EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
En la foto de cabecera se ve al Recreativo que se enfrentó al Gimnástico de Valencia en el campo madrileño de El Parral, 21 de febrero de 1934. De pie: Sosa, Tomé, Calderón, Luque, Itarte, Carrera, Victorio y Tabales; agachados: Gomar, Morales y Herranz.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



viernes, 7 de julio de 2017

MUERTE DE ALBERTY


Millán, Albety y González, una de las mejores coberturas de toda la historia


Batalla ante el Sevilla

Después de apalizar al Barcelona en Los Cármenes y conseguir la primera victoria lejos de Granada de máxima categoría, en La Coruña, continúan los resultados positivos, enlazando por única vez en el campeonato tres victorias consecutivas al vencer en la siguiente jornada en Los Cármenes 3-2 al Sevilla. Fue un partido muy bien jugado en la primera mitad por el Granada, que se retiró al descanso venciendo 3-0 con dos goles de Trompi de cabeza y uno en propia puerta del sevillista Ricardo, pero que en la segunda parte se convirtió en un continuo encontronazo de jugadores de uno y otro bando, con palos de los sevillanos (según la prensa local) a discreción para todos, y terminado en medio de una bronca monumental.

Para los plumillas granadinos, el culpable de lo mucho reprochable que se vio fue el árbitro Ocaña, sevillano y ex jugador del Sevilla, que permitió a los forasteros, especialmente a Campanal, Ricardo y Salustiano, repartir todo lo que quisieron. Para Cirre en Patria, Salustiano y Campanal patearon a modo a Alberty cuando estaba caído sobre el césped hasta dejarlo inútil, con una pierna que arrastraba por el suelo ante la complacencia del referí; y el colmo fue cuando con el tiempo cumplido señaló el árbitro un penalti en contra del Granada en una falta que debía haberse señalado justamente al revés, dice Cirre; el disparo desde los once metros de Félix, ante el que nada puso hacer un inmovilizado Alberty, supuso el segundo tanto sevillano, y ahí acabó el partido, en medio de un pita descomunal y una lluvia de todo tipo de objetos.

El Comité de Competición de la Federación Española de Fútbol decidió días después imponer al Granada una multa de 5.000 ptas. «…por el comportamiento agresivo y hostil del público, que lanzó piedras y almohadillas contra el árbitro a la terminación del primer tiempo y durante la segunda parte, lo que motivó la suspensión temporal del juego; y por no haber adoptado el club las medidas necesarias para impedir el lamentable espectáculo de que el árbitro no pudiera abandonar el campo sino hasta tres horas después de finalizar el partido ante el peligro de ser nuevamente agredido. Además se pasa nota a la superioridad de la improcedente intervención de una autoridad extra-deportiva que irrumpió en el terreno de juego para formular observaciones al árbitro» (al parecer, se trataba del directivo Santiago Sánchez, delegado de campo).
 El Granada 3 Sevilla 2 versión Maolico Hincha

En cuadro para Oviedo

Después de la batalla frente al Sevilla, para viajar a Oviedo al domingo siguiente hay varios lesionados. Sierra y Liz están tocados, y el que más preocupa es Alberty, muy mermado, al que se tiene pensado someter a “corrientes” al paso por Madrid. Como no está muy claro que pueda jugar, viaja también Floro, que podría incluso actuar en Oviedo de extremo izquierdo si no se recupera Liz. Finalmente sí jugaron Alberty, Sierra y Liz, pero no pudieron evitar la derrota, 3-1, en el Buenavista ovetense.

La derrota en Oviedo fue la última de la liga, pero también fue aquel partido el último de su vida para Alberty. Pocos días después se publica que Alberty sufre fuertes fiebres, motivadas por un gran catarro, y que no jugará contra el Castellón, el siguiente rival en Los Cármenes, que vendrá dentro de dos semanas porque en medio hay un parón para que nuestra selección juegue un amistoso en Sevilla contra la Francia de Vichy.


