EL ONCE FANTASMA

Pedro Escartín bautizó al Granada CF (el Recreativo Granada) con el apodo de "Once Fantasma" cuando este club era un recién llegado a la competición pero ya andaba codeándose con equipos de solera y aspiraba a lo máximo.
En este libro se narran las vicisitudes por las que atravesó el Recreativo en sus cinco primeros años de existencia y también se recogen los sucedidos ciudadanos más impactantes de aquella época revuelta que fue la de la II República.
En la foto de cabecera se ve al Recreativo que se enfrentó al Gimnástico de Valencia en el campo madrileño de El Parral, 21 de febrero de 1934. De pie: Sosa, Tomé, Calderón, Luque, Itarte, Carrera, Victorio y Tabales; agachados: Gomar, Morales y Herranz.
Para adquirir un ejemplar firmado y dedicado por el autor (20 €), dirigirse a
jlramostorres@gmail.com


Historia del Granada CF



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viernes, 20 de junio de 2008

SALVACIÓN EN MARBELLA



La temporada 88-89 durante mucho tiempo fue considerada la peor de la historia del Granada C.F. y, en cierto sentido aún puede seguir siéndolo pues aunque, como sabemos, en dicha temporada la categoría del club era la de Segunda B mientras que la categoría actual es la de Tercera División, siempre hay que tener presente que el descenso del Granada a esta categoría fue por deudas, no por deméritos deportivos, mientras que en la 88-89 el descenso a la cuarta división del fútbol español fue durante muchas jornadas algo que se pensaba irremediable y en ella nuestro equipo ofreció las más pobres tardes de fútbol que se recuerdan por estos pagos. Al final, muy al final, se pudo salvar la categoría por los pelos y con muchísimo sufrimiento y quizás “algo más”.

En la temporada 1988-1989 el club estaba recién descendido de Segunda A después de un cúmulo de despropósitos en forma de fichajes desacertados que encarecieron excesivamente el presupuesto sin solucionar nada y agravado con la insensatez de no tener la suficiente paciencia con uno de los mejores entrenadores que ha tenido el Granada, Joaquín Peiró, dándosele la baja a mediados de la temporada por culpa de una mala racha de resultados. La marcha del buen técnico no hizo sino empeorar la situación y acabar, como se ha dicho, en descenso a Segunda B.

En el equipo quedaban todavía de la anterior temporada en Segunda hombres como Choya, Toni, Ignacio (traspasado al Málaga de primera a mediados de esta temporada) y los argentinos Escudero y Lalo Maradona, más los canteranos Víctor De la Osa, Peso, Lina, Gilberto y Castillo. Son fichajes de este año Andrés Lucero, Vicky, Kike Peláez, Julio y Martín Criado, más los granadinos Estrelli, Acosta, Padial, Campera, Chori (o Molina) y Leo. Además hubo caso Merayo. Este jugador, que tenía fama de poco disciplinado, había sido apartado del equipo pese a tener contrato en vigor; su caso se vio en Magistratura del Trabajo siendo el club obligado a readmitirlo, cosa que al final no lamentaría. La presidencia la ocupaba Alfonso Suárez y el banquillo Lalo: «el Granada será campeón y en el 92 estará en Primera», declaraba a la prensa un excesivamente optimista Lalo todavía en septiembre de 1988.

Muy lejos de cumplirse las optimistas previsiones de Eduardo Gómez, en octubre, sexta jornada, el Granada C.F. era colista y el equipo evidenciaba una bajísima forma física que propiciaba bastantes domingos que partidos que parecían encarrilados en el marcador al final acabaran en derrota o empate. Así que, después de dicha jornada, tras empatar en casa con el Algeciras, Lalo es cesado. El técnico que se hace cargo del equipo es Pachín, que aterriza pidiendo refuerzos antes que nada. Y los tendrá, con la reincorporación de Merayo y el fichaje de Manolo Agujetas. Con Pachín parece el equipo reaccionar pero enseguida se vuelve a las andadas y la primera vuelta finaliza con el Granada segundo por la cola, con sólo cuatro triunfos por diez derrotas y cinco empates.

Y en estas llega Murado, a la sazón presidente del club de baloncesto Puleva, de la máxima categoría de este deporte. El 30 de enero de 1989 asume la vicepresidencia ya que para ser presidente es necesario un proceso electoral que no se ha hecho, pero está claro que el que manda en el club no es el presidente Suárez sino el vicepresidente el cual recibe plenos poderes de los socios en asamblea extraordinaria de 17 de febrero de 1989. Entre sus primeras medidas está la de pedir la devolución de los carnés de los socios de veinte años (que no consigue) y la de negociar la salida del club de los argentinos Lalo Maradona y Escudero (que sí conseguirá), ambos con contratos astronómicos en lo económico y con rendimiento «subterráneo» en lo deportivo.

