanca 91-92. Han huido todos (menos los cuatro apuntados) los futbolistas de la plantilla anterior. Entre las bajas destaca la de Lina, que después de doce temporadas consecutivas perteneciendo a la plantilla granadinista decide retirarse a pesar de que aún no ha cumplido los treinta. En su última temporada de rojiblanco, la de doce, ha conseguido batir la marca que ostentaba Pepe Millán desde los años cincuenta de ser el jugador granadinista que más partidos oficiales ha disputado.

Como no hay un duro resulta muy difícil encontrar jugadores dispuestos a enrolarse en el equipo en vista de la situación. Sólo se ha podido fichar a jugadores desconocidos, como el delantero Manolo Herrera, y el centrocampista Jiménez, más el regreso de Píriz. Junto a éstos también se ha enrolado a veteranos de cuyo rendimiento se duda, como Moisés, que procede del Castellón y que jugó bastante en Primera con el Sevilla. Pero para veterano, casi anciano, el ilustre (36 años) Antonio Álvarez; sin embargo este jugador permanecerá cuatro temporadas ligado al club rojiblanco en las que dará grandes tardes de fútbol y dejará un gratísimo recuerdo entre el granadinismo como ejemplo de futbolista de clase y honrado a carta cabal, convirtiéndose, a una edad en la que muchos ya llevan varios años retirados, en un nuevo ídolo rojiblanco. Fue sin duda el mejor fichaje de la temporada.

La muy corta plantilla se completa con jugadores del filial Recreativo. Pero en agosto llegarán más refuerzos, entre ellos otro jugador cuyo fichaje también hay que catalogarlo de gran acierto, el gallego José Luis Vara, que tras jugar en Coruña, Betis y Orihuela recalaba en la que iba a ser su casa en los próximos años; otro veterano que daría un magnífico resultado. El hombre contratado para dirigir este Granada es Juan Corbacho, que años atrás había dirigido al Betis en primera división.

Hay trofeo (el XIX) a pesar de todos los pesares, pero vuelve a consistir en plato único. Una vez más el rival es nuestro mejor “enemigo”, el CD Málaga.


Un Málaga en horas muy bajas es el rival del Trofeo Granada 1991. Las dos últimas pretemporadas hemos podido verlo jugar en Los Cármenes, aunque el año pasado lo hizo fuera de cartel, o sea, no participó en el trofeo. Lo habíamos dejado como club de Segunda y tal condición es la que sigue conservando. En la temporada recién concluida ha vuelto a estrellarse contra una fatídica tanda de penaltis que lo ha apartado de la primera división, aunque esta última ha sido para intentar retornar a la categoría que perdió el año anterior por otra cardiaca y fatídica tanda de penaltis.

A las diez de la noche del día 12 de agosto de 1991, sobre un césped por grandes zonas mucho más amarillo que verde (que la gran crisis del club llega también a estos aspectos), Granada: Notario; Padial (Paquito 76’), Leo, José Manuel, Álvarez, José Luis, Peso, Jiménez, Moisés, Víctor (Manolo Herrera 65’) y Píriz (Neeskens 70’); y Málaga: Ignacio; Onofre, Monreal, Zapatera, Adolfo, Jaime (Makanaky 71’), Quino, Villa (Roa 71’), Hurtado (Castillo 46’), Merino (Basti 46’) y José Luis; ante un cuarto del aforo del viejo Los Cármenes ofrecieron un partido bastante malo y aburrido en el que se impusieron los visitantes (1-2) que de esta forma se hacían con su tercer trofeo (ya lo habían ganado en 1979 y 1984). En los prolegómenos, el presidente José Aragón entregó una Granada de oro al míster malaguista y ex jugador y entrenador rojiblanco, Ben Barek. Según la crónica de Ideal que firma Jesús Ortega, el Granada presentó un claro 4-4-2, con líneas muy próximas entre sí, más preocupado de guardar la parcela propia e intentar sorprender al contragolpe; mientras que el Málaga basaba su juego en la presión al contrario para recuperar balones en la zona ancha. Se adelantaron los malacitanos a poco de empezar el segundo periodo por mediación de Quino a pase de Castillo, en jugada de claro fallo de la cobertura local. Empató para los nuestros a diez minutos del final Manolo, en otro fallo defensivo. Y a dos minutos del final, nuevo fallo, esta vez de Notario, y Castillo convierte a puerta vacía para los de la Costa del Sol. Este jugador, granadino de nacimiento pero formado en la cantera malaguista, fue el más destacado del choque.