Récord histórico

Para recibir a los de La Plana el club establece un suplemento de dos pesetas los socios de tribuna y una el resto para pagar la multa de 5.000 que dejó el partido frente al Sevilla. Arbitrará Escartín, por lo que la prensa aprovecha para recordar que fue el árbitro internacional el que inventó el apodo de “once fantasma” para referirse al Recreativo de 1934 en su columna semanal de la revista Campeón. Fue un mote que cayó bien en nuestra tierra y se utilizó con orgullo.
César soldado de Infantería y récord histórico con seis goles al Castellón

El partido frente al Castellón supuso otra victoria más por goleada, 7-3. Ese día, 22 de marzo de 1942, un jugador rojiblanco, César, consiguió un récord que sigue vigente en la actualidad, aunque en realidad César lo que hizo fue igualar una marca que databa de 1933 y que a día de hoy todavía no ha sido batida, la del mayor número de goles por un jugador rojiblanco en un partido: seis (Trompi hizo el otro). En esos momentos algunos se acordaron de los comentarios negativos que le dedicaron los plumillas locales en los primeros partidos del campeonato. Es un récord compartido por Carmona I y César. En 1933 Pepe Carmona marcó seis goles al Jerez (del total de 11) en el campo de las Tablas en un partido de liguilla de ascenso a Tercera División. En 1942 César hizo también seis goles del total de siete que se llevó el Castellón en la jornada 24 de la liga de Primera División, aunque en honor a la verdad hay que decir que, según Patria, fueron sólo cinco los que hizo “el pelucas”. Con sus seis goles volvió a colocarse el segundo en la tabla de goleadores, con 23, sólo superado en dos por el valencianista Mundo. Incluso su nombre sonó como posible seleccionable. Pero César ya no volvió a golear en los dos partidos que faltaban y como vicepichichi acabó la liga.


Empate en Bardín

La última salida en liga llevó al Granada al Bardín del Alicante (el Hércules), ocupando la plaza de descenso que quedaba libre; la otra, la de colista, ya se la había adjudicado en propiedad la R. Sociedad, descendido matemáticamente. El Granada llegó a tener una ventaja de 0-2, pero la furiosa reacción de los locales, que se jugaban la vida, determinó un empate final a dos goles. Con ese punto el Granada seguía ocupando el puesto 10º de la clasificación, cosa que no servía para dejar atrás al Oviedo, empatado a puntos con los nuestros pero con el golaveraje perdido, situado el 11º, en puesto de promoción, que era el único que todavía podía inquietarnos. Era necesario por tanto ganar en la última jornada al Español en Los Cármenes. La directiva volvió a decretar la concentración pre partido de los jugadores, esta vez en un hotel de la Alhambra, como cuando hacía ahora un año nos preparábamos para jugar liguilla de ascenso.
Los gnomos de la Alhambra esperando a recibir al Español, caricatura de López Sancho en Patria
Permanencia conseguida

Finalmente hasta la derrota hubiera valido para conservar la categoría sin más trámite ya que el Oviedo perdió su partido en La Coruña, pero un Granada que había llegado al sprint final pletórico consiguió una nueva goleada, 4-0 sobre el Español con que rematar brillantemente su primera participación en máxima categoría el domingo 5 de abril de 1942, al año justo menos un día de conseguir el ascenso a Primera en el Sequiol.

Las cosas no empezaron bien, con César pronto inutilizado al sufrir luxación de hombro y pasar del eje del ataque a un extremo, que era en aquellos tiempos sin posibles cambios de jugadores la solución más utilizada cuando alguien se lesionaba y quedaba como figura decorativa, situándosele donde menos estorbara a sus compañeros. Luis Marín, su relevo, volvió a ofrecer una magnífica actuación y como ariete consiguió dos goles (Bachiller y Liz completaron el score). Hubo fiesta en Los Cármenes y Paco Bru fue paseado a hombros entre las aclamaciones de la hinchada.
En Los Cármenes posan: Sosa, Trompi, Bonet, Muñoz, Cholín, Benítez y Floro; con Maside, Millán, Gárate y César

Muerte de Alberty

El mismo día del partido frente al Español los periódicos publicaban que Alberty estaba gravísimo, en estado desesperado, y le había sido administrado el Viático.

