EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
En la foto de cabecera se ve al Recreativo que se enfrentó al Gimnástico de Valencia en el campo madrileño de El Parral, 21 de febrero de 1934. De pie: Sosa, Tomé, Calderón, Luque, Itarte, Carrera, Victorio y Tabales; agachados: Gomar, Morales y Herranz.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



miércoles, 4 de septiembre de 2013

CANDI, EL PRESIDENTE


Cándido Gómez Álvarez (Porriño, Pontevedra, 1928) es la persona que más tiempo ha ocupado el sillón presidencial rojiblanco. Son quince los años que permaneció al frente del club, distribuidos en cuatro épocas distintas, que tienen su inicio en 1967 y llegan hasta 1996, es decir, casi tres décadas en las que con intervalos más o menos prolongados su figura llena la historia del Granada CF.
 
Tres décadas a las que habría que sumar una y pico más, que es el periodo comprendido entre 1948 y 1961, de cuando no era D. Cándido sino Candi a secas, de cuando era un ágil y buen portero que defendió el arco del Granada CF durante diez temporadas.
 
Como presidente puede presentar en su currículo un ascenso a Primera, ocho temporadas consecutivas en máxima categoría y otro ascenso a Segunda, además de las dos mejores clasificaciones históricas del Granada. Pero sin olvidar que esa notable hoja de servicios también presenta el chafarrinón de un descenso a Segunda y otro a 2ª B.
 
Como máximo dirigente rojiblanco, Candi simboliza los años dorados del Granada CF, pues es el que supo darle su época más prolongada entre los grandes y es el responsable de que el Granada fuera un club con el que había que contar, en los terrenos de juego, pero también en los despachos. Con sus métodos personalistas y su carácter dictatorial convirtió al Granada en casi un clásico de Primera.
 
Eran los tiempos en que se hizo familiar en los mejores hoteles de la geografía nacional el grupo de jóvenes melenudos y patilludos de chaqueta blazier, corbata rojiblanca y pantalón pata de elefante. También eran tiempos en que prácticamente cada día nos desayunábamos con la noticia de un nuevo fichaje proveniente de las Indias. Pero sobre todo eran tiempos en que en las mejores plantillas de primera tenían motivo de preocupación cuando se avecinaba un partido contra el equipo rojiblanco que él convirtió en horizontal.
 
Quiso D. Cándido que por fin esos símbolos y esos colores fueran también conocidos fuera de nuestras fronteras, pero la jugada le salió mal y el sueño europeo devino en el amargo despertar del descenso. Desde entonces ya nada fue lo que había sido.
 
Su último -por ahora- capítulo en rojiblanco fue demasiado breve. Sin embargo la cola que trajo fue demasiado larga, una cola de catorce años, lo que tardó la Justicia en decidir que en la venta del viejo Los Cármenes no hubo nada antijurídico. La retirada (o más bien “espantá”) de Candi en cuanto la operación de venta estuvo finiquitada no quiere uno calificarla de salida por la puerta falsa. Sea como fuere, casi medio siglo de historia granadinista se personifican en la figura de este gallego que en Granada echó raíces.



CARRANZA, EL ARIETE



Su hija Marcela es granadina. Nació casi a la vez que un buen puñado de hinchas granadinistas pedían a voz en grito en plena calle Reyes Católicos su no traspaso al Barcelona. Jiménez Blanco desplegó en el balcón una pancarta en la que comunicaba su decisión de no traspasarlo y aquella misma tarde gracias a él pudo el Granada estrenarse en la 59-60 con un triunfo ante el Español. El partido, según las crónicas, fue malo y aparte de que los catalanes tiraron fuera un penalti, lo mejor fue el único gol, obra de Carranza, a su estilo, sacándole el balón al defensa contrario y abriéndose paso para lanzar un cañonazo que doblaba las manos del portero. Gol puro Carranza que valió los dos puntos.
 
