EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



martes, 10 de febrero de 2015

LA CÓLERA DE AGUIRRE




            Dicen de él que era la encarnación del mal sobre el terreno de juego, que no tenía piedad con los contrarios y que para simplemente hablar con él o cruzárselo por la calle había que ir prevenido con canilleras. Una ilustre pluma de la cosa futbolera le atribuye incluso la responsabilidad última del episodio de conflictividad que experimentó el fútbol español a principios de los años setenta, y dice de él que su aterrizaje en la piel de toro  fue la causa principal de que algunos “angelitos” defensas de por entonces se asilvestraran y así diera comienzo una etapa de excesiva dureza en el balompié patrio. Hay hasta una web que lo define como el prototipo del jugador violento, y añade que tenía dos apellidos y pegaba en proporción por cada uno. Esa misma web realizó hace algún tiempo una encuesta para establecer una clasificación de jugadores argentinos de todas las épocas que se hubieran destacado por su dureza, con el resultado de que quien ocupó el primer puesto del ranking de raspadores, a mucha distancia del siguiente, fue quien nos ocupa, Ramón Alberto Aguirre Suárez (Ceballos, provincia de Tucumán, 18/10/1944-La Plata, 29/05/2013).

             Exageraciones aparte, hay que decir que esa no precisamente ejemplar fama de Aguirre Suárez es merecida y fue ganada a pulso. Primero en su tierra, en el club Estudiantes de la Plata, con el que formando parte de una quinta irrepetible de futbolistas, “La tercera que mata” (de la que también formaban parte Bilardo y Verón entre otros) y de la mano de Osvaldo Zubeldia, ganó tres copas Libertadores y una Intercontinental, y a la vez se convirtió en más de una ocasión en huésped de Villa Devoto, destino previsto por el presidente de facto de la República Argentina, general Onganía, para los deportistas contumaces que se distinguieran por su juego recio. En la lóbrega gayola de Devoto, que ya había visitado Aguirre Suárez en ocasiones anteriores, en unión de algunos de sus conmilitones purgó durante treinta días los excesos cometidos sobre el césped de la Bombonera bonaerense en el partido de vuelta de la final Intercontinental de 1969, frente al Milán, legendario (pero no en el buen sentido de la palabra) partido aquel sobre el que han corrido auténticos ríos de tinta y al que corresponde una foto que explica y resume lo que allí pasó y que ha dado varias veces la vuelta al mundo, la del delantero franco-argentino del Milán Combin, deshecho, ensangrentado, literalmente para el arrastre tras experimentar en carnes propias las “carantoñas” de Aguirre Suárez y compañía.
 
 

En 1971 el Granada pagó siete millones al equipo pincharrata por la ficha de este defensa ya convertido en leyenda, y a su primer entrenamiento en Los Cármenes acudieron varios miles de hinchas. Eran tiempos de ley seca en el que estaban prohibidos los futbolistas extranjeros, por lo que su ingreso en el fútbol español lo fue por la puerta falsa de la oriundez, con una documentación postiza de hijo de emigrantes navarros (más concretamente de “Osasuna”) y nacionalidad paraguaya, aunque compañeros de equipo de por entonces llegaron a verle exhibir hasta cinco pasaportes diferentes, según cuenta Ramón Ramos. Aquel tipo de regular estatura, morocho y con rasgos mestizos, que afirmaba contar veinticinco primaveras si bien a simple vista se le apreciaban algunas más, se convirtió inmediatamente y durante tres años en insustituible en el Granada CF, en su puesto de líbero o defensa de cierre, último defensor por detrás de la línea de tres y que no marcaba a nadie en concreto, posición de apagafuegos hoy en desuso pero que en aquellos años era de las más importantes en cada equipo.