Desde hacía casi un mes, después del partido en Oviedo, el último de su vida (curiosamente su partido de debut rojiblanco fue también frente al Oviedo), se habían venido publicando en prensa noticias periódicas sobre el estado de salud del guardameta magiar. Primero se había dicho que lo que padecía era un fuerte catarro. Poco después conocíamos que su estado se había agravado y que existía peligro de peritonitis, y que ya no podría volver a jugar esta temporada en los dos partidos que faltaban. Todo en medio de noticias sobre ligeras mejorías y recaídas en su estado general. Así hasta que el 10 de abril nos desayunábamos con la triste noticia de que Alberty había muerto a las 6,25 de la tarde del día anterior en el hospital de la Purísima. No había resistido la congestión broncopulmonar que le sobrevino tras ser intervenido quirúrgicamente de la perforación intestinal que había sufrido. Según Patria, todo lo provocaron unas fiebres tifoideas.
Tumba de Alberty en el cementerio de San José, regalada a perpetuidad por Gallego Burín

Una enfermedad infecciosa de origen alimentario, fiebre tifoidea causada por la bacteria salmonella typhi o bacilo de Eberth, fue la causa de la muerte del guardameta Alberty. Sobre lo que no hay seguridad es sobre el agente que se la provocó. Todo parece indicar que la contrajo cuando viajó en solitario a Vigo para estar con su familia, adelantándose al resto de la expedición granadinista que tenía que jugar en La Coruña. En Vigo parece ser que consumió marisco contaminado con la bacteria y de allí se vino con la enfermedad en incubación, una enfermedad que, por otro lado, parece ser que tardó más de lo conveniente en serle diagnosticada y tratada. También hay quien dice que lo que provocó las fiebres fue el agua no clorada que se consumía en Granada antes de que la corriente llegara a toda la ciudad, como ocurría en aquellos años, un agua no potable que no afectaba a los granadinos, inmunizados, pero sí a los forasteros. A día de hoy es difícil que alguien que ha contraído la infección acabe muriéndose, pero la penicilina, que llegaría poco tiempo después, todavía no se conocía por estas tierras.

Alberty fue a morir casi sobre el mismo terreno de juego, como aquel que dice, y esto hizo que sobre las causas de su muerte se trenzaran en el imaginario popular unas cuantas leyendas que carecen de fundamento pero que sustentaron cierta imagen del magiar como una especie de héroe romántico que se ha mantenido a lo largo de los años y ha llegado hasta los tiempos actuales. La que uno escuchó de pequeño más veces es la que mantenía que lo que llevó a Alberty a la tumba fue la bestialidad del stuka Campanal en aquel partido-batalla de Los Cármenes frente al Sevilla, que ganó el Granada 3-2 y en el que hubo palos para todos, el siguiente al de La Coruña, casi un mes justo antes de su muerte; en aquel partido en el que Alberty salió cojeando, el delantero sevillista Campanal, prototipo de ariete acometedor, tuvo numerosos choques con nuestro portero, que tampoco era un tipo que se arrugara, y a la postre, esos encontronazos habrían sido los que le causaran graves heridas internas de las que habría derivado el fatal desenlace. Una variedad de esta leyenda urbana dice que fueron, sí, las heridas internas las que le causaron la muerte, pero que esas heridas las habrían motivado los cañonazos que Campanal prodigaba y que Alberty rechazó con el cuerpo en no pocas ocasiones.

