EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



jueves, 21 de mayo de 2009

GOMELES Y GAZULES, ZEGRÍES Y ABENCERRAJES... Y TROMPETILLAS



A cuando los moros no, pero sí hasta un tiempo lo suficientemente remoto como es el que se puede considerar prehistoria del fútbol granadino habría que remontarse para vivir algo parecido a lo que se dio cada temporada de las cuatro que permaneció nuestro Granada en el negrísimo pozo de la cuarta categoría del fútbol.

Distintos equipos animaban el incipiente deporte local allá por los principios del siglo XX, pero quienes llegaron a contar con más aficionados y concitar más expectación fueron, ya en los años veinte, el España y el Español, que representarían respectivamente a las clases pudientes y a las que lo eran menos. Ambos clubes disponían de terreno de juego propio y vallado; el del España estaba en la zona que al principio de la avenida de Cervantes hoy ocupa una colonia de hotelitos, mientras que el Español tenía sus instalaciones en lo que en la actualidad es la avenida del Sur. En sus enfrentamientos, siempre partidos no oficiales o en disputa de trofeos menores, solía haber más que palabras. Desaparecidos ambos a mediados de la década de los veinte, su lugar vino a ocuparlo el Granada (con el nombre de Recreativo), nacido a principios de los treinta. Lo bien que le fue desde el primer momento y su imparable ascensión en sus comienzos, que pronto lo iban a llevar a la élite, lo convirtieron en el equipo representativo de Granada, sin que ningún otro club local o provincial pudiera discutirle tal condición. El rival por excelencia desde esos primeros momentos y por muchos años estaba fuera de las fronteras provinciales, era el Málaga.

Pero la caída a los infiernos, el descenso rojiblanco a la cuarta, trajo algo parecido a lo que debieron ser aquellos duelos de rivalidad extrema de los años veinte entre España y Español. La gran pena es que lo que lo propiciara fuera precisamente ese tocar fondo del histórico, y no el ascenso de otros equipos granadinos.

Ochenta años de no vivir algo parecido y los consiguientes cambios sociales borraron cualquier atisbo de tradición en cuestiones de rivalidad futbolera granadina, así que a falta de solera autóctona se recurrió a copiar del rico folklore de otros pagos más o menos vecinos (que por otra parte se suele imitar sin pudor por estos lares). Todo un acontecimiento, tal como sucede en tierras de “María Santísima”, vinieron a ser los distintos derbis fratricidas que se vivieron en los cuatro años, pero, claro, en versión penibética, en escala mini y con el viso casposo de las imitaciones. Algo bueno tenían al menos este tipo de partidos de rivalidad local, en los que el campo volvía a registrar buenas entradas y había colorido y cierta emoción. De alguna manera suponían algo mejor que llevarse a una andorga balompédica estragada por aquellos tristes calendarios, demasiado poblados de bastos, rusadires, manchasreales, alhaurinos, comarcaeníjares y otras desconsoladoras hierbas.

El partido de Los Cármenes, jornada 24 de la 2005-06, entre el Granada Atlético (el local) y el Granada CF, ambos luchando por los puestos altos de la clasificación, podría ser un buen ejemplo. Se puede considerar este partido como todo un monumento a esa cosa tan granadina cuyo kilómetro cero -Ladrón de Guevara dixit- está en Puerta Real. Con aficiones separadas para evitar los incidentes de la ida, fue todo un recital de salidas de pata de banco del paisanaje, rojiverde o rojiblanco, en un clima previo bastante caliente y en el que no faltó la denuncia por parte del presidente atlético de amenazas anónimas hacia su persona. Acabó en empate a uno después de que Gustavo en tiempo de descuento picase en la provocación de Pedro Curtido, delantero atlético sobre el cual descargó un manotazo que costó al equipo un penalti en contra que supuso el gol del empate local, además de la expulsión y sanción del guardameta. Seguramente a Gustavo le pasó como a más uno y de dos, que los varios cientos de trompetillas sonando desacompasada y ensordecedoramente durante más de dos horas ininterrumpidas llegó a enervarle de de tal manera que perdió los papeles.

Aquella tarde, sangre que llegara al río no hubo, la verdad. Sí que hubo, en cantidades industriales, todo un derroche de feísmo cainita y cazurro. Pero lo peor fue la idea de repartir a los seguidores atléticos bocinas publicitarias de plástico que acallaran los gritos anti Arrabal de los ultras rojiblancos. Resultó una insufrible tortura de la que, cuando me acuerdo, me vuelve el dolor de cabeza.

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