Andaba desde tres meses atrás el granadinismo en el nirvana de la final de Copa, y la noticia de que HH estaba a punto de llevarse al Barça a su ídolo, Ramón Sergio Carranza Semprini (Los Surgentes, Rosario, Argentina, 1931), congregó ante la sede del club a varios cientos de aficionados empeñados en impedirlo. Cuatro millones y medio y dos jugadores (o seis kilos, según otras fuentes) era poco para un jugador que, según Hoja del Lunes, «hace jugadas de diez millones». Carranza era entonces venerado como pocos futbolistas lo han sido en toda la historia granadinista.

Ariete rompedor, impetuoso, era el complemento perfecto para el juego de ataque con el que el Granada de Kalmar supo plantarse en toda una final de Copa, aprovechando como nadie los medidos pases de gol de su compadre, el «gallego» Benavídez, y los precisos centros desde las bandas de Vázquez y Arsenio.

Carranza se quedó todavía dos años más, hasta que acabó la segunda aventura primerdivisionista rojiblanca, en 1961. Y aunque su juego y sus goles fueron disminuyendo, como el tono general del equipo y la ilusión de la parroquia, todavía pudo el club sacarle al Español unas pesetillas por él.

Tres años en el Español, donde volvió a vivir un descenso a Segunda, y un año incompleto en el Europa lo devolvieron a Argentina para dedicarse a su negocio de coches.

Cuando en los vestuarios, recién acabado el primer partido de la 59-60, no quiso hacer declaraciones a la prensa, que lo asediaba a preguntas ya que fue el mejor de la tarde, quedó claro que la decisión de no traspasarlo al Barcelona no le había gustado. Es fácil comprenderlo. Pero para siempre quedó en el recuerdo y en el corazón del granadinismo este pundonoroso “centrofoguar” que abría defensas como nadie y marcaba goles de dos en dos.

KALMAR, EL PRESTIGIO HÚNGARO



El fútbol húngaro fue buena parte del siglo XX uno de los mejores de todo el mundo. Especialmente en la década de los cincuenta, con aquel Honved de Budapest y con aquellos “mágicos magiares” de la selección húngara que perdieron de forma inexplicable el título mundial en Suiza 1954. Posteriormente el fútbol magiar cayó en la mediocridad y en ella continúa inmerso, hasta el punto de que desde Méjico 86 no ha estado en una fase final de un campeonato mundial.
 
Hasta los sesenta son numerosos los nombres de jugadores y entrenadores magiares que se vinieron a España y nos aportaron muchas cosas positivas y mucho buen fútbol. Casi todos ellos conquistaron un sitio de honor en las páginas de historia de este deporte en España.
 
En el Granada también tuvimos nuestros húngaros. Empezando por Lipo Hertza, míster que dio al Madrid su primera liga. Le sigue Bukzzasy. Continuamos con todo un mito, Alberty. Al poco vino Esteban Platko para dirigir al equipo, consiguiendo la que por muchos años fue la mejor clasificación histórica. También vinieron otros bastante menos conocidos pues no destacaron mucho: a principios de los años cincuenta vino una pareja de húngaros, Licker y Otto, de los que sólo el primero valía, pero se fue muy pronto. También de los cincuenta, pero de finales es Szabo, que jugó muy poco en la 59 60, temporada en la que el banquillo lo ocupaba el ilustre entre los ilustres Jeno Kalmar, de quien Kubala dijo que fue el mejor técnico de Europa.
 
Eugenio (españolizado) o Jeno (bien dicho) o Janos (mal dicho) Kalmar (Hungría 1908-Málaga 1990) es el entrenador de más prestigio que ha ocupado el banquillo granadino en sus casi ochenta años.
 
La revolución húngara anti estalinista le hizo dejar su empleo de coronel del ejército que ostentaba a la par que el de trainer del famosísimo Honved. Después de dos años en Austria aterrizó en Sevilla y meses después, un día que hacía turismo en Granada, le ofrecieron sustituir al argentino Scopelli y aceptó. Sus sabios retoques y su gran profesionalidad hicieron posible que el modesto Granada CF casi inscribiera para siempre su nombre entre los grandes. Jeno Kalmar no sabía ni dos palabras en español, pero el lenguaje del balompié es universal y en sólo dos meses convirtió al Granada de equipo llamado a perder la máxima categoría en todo un subcampeón de Copa.
 