Otras leyendas menos épicas atribuyen la muerte de Alberty a un mal muy de la época junto a las terribles hambres (o a causa de ellas), el tifus exantemático, muy contagioso y causado por un parásito, el piojo verde o tabardillo, que era una auténtica epidemia en unos años de escaseces de todo tipo y en los que por no haber no había ni jabón que sirviera para prevenir este tipo de enfermedad, más propia del África profunda.
Alberty en el Sequiol de Castellón

Y es que Alberty tiene mucha “literatura”. Son varias, como vemos, las leyendas urbanas (como ahora se conocen los mitos) que nacieron cuando su muerte. Pero es que en el caso del húngaro no se detienen en esa defunción y sus causas, porque hay varias más que se refieren a su forma de desenvolverse dentro del terreno de juego: que si era un acróbata que volaba y que se subía al larguero para desde allí lanzarse a detener los penaltis en contra, que si era capaz de regatear a medio equipo contrario y llegar con el balón a la otra portería, como años después sí que vimos hacer a Ñito, que si podía beberse el zumo de cinco kilos de las naranjas con que los hinchas le obsequiaban, y otras.

En el momento de su muerte era Alberty muy popular en Granada, no sólo entre la gente futbolera, y se puede hablar de la gran conmoción que su fallecimiento provocó en toda la ciudad, que acudió en masa al funeral de dos días después en la iglesia de San Justo y Pastor. El Ayuntamiento tiempo después regaló a perpetuidad el nicho que en el cementerio de San José sigue hoy acogiendo sus restos.

Era tanta su popularidad y significó tal mazazo su muerte que en seguida se dieron a conocer distintas iniciativas para perpetuar su memoria. Entre ellas destacó la que un aficionado granadinista hizo llegar por carta a los diarios, proponiendo que detrás de la portería de la cárcel se plantara en su recuerdo un naranjo, ya que tanto le gustaban a Alberty las naranjas y era en esa portería donde mayor número recibía de la hinchada.
Esquela de Alberty
 Auxilio Social
            Para la visita del Madrid y del Barcelona y otros equipos a Los Cármenes no se puede hablar de suplemento a pagar (también los socios) por todo el que quisiera ver el partido como si fuera día del club (que todavía no se había inventado), pero, según informa Ideal, para poder acceder al campo será necesario adquirir previamente el emblema de Auxilio Social, que será exigido en la puerta y deben mostrarlo tanto los socios como los no socios.
                Los emblemas de Auxilio Social consistían en unos rectángulos de cartulina, de tamaño algo mayor que un sello de correos, que llevaban adheridos una solapa para poder fijarlos a la ropa de manera que estuvieran visibles. Cada quince días se llevaba a cabo una cuestación callejera de Auxilio Social en la que, a cambio de un mínimo óbolo se obtenía el emblema, obligatorio para todo el mundo (excepto obreros en paro) e imprescindible para poder acceder a espectáculos, restaurantes, bares y similares, negándose la entrada a quien no lo hubiera adquirido. Con los 30 o 50 céntimos o una peseta que costaba cada uno de esos emblemas, conocidos popularmente como “chapas”, se financiaba Auxilio Social (la versión española del nazi Auxilio de Invierno), una institución asistencial y de beneficencia creada durante la Guerra Civil y que pertenecía a la Sección Femenina de Falange. Su fin era atender a los muchos menesterosos que dejó la contienda.
                En la actualidad estos emblemas son objeto de colección, como puedan serlo los sellos de correos o las monedas, ya que durante aquellos años se emitieron infinidad de modelos ilustrados con dibujos de colores que trataban de los más variados temas, a menudo relacionados con las distintas provincias españolas y su heráldica y folklore.