 Tecleando en Google las palabras Ramón Alberto Aguirre Suárez obtenemos 1.740.000 resultados. Y es que estamos ante un futbolista de fama mundial aunque, claro, esa nombradía la ganó más por sus facetas negativas que por sus virtudes futboleras. Que también las tenía. De eso podemos dar fe los hinchas granadinistas que tuvimos la suerte de verlo vestir la rojiblanca durante tres temporadas, entre 1971 y 1974, que coinciden (71-72 y 73-74, sexto en Primera División) con las mejores clasificaciones históricas del Granada CF hasta el momento.     

 En el fútbol español acrecentó su fama leñadora, principalmente tras sus actuaciones frente al Valencia y frente al Madrid. El valencianista Forment y el madridista Santillana podrían asegurar que la leyenda no era ni mucho menos inventada ni estaba magnificada. Y esa funesta fama se hizo extensiva a todo el equipo del Granada CF de los primeros setenta, recordado también de forma injusta más por los affaires que ocasionaron algunos de sus integrantes que por el buen juego que realizaba. En España Aguirre Suárez volvió a dar que hablar bastante más por “sus cosas” que por su buen hacer, olvidando que también abundaron las tardes de juego elegante y con toque de clase del argentino, que defendía con contundencia en unión de su más famosa pareja, el paraguayo Pedro Fernández, pero que también sacaba desde atrás muy bien jugado el balón para que entre el cordobés Rafa Jaén y el canario sabio Vicente construyeran grandísimas jugadas de ataque aprovechando las subidas por la derecha del lateral De la Cruz, el segundo internacional A de toda la historia del Granada (desde Millán en 1945), y la gran velocidad de Lasa y la pillería de Porta para hacer goles a pares, aprovechando la pelea con los defensas de Barrios. Con Joseíto en el banquillo el Granada quedó sexto en la 71-72, su mejor clasificación histórica (repetida dos años después), y ganó en Los Cármenes a todos los grandes.

            Recientemente ha fallecido este mito del fútbol mundial. Poco antes de su muerte la revista As Color publicó un excelente y conmovedor reportaje donde podemos ver a un descangallado y fané Aguirre Suárez campaneando la vejez, enfundado en una camiseta negra en la que destaca la silueta azul de un toro y debajo se lee Granada, a la que añora y quiere volver de visita. Los últimos años de su existencia fueron un calvario para el argentino, años de soledad y de penurias físicas y también económicas. Un accidente cerebrovascular sufrido hace siete años le obligó a cerrar su negocio, el bar Granada, en la esquina de las calles 6 y 48 de La Plata, y lo recluyó en su domicilio al paralizarle su mitad derecha. En el momento de la entrevista apenas puede valerse con la ayuda de un bastón y ni siquiera puede hablar con los autores del reportaje.

            El denominador común de las muchísimas necrológicas que se le han dedicado ha sido que todas han resaltado su fama de killer, de terror de los delanteros contrarios, y han abundado los calificativos en esa línea, sobre todo los que lo han definido como un futbolista excesivamente rudo, y sobre esto al menos los granadinistas tenemos algo que decir.

            Los granadinistas nos orgullecemos de la importante parte de nuestra historia que llena Aguirre Suárez y siempre le estaremos agradecidos por su entrega en defensa de nuestros colores y por hacernos ver un Granada ganador, independientemente de los métodos que usara, que tampoco él los inventó ni era el único que los practicaba. El propio Aguirre podría haber hecho suya aquella letra del viejo tango: Se dice de mí que soy fiera, que camino a lo malevo, que soy chueca y que me muevo con un aire compadrón… Pero lo que nadie podrá decir de Aguirre Suárez, al menos mientras jugó en el Granada, es que fuera un defensa rudo. Rudo no era. Aguirre Suárez podría ser sucio, incluso violento, y abusar del que se llama juego subterráneo, el que casi ve sólo el que lo sufre, especialmente si, como pasaba, no había veinte cámaras de televisión en cada partido, pero no era ni mucho menos un defensa tosco.