Como se aprecia en la alineación blanquiazul, en su plantilla se había producido una limpia considerable. Después de estrellarse consecutivamente contra sendas tandas de penaltis que le han apartado de la Primera División, no corren buenos vientos para los vecinos. Se ha confeccionado una plantilla en la que la mayor parte de sus integrantes son muy jóvenes y de su propia cantera, y es que don dinero es el que manda y no hay para más. Y si las dos temporadas anteriores han sido malas por culpa de los malditos penaltis, la que se avecina peor ya no puede ser y siempre estará en la memoria de los aficionados malaguistas porque en ella se produjo la desaparición del club: al concluir esta desastrosa temporada 91-92, ante la perspectiva de un descenso consumado a 2ª B prefirieron los boquerones el harakiri y enterraron al histórico CD Málaga. Así que, sin saberlo, en la calurosa noche de 12 de agosto de 1991 asistimos los granadinos a la última vez que nuestro “enemigo” del alma visitaba nuestra casa. El maldito parné (su falta) acabó con un histórico.

Es de destacar el gesto que la directiva de José Aragón tuvo para con el eterno rival, al que intentó echar una mano cediendo para las últimas ocho jornadas de la liga al ya ídolo de la afición rojiblanca, Antonio Álvarez, que nada pudo hacer para evitar el descenso a 2ª B.

Para servidor en su ya larga trayectoria de hincha rojiblanco el rival por excelencia de los nuestros siempre fue el Málaga, el “odiado boquerón”, pero no crean que me alegré de su desaparición. Con él se iba parte de la historia del propio Granada, que arranca desde prácticamente la fundación de ambos clubes. Hasta ese fatídico 1992 y desde sus respectivas fundaciones Granada y Málaga son equipos con vidas paralelas. Solamente un dato: para ambos son la 71-72 y la 73-74 las mejores temporadas de su historia.

Tras el partido y visto lo visto, nadie da una gorda por los nuestros y este equipo más bien insulso que hemos sufrido, de forma que la venta de carnés está bajo mínimos y apenas se alcanza la cifra de dos mil abonados de los que, recordemos, casi la mitad no pagan por ser de veinte años.


Tras disputarse el Trofeo Granada1991 y en vista del escaso potencial del equipo, continúan las incorporaciones de jugadores al Granada: Verdejo, que regresaba a su casa tras ser titular en el Lérida, de segunda, y cuyo fichaje obedecía al hecho de que Notario estaba a punto de ser traspasado al Sevilla, según aparecía a menudo en la prensa, cosa que no llegó a concretarse; y Barrio, delantero centro gallego que provenía del Sestao.

Y antes de echar a andar la liga hay que disputar la primera eliminatoria de Copa, en la cual los nuestros han de enfrentarse al Jaén, recién ascendido a 2ª B. La ida fue en Los Cármenes el 21 de agosto, y el Granada, con Verdejo; Padial (Píriz 65’), Leo, José Manuel, Álvarez, José Luis, Jiménez, Peso, Barrio, Chori y Moisés (Manolo Herrera 83’), derrotó a los del Santo Reino por 2-0. José Luis hizo el primero al filo del descanso y Moisés el segundo y definitivo a poco del comienzo de la segunda parte. Parecía suficiente renta para la vuelta en Jaén, pero en un partido lamentable tres días después los nuestros cayeron derrotados y eliminados (3-0), con un tercer tanto que llegó en la prórroga.