Distintos emblemas de Auxilio Social. Sin ellos no había fútbol

                Otra forma de financiarse Auxilio Social era la llamada “Ficha Azul”, que consistía en una suscripción  voluntaria por la que empresas o personas bien situadas económicamente se comprometían a entregar una cantidad fija todos los meses. Pero la voluntariedad primera devino andando el tiempo en obligatoria, y así, cuando los suscriptores se hacían los remolones a la hora de retratarse, venían las sanciones impuestas por el gobernador civil y publicadas en prensa para escarnio de los agarraos. Ejemplo es lo que publica Ideal el 19 de marzo de 1942: «Nota del Gobierno Civil de la Provincia: Por negarse a pagar la Ficha Azul que voluntariamente tienen suscrita, no obstante disfrutar de desahogada posición económica, han sido sancionados con las multas que se indican los siguientes vecinos de La Peza…», y viene a continuación una relación en la que aparecen más de veinte nombres a los que se han impuesto sanciones que oscilan entre las 80 y las 40 pesetas.
            En principio no había sido previsto como fuente de financiación de Auxilio Social pero andando el tiempo también acabó siéndolo -al menos en parte- lo que se conoció como “día del plato único” y su segunda versión, el “día sin postre”. En esos días las familias en sus comidas se abstenían de una parte de su condumio y la suma así ahorrada debían entregarla al Estado para que éste lo dedicara a fines asistenciales. A imitación de la Alemania nazi, en plena guerra y como subsidio al combatiente había sido instaurado el día del plato único al principio sólo para los restaurantes y casas de comidas, que los días 1 y 15 de cada mes servían en sus menús un único plato, aunque cobraban como si hubiera sido completo, y lo cobrado de más tenían obligatoriamente que ingresarlo en las oficinas establecidas a tal fin en los gobiernos civiles de cada provincia. Este ayuno impuesto y su correspondiente traducción a dinero ingresable en oficinas estatales, andando el tiempo fue también obligatorio para los domicilios particulares, y en su recaudación puerta a puerta se empleó en algunas poblaciones a los serenos o a los alevines de camisa azul conocidos como flechas y pelayos. Tratar de escaquearse del pago de esta casera alcabala nacionalsindicalista, como de cualquiera de las muchas otras establecidas, podía resultar caro al engurruñío de turno, que se exponía, además de a una sanción económica del 50 % sobre lo escamoteado, a la posibilidad de ser expuesto a la vergüenza pública con nombre y apellidos o, peor aún, a quedar inscrito en las muchas listas negras de desafectos al régimen que circulaban.
            Por otra parte, no deja de tener una gran carga sarcástica el hecho de existir en los hambrientos primeros años cuarenta y para todas las familias de España, sin distinción de poderío económico, un día en el que estaban obligadas a comer sólo un plato, porque para la inmensa mayoría de las familias españolas, día del plato único eran todos y cada uno de los que componían el calendario... y eso si es que tenían suerte o eran gentes de posibles para comprar de estraperlo. Incluso en bastantes hogares eran muchos los días en que los probos padres de familia hubieran vendido su alma al diablo por tener algo que echarse a la andorga, aunque hubiera sido un único plato. Quizás por esa razón  en enero de 1942 quedó abolido el día del plato único.      

Recibo de haber abonado lo debido por el Plato Único

Raza
           A los cuatro días de la gran victoria 6-0 del Granada sobre el Barcelona, el 19 de febrero de 1942, algo más de un mes después de su estreno en Madrid llegaba a Granada, al teatro Cervantes, la película Raza, dirigida por José Luis Sáenz de Heredia y protagonizada por Alfredo Mayo y Ana Mariscal.
                Desde semanas antes los diarios locales venían anunciando su exhibición en función de estreno patrocinada por la Asociación de la Prensa a la que estaba invitada la mejor sociedad granadina, rogando a los asistentes acudir de etiqueta o uniforme militar de gala. La cinta se presentaba como «la película nacional por excelencia» porque «destaca y exalta nuestras virtudes de sangre nunca mancilladas».
                El teatro-cine Cervantes lució su mejor decoración a base de tapices, macetas, banderas y gallardetes y grandes rótulos formados con bombillas con la leyenda ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco! ¡Arriba España! Fue un gran acontecimiento de la Granada azul nacionalsindicalista (la única posible, por otra parte).
La película cuenta la vida de una familia, los Churruca, y las vicisitudes por las que atraviesa según los distintos momentos históricos que le toca vivir, desde la Guerra de Cuba hasta el final de la Guerra Civil, y es una maniquea exaltación de las virtudes de la raza hispana, la de los buenos españoles, católicos y patriotas, que tras verse amenazada finalmente triunfa frente a los malos españoles, los que se han dejado influir por masones, liberales y marxistas, y asesinan curas y queman iglesias.