Nacionalizado español, en Málaga pasó sus últimos años de gatos y estrecheces y en Málaga están las cenizas del famoso Kalmar. En esta serie de granadinistas insignes no podía faltar el que condujo al Granada a lo más alto y también a un ascenso a Primera.



AGUIRRE SUÁREZ, EL CIRUJANO



En el fútbol argentino, de siempre han abundado los defensas duros o leñeros. En un portal de Internet recientemente han elaborado un ranking de futbolistas argentinos que contiene veinticinco nombres de todas las épocas, con fama de “raspadores”. Pues bien, el “ganador” destacado no es otro que el que fuera defensa del Estudiantes de La Plata, Ramón Alberto Aguirre Suárez (Tucumán, Argentina, 1944), del que dice: «Es el prototipo del jugador violento…» …«Tenía dos apellidos y pegaba en proporción por cada uno».
 
Independientemente de que ese dudoso honor le corresponda plenamente o de que la cuestión pueda admitir muchos “segúnes” y muchos “cómos” y “cuándos”, lo cierto es que su fama de killer se la ganó a pulso. El delantero franco-argentino Combin, del Milán, tras el partido de vuelta de la final de la Copa Intercontinental 1969, en Buenos Aires, podría aclarar algo al respecto. Consecuencia directa de la actuación de Aguirre Suárez en esa final es su estancia por un mes en Devoto.

En septiembre de 1971, como falso oriundo paraguayo y quitándose algunos años, se incorporó al Granada, convocando a varios miles de hinchas en su primer entrenamiento. Desde ese momento fue fijo en su puesto de defensa libre. Muy poco tiempo después nacía la leyenda negra rojiblanca que iba a acompañar a los nuestros durante tres temporadas. Ya saben, la de un equipo violento que basaba sus éxitos en todo tipo de marrullerías y acciones antideportivas.

No negaremos ni intentaremos justificar la malhadada leyenda. Sólo diremos que convendría matizar y huir de exageraciones. Porque, de acuerdo, sí, Aguirre y su compadre Fernández se extralimitaron en más de una y de dos ocasiones, y eran una “pareja quirúrgica”. Pero no eran ni mucho menos los únicos que hacían lo que hacían en un fútbol como el de la época, de defensivas a ultranza (y sin cámaras de televisión por doquier), sino que también había otros -en los modestos y en los grandes- que no alcanzaron tanta fama pero que muy bien podrían disputarles el título de “cirujanos”.

Tres temporadas perteneció al Granada, las que transcurren entre 1971 y 1974. La de en medio fue mediocre pero las otras dos son precisamente las mejores de la historia del Granada CF. En esas tres temporadas pudimos ver a un defensa que tenía sus cosillas y de vez en cuando sacaba el hacha. Pero, sobre todo, pudimos ver a un gran futbolista con mucha clase que jugando en su puesto –ya en desuso- de libero por detrás de la línea de zagueros, sabía sacar el balón jugado (aseado, se dice) y no con despejes a la buena de Dios. La gran seguridad que daba en la parte de atrás fue básica para que el Granada se convirtiera en un equipo puntero.

VICENTE, LA CLASE



En la antología de grandes partidos en Los Cármenes siempre merecerá un sitio de honor el que se disputó el 25 de octubre de 1970. Era la jornada siete y el visitante, R. Sociedad, comparecía imbatido; su guardameta, Esnaola, no había encajado en los seis encuentros anteriores ni un solo gol. Pero en una sensacional tarde del Granada se rompió la doble racha de los donostiarras, que cayeron derrotados 2-0.
 
Esa tarde alguien sobresalió sobre el resto, y fue el 11 del Granada, Vicente González Sosa (Agate, Las Palmas, 1941), que, prototipo como era del pasador de clase, sin embargo marcó los dos goles, dos inmensos golazos, al más puro estilo de gran rematador, tras sendas buenas jugadas de Juárez y Lasa.

Era el germen del sensacional Granada de la temporada siguiente. Con Lasa y De la Cruz, recién fichados del Valladolid, y con Joseíto iniciando su segunda etapa en el banquillo granadinista, ya empezaba a ofrecer magníficas tardes de fútbol.