Y llegan más fichajes: Figueroa, lateral zurdo; Manolo Martínez Toral, defensa izquierdo muy veterano que había jugado bastante en primera en el Barcelona y el Murcia y que fue un buen fichaje; los hermanos Cuenca (Fernando y Ángel), centrocampistas ambos, de los que sólo el segundo fue titular; y el canario Andrés González, que venía del Jerez y antes del Las Palmas, delantero centro que empezó jugando y haciendo buenos partidos hasta desaparecer de las alineaciones por prescripción médica.

Y en la jornada doce se produce el debut de un jugador sobresaliente: Roberto Valverde, que en un inmenso partido en el que hace dos goles, resulta fundamental para la victoria sobre el Jaén (3-1). En realidad no es tal debut porque el bastetano ya perteneció a la primera plantilla en la temporada 86-87; después pasó por el Jaén, donde triunfó plenamente y desde donde dio el salto al Valladolid, de primera, para volver a su tierra en ésta temporada. Con todas esas incorporaciones, la primera vuelta es al menos pasable y el Granada se mantiene en la mitad alta de la tabla, llegando al ecuador con cinco positivos.

En la jornada veintiuno los nuestros consiguen una gran victoria (1-4) en el campo del Badajoz, que acabará proclamándose campeón del grupo y ascenderá a Segunda. Pero a partir de aquí bajan bastantes enteros el juego y los resultados y se van perdiendo cada vez más puestos en la tabla, hasta que en la jornada 28 y tras perder en casa con el Ejido es cesado el míster Corbacho. Le sustituye el entrenador del Recreativo, Pepe Parejo, haciéndose cargo del filial un jovencísimo Lucas Alcaraz. Parejo introduce numerosos cambios en la alineación y opta por dar más minutos a jugadores de la casa, algunos todavía en edad juvenil, manteniéndolos incluso contra la opinión de la grada y la crítica, a las que duele mucho el 6-1 de la jornada treinta y tres en el campo del Marbella. Y en ese afán del nuevo entrenador de dar minutos a jugadores que conoce y que ha promocionado desde el filial, se produce algo insólito y nunca más repetido en la historia del Granada CF.

Cuando el calendario llega a la jornada treinta y ocho y última, en Los Cármenes, los rojiblancos ya nada se juegan porque los cuatro puestos de liguilla hace varias jornadas que han quedado fuera de su alcance. Por otra parte, el rival que nos visita es un equipo ya matemáticamente descendido, el Villanovense. La alineación que presenta Parejo es, del uno al once: Notario, Guti, Paquito, Roberto Valverde, José Luis, Lalo, Neeskens, Padial, Barea, Ángel Cuenca y Chori. En la segunda parte Víctor sustituye a Ángel Cuenca y faltando veinte minutos Ayuso hace lo propio con José Luis. Esos veinte minutos que faltan para el final constituyen un hito en la historia del Granada CF porque por primera vez podíamos ver un once de la primera plantilla rojiblanca formado íntegramente por granadinos. Existían precedentes de onces granadinistas en el que todos eran de por aquí (81-82, 2ª B, Lorca 1 Granada 1; y 84-85, 2ª A, Mallorca 5 Granada 0), pero, aparte de que en las dos ocasiones el hecho se produjo lejos de estos pagos, en ambos casos hubo que improvisar las convocatorias debido a causas de fuerza mayor como es sendas huelgas de futbolistas profesionales. En el caso que nos ocupa ni había huelga ni las lesiones obligaban a improvisar. De ahí lo insólito de lo que ocurrió.

Con el triunfo (3-2: Ángel Cuenca, Roberto Valverde de penalti y Barea) sobre el Villanovense el Granada acababa clasificado en el noveno puesto, con dos positivos, que tendrían que haber sido tres si no fuera porque la victoria en la jornada diez sobre el Huelva (2-1) fue anulada al reclamar los visitantes alineación indebida del canterano Padial y el partido repetido varios meses después acabara con empate a uno.

Así se echaba el cierre a una temporada en la que antes de empezar a rodar el balón se pasaron infinitos apuros y estuvo hasta muy última hora en el aire la continuidad del club rojiblanco. Es una temporada que se puede considerar de transición y caracterizada por el claro divorcio de la afición con su equipo, siendo la tónica de todo el año la escasísima presencia de aficionados en las gradas.