Anuncio en prensa de la película Raza

Lo que no encontramos en la prensa de entonces, ni en los abundantes anuncios del estreno ni tampoco en la extensa y entusiasta reseña de ese estreno que en Patria firma C. Fernández, es mención alguna al autor del guión de la película. Y no figura el nombre del guionista porque este detalle no se dio a conocer al público hasta bien entrados los años sesenta. Y resultó que ese guionista no fue otro que el mismísimo Franco en persona y estilográfica Parker (y algún negro), puesto que se trata de la puesta en escena de la novela que con el mismo título, Raza, el Caudillo escribió bajo el seudónimo de Jaime de Andrade. Es una novela que tiene (o pretende tener) bastante de autobiográfica. Los Churruca son en realidad los Franco, sin que falte el hermano tarambana (trasunto de Ramón Franco) que al final se redime y muere heroicamente.
Y es que el Generalísimo tuvo también su vena literaria. Veinte años antes, en 1922, cuando sólo era el “comandantín” Franco, firmando con su nombre y apellidos ya había publicado un librillo sobre la Legión y la guerra de África que se tituló “Diario de una Bandera”, escrito así, en forma de diario, con prólogo de Millán Astray y que, como el propio Franco definió, no era ficción, sino que era el «conciso y verídico relato del Historial de una Bandera» de la Legión, la misma que él como comandante tenía a su cargo, entre el otoño de 1920, recién fundado el Tercio, y la primavera de 1922, tras la reconquista de los territorios marroquíes perdidos en el que se llamó Desastre de Annual.  Además también firmando con nombre y apellido fueron numerosas sus colaboraciones en Revista de Tropas Coloniales, publicación fundada por Franco y Queipo de Llano en 1924.
 Por razones obvias, ya no usaría más su auténtico nombre para sus pinitos literarios o periodísticos. Así, aparte del seudónimo de Jaime de Andrade con el que firmó Raza, en los años cincuenta y bajo el alias de Jakin Boor (el seudónimo está inspirado por las dos columnas que adornan los locales de las logias masónicas y que se señalan con las iniciales J y B) dio a imprenta otro libro con el título “Masonería”, que es en realidad una recopilación de artículos aparecidos con esa firma en el diario Arriba, verdaderas y furibundas soflamas contra los agentes del mal que de siempre presidieron sus mejores pesadillas: los masones. Unos masones que en esos momentos, muy a su pesar, gobernaban países o presidían organismos internacionales. Tampoco se olvidaba el Caudillo en estos escritos de sus otras obsesiones favoritas: judíos, demócratas, liberales, comunistas, todos conchabados contra España, a la que querían destruir y mantenían en el aislamiento. 
Otro alias que alguna vez usó Franco, también en los años cincuenta, fue el de Macaulay, en este caso para arremeter desde las páginas de Arriba contra la “pérfida Albión” y la visita de la reina Isabel II a Gibraltar. Otro más fue Hispánicus, también en sus combativos años cincuenta, ahora para cargar contra los dirigentes franceses, cuando se estaba fraguando la descolonización del Protectorado marroquí.
Por último también sabemos de otro seudónimo usado por el Generalísimo, éste mucho más doméstico y que desde luego nada tiene que ver con los anteriores. Fue el de Francisco Cofran, que era el nick con el que firmaba semanalmente desde su mesa camilla de El Pardo los boletos de quinielas de fútbol que después un propio se encargaba de sellar en el despacho de apuestas correspondiente. Con su proverbial baraka, hasta dos veces consiguió un premio importante, se dice.

Portada de la novela Raza que firma Jaime de Andrade




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