En aquel buenísimo Granada la clave del éxito era sin duda el haber sabido conjuntar una muy equilibrada mezcla de juventud y veteranía. Estaban los dos grandes fichajes ya citados más Barrios y Jaén (aunque, lesionado, casi no jugó), todos por debajo de los veintitrés, pero también Fernández, Ñito, Barrenechea, Santos y Fontenla. Y, sobre todo, el gran Vicente. El magnífico jugador con un guante en su pie izquierdo para servir balones de oro. Para los que saben de la historia del casi octogenario Granada CF, Vicente sigue siendo uno de los mejores futbolistas que pasó por aquí.

Su gran calidad le había llevado al Barcelona siendo muy joven, equipo desde el que lo fichó el Granada cuando rondaba los veinticinco. Pero sólo unos meses después de su llegada se marchó nada menos que al Peñarol. Por suerte para nosotros volvió al poco y aquí se quedó seis años más. Yo, que tuve la suerte de verlo en acción durante las siete temporadas que fue rojiblanco, me acostumbré a saber ya a los diez minutos de cada partido si éste iba a ser bueno o no tanto. Si en esos minutos habíamos podido ver sólo un par de detalles de la inmensa clase que atesoraba Vicente, no había duda, veríamos seguro un buen partido y una victoria del Granada. Porque si Vicente estaba inspirado y con ganas, el resultado inmediato es que todo el equipo funcionaba.

Siempre jugaba de once, pero no se pegaba a la cal, y sus arrancadas, aunque partían de la izquierda, tendían a irse en vertical a la portería contraria y no a la línea de fondo. También, como sucede a menudo con los futbolistas de excepcional calidad, de vez en cuando no andaba fino o no parecía estar para muchos trotes. Seguramente fue este defecto el que le impidió haber llegado a cotas más altas en su palmarés personal. Pero mientras estuvo en Granada, al menos en los partidos de casa, esas tardes de apatía fueron las menos.

En sus siete temporadas de rojiblanco nos ofreció jugadas y goles de antología, con su gran clase para conducir el balón y servirlo medido al mejor situado. Sus compañeros a lo largo de sus siete temporadas: Miguel, Ureña, Barrios y, sobre todo, Porta, supieron sacar partido de las tardes inspiradas de este canario genial, que vive en Méjico pero siempre recuerda Granada y a los granadinos.

VALDERRAMA Y LA QUINTA DEL TROMPI

 

Casa Valderrama, en la madrileña calle de Alcalá, era taberna castiza y lugar de reunión de taurinos e intelectuales de la primera mitad del siglo pasado. Allí podía agasajarse, por diez céntimos, con un chato acompañado de una torrija. Y al frente del establecimiento figuraba Manuel Fernández Valderrama, conocido para el deporte por su segundo apellido.

Era éste uno de los varios negocios que –decía- tenía abandonados en los madriles y que le impedían quedarse en Granada a pesar de la magnífica temporada 39-40 recién terminada en la que muy poco faltó para que el todavía Recreativo, con Valderrama de míster, se hubiese proclamado campeón del grupo V de Segunda división.

Valderrama había sido un cotizado medio de técnica notable antes de sentarse en un banquillo. Sus equipos fueron siempre madrileños: Rácing, Real, Atlético y Ferroviaria, todos de antes de la guerra, y sus buenos años son los veinte, concretamente 1927, en que conoce la internacionalidad absoluta, aunque en un único encuentro. También fue futbolista por el breve periodo de un mes del Recreativo de la 32-33 y con sus únicos cuatro partidos y un gol colaboró al ascenso a Tercera de los nuestros, a pesar de que cuando vino sus facultades estaban muy mermadas por sucesivas lesiones.