Pero el equipo va de mal en peor. En la jornada 24, después de empatar en Los Cármenes con el Nules y seguir ocupando puestos de descenso, es cesado Pachín. Le sustituye Crispi, pero como éste ha dirigido al Pontevedra esta misma temporada dice que, por motivos éticos, no viene de entrenador sino de «asesor de la presidencia». La única diferencia apreciable es que en lugar de sentarse en el banquillo se situaba detrás del mismo en una silla baja, ocupando el banco José Luis Garre. Crispi sólo permaneció en Granada cinco jornadas que se saldaron con dos raquíticos puntos de sendos empates

Vuelve Lalo para la recta final de la competición haciéndose cargo nuevamente del equipo en la jornada treinta, a ocho para el final. Ahora sí parecen reaccionar los rojiblancos, pero la pésima campaña anterior hace que el equipo sólo consiga abandonar los puestos de descenso automático situándose quinto por la cola, posición que no garantiza la permanencia porque de los cuatro grupos desciende el peor decimosexto clasificado. La diferencia con lo que sucede ahora es que entonces no existía la oportunidad de salvación de la repesca en la que juegan entre sí los cuatro quintos por la cola; entonces descendía el que de los cuatro tuviera menos puntos y, en caso de empate, peor coeficiente de goles a favor y en contra.

En la jornada 37 gana el Granada en Los Cármenes al Cartagena. Con este resultado ya sólo falta ganar en la última jornada, en el campo del Marbella, para asegurarse el puesto decimosexto. Como anécdota o escena surrealista de este partido y para reflejar los métodos dictatoriales de que hizo gala el “cuasipresidente” Murado allá va algo que pudimos contemplar con nuestros propios ojos: desde el palco presidencial se dio la orden de que vigilantes jurados retiraran la trompeta a un seguidor del Granada que por aquellos años se situaba en la esquina de la tribuna con la preferencia del marcador del viejo Los Cármenes con el peregrino intento de justificación de que los destemplados trompetazos eran gafe y por su culpa el equipo no ganaba; sólo la rechifla general y la reacción contraria de los espectadores situados en las cercanías en forma de abucheos evitó la confiscación del instrumento. «Sí hombre, la culpa de que bajemos a tercera la tiene el tío de la trompeta»; con estas palabras se defendía el interfecto ante la insistencia de los enviados presidenciales.

Y así llegamos a la jornada 38, última del calendario, con visita a Marbella. El At. Marbella había realizado una muy buena campaña, rondando siempre los primeros puestos de la tabla. Pero en esta temporada no se había implantado todavía el sistema de liguilla a disputar por los cuatro primeros de cada grupo y sólo ascendía automáticamente el primero de cada uno, así que el Marbella en esta jornada no se jugaba nada porque ya no podía alcanzar la primera plaza, que fue para el Levante. El Granada además de necesitar la victoria precisaba que ésta fuera amplia y aún así tampoco podría respirar tranquilo hasta no conocer los resultados de los decimosextos de otros grupos. El resultado final fue de 2-5 para el Granada, con él se pudo esquivar un descenso cantado. En lugar del Granada descendió el San Sebastián de los Reyes, por peor coeficiente. La salvación se celebró en el vestuario casi como un ascenso, no sin incertidumbre pues en medio de la emoción y los nervios no se sabían muy bien los resultados de otros campos ni los números de los demás equipos.

En este partido hubo algo, cuando menos, raro. Ya en la semana precedente, en Marbella, se hablaba de arreglo. Al descanso perdía el Granada 1-0 y en esos momentos estaba descendido. Pero las crónicas hablan de un Granada desmelenado en la segunda parte en la que tres de sus goles llegaron de penalti (tres penaltis a favor de los rojiblancos en un partido supone un récord histórico), muy claros eso sí, hasta poner el marcador en 1-5 a falta de diez minutos. Marcaron Kike dos (ambos de penal), Merayo dos (uno de penal) y Víctor

Pedro Peso, en la actualidad entrenador y hombre fuerte del equipo de su pueblo, Huétor-Tájar, de la Preferente granadina, fue doblemente protagonista de aquel duelo. A Peso le hicieron dos de los tres penaltis que sirvieron para llevar el marcador de 1-0 a 1-5, y él sostiene que los dos fueron muy claros: en uno de ellos el defensa contrario cortó con la mano una penetración suya; en el otro fue claramente trabado por detrás al pisar área.