Su principal vinculación con el Granada es como entrenador. Los camaradas Ricardo Martín Campos y Paco Cristiá viajaron a Madrid en noviembre de 1939 y como no encontraban nada en azul y blanco se trajeron otras equipaciones y al mismo tiempo convencieron al amigo y ex recreativista Valderrama para que dejara sus negocios madrileños y cambiara el banquillo del Ferroviaria por el del Recreativo, y de camino se trajera el repóquer de ases al que Entrala llama “la Quinta del Trompi” (Trompi, Maside, Santos, González y Floro). Con Valderrama y sus recomendados más los que se incorporaron después, como el mago Gaspar Rubio, el equipo ya rojiblanco pero todavía Recreativo de la 39-40 ofreció a una afición sedienta de fútbol una temporada memorable y muy emocionante por la estrecha lucha que se vivió con el Cádiz. Sólo una derrota en las catorce jornadas, en el campo del Malacitano, acabó apartando a los nuestros del título de campeón y de la lucha en liguilla por el ascenso a Primera. De todas formas había quedado sembrada la semilla que un año después fructificaría, esta vez sí, en el salto a máxima categoría.

Valderrama nada más terminar la liga se fue pitando a Madrid, reclamado por sus negocios, pero dejó de su puño y letra una despedida a la afición: «Por mediación del diario Patria, envío mis saludos de despedida y cariñosos recuerdos a la noble afición de esta sin par Granada, que todo se lo merece. ¡¡Viva el Recreativo!! Manolo Valderrama. 9-3-40».

Después fue entrenador de cierto caché de distintos equipos españoles e hispanoamericanos. Y en 1947 hay un segundo (tercero) capítulo granadinista de Valderrama, en la tercera temporada después del descenso, la 47-48. Pero esta nueva aventura granadina resultó todo lo contrario que las anteriores y tuvo que ser despedido cuando faltaban diez jornadas y el Granada era farolillo rojo del grupo único de Segunda. Cholín acabó la temporada dejando al equipo octavo de catorce.



ÁLVAREZ, EL CABALLERO

 

Al Granada llegó con una edad a la que muchos futbolistas profesionales llevan varias temporadas retirados. Los treinta y seis cumplidos no son la mejor edad para un fichaje. Pero esos son los que tenía Antonio Álvarez Giráldez (Marchena, Sevilla, 1955) cuando en 1991 se enroló en el Granada. Venía de jugar catorce temporadas en Primera (doce en su club de siempre, el Sevilla, y dos en el Málaga) y de haber estado a punto de ser internacional absoluto. Su currículo, como se ve, era inmejorable, pero su excesiva veteranía hacía dudar mucho de que su rendimiento fuera el adecuado para un Granada de 2ª B en el que, tras la desbandada de Murado y el solar que dejó en herencia, la directiva de Aragón trabajaba contra reloj para confeccionar una plantilla que fuera mínimamente competitiva.
 
Pero cualquier duda que pudieran tener los reticentes quedó muy pronto despejada y los escépticos se convirtieron rápidamente en fans de este gran futbolista de 1,86, prototipo del defensa elegante y noble y de rendimiento más que notable. Álvarez fue sin duda alguna la mejor incorporación que tuvo la plantilla en la 91-92, aunque esa temporada no la llegó a terminar de rojiblanco ya que en la recta final jugó cedido en el CD Málaga los últimos partidos de la existencia del histórico vecino, que luchaba por huir del descenso a 2ª B, cosa que no pudo evitar y que supuso su defunción.

Al Granada volvió para quedarse tres temporadas más y ser siempre insustituible. Especial mención merece su papel en el buen Granada de Yosu de la 92-93, que con su gran remontada volvió a llenar Los Cármenes como en los ya lejanos tiempos de Primera. En esa temporada el Granada batió el récord de partidos disputados en un solo ejercicio: cincuenta (38 de liga, 6 de copa y 6 de liguilla de ascenso), lo que ocurre es que se quedaron en 48 porque se anularon los dos disputados al Portuense, que se retiró. Pues bien, Álvarez sólo se perdió un encuentro y fue por cumplir el ciclo de cinco tarjetas y entrar limpio en liguilla de ascenso, de modo que Antonio Álvarez es poseedor (en unión de Queco, esa misma temporada) de un record en la historia del Granada, el de ser, con 47 (en realidad 49), el jugador que más partidos de rojiblanco ha jugado en una sola temporada, y eso lo hizo ya con los treinta y ocho cumplidos.

Después de la 94-95, a los cuarenta, se despidió de Granada este futbolista ejemplar, dejando un gratísimo recuerdo y un gran número de amigos, pues tan caballero era dentro como fuera de los terrenos de juego.