Otro canterano protagonista de aquel encuentro, Lina, que con casi cuatrocientos partidos de rojiblanco ostenta el récord de encuentros disputados por un jugador del Granada C.F, coincide con Peso en que, si hubo algo que se salga de la estricta deportividad que debe imperar en un choque futbolístico, los jugadores que lo disputaron no sabían nada ni nadie les dijo nada; ellos hicieron su trabajo y fueron los primeros sorprendidos por lo bien que salió todo.

La duda sobre la legalidad de aquella victoria salvadora siempre quedará flotando sobre la conciencia de los granadinistas que, por otro lado, de esa forma pudimos por fin sonreír después de una temporada para olvidar. Cualquiera que haya jugado al fútbol, aunque sea en la placeta de su barrio, sabe que cuando viene un delantero con el balón controlado siempre es más fácil frenarlo dándole a la pierna que al balón, pero precisamente por eso se inventó el penalti, como medio de impartir justicia y compensar al habilidoso frente al tuercebotas; con esto lo que quiero decir es que los penaltis de este encuentro pudieron ser muy claros, pero eso no despeja dudas sobre si hubo o no hubo algo «bajo cuerda». ¿Fueron los millones de Murado los que evitaron la debacle? Es ocioso hoy planteárselo. En cualquier caso, al final lo que importa es que gracias a esta victoria se salvó satisfactoriamente la peor temporada de la historia del Granada.

lunes, 16 de junio de 2008

SE CANTABA (DESAFINADO) EL ASCENSO


La temporada 1978-1979 supone, por ahora (seamos optimistas), la última gran oportunidad de que ha dispuesto el Granada C.F. para retornar a Primera División. En este ejercicio el Granada fue durante bastantes jornadas líder del único grupo de Segunda División, pero un desfondamiento final muy inoportuno, la ausencia de algunos hombres básicos y alguna que otra circunstancia sospechosa alejaron a los nuestros de culminar con el ascenso una temporada en la que durante gran parte de ella todo apuntaba a que ése sería el desenlace.

En lo extradeportivo (la cruz) ya por entonces empezaba a ser algo inquietante la deuda acumulada por el club, hasta el punto de poner en entredicho su continuidad. Al empezar la temporada la presidencia la ocupaba Salvador Muñoz, hombre que dimitió para dejar paso a su vicepresidente, Manuel Anel. La importante losa dejada por Candi fue incrementada por sus sucesores en bastantes millones y al concluir esta temporada se hablaba ya de una deuda cercana a los doscientos kilos.

En lo deportivo (la alegre cara) en la plantilla quedaban todavía de la máxima categoría, perdida sólo dos años antes, Benítez, Puente, Angulo, Izcoa, Santi y Calera solamente, ya que al finalizar la temporada anterior habían causado baja hombres como Fernández, Falito, Denis Mílar y Lis. Los fichajes más destacados de esta temporada son los de Pepe González e Insfrán, ambos del Zaragoza (aunque el segundo había ya actuado dos temporadas antes como cedido). Pero la principal nota de esta plantilla es que en ella había bastantes granadinos: junto a los ya citados (Puente, Angulo y Calera) fueron titulares este año Gerardo Castillo, Fali, Francis y Jorgoso; y también había en la plantilla otros granadinos que apenas jugaron, como Orihuela, Pepito y Aranda. Otros hombres destacados eran el uruguayo Édison, Antonio Díaz Vaquerizo, Serrano y el goleador canario José Luis, que con sus diecinueve goles fue un pilar básico en la trayectoria rojiblanca. Era entrenador el marroquí, ex granadinista de los cincuenta, Ben Barek.

Faltando sólo cinco jornadas para el final y tras derrotar al Getafe en Los Cármenes (5-0) el Granada era líder con cuarenta y dos puntos y ocho positivos, a un punto del Elche, a dos de Málaga y Betis, y a tres de Almería y Valladolid. Todo estaba dispuesto para celebrar el quinto ascenso a primera, para lo que bastaría quedar en uno de los tres primeros puestos que daban ese derecho de forma automática. Además el optimismo era justificado pues los rivales que quedaban en casa eran de la zona baja y había algún enfrentamiento entre rivales directos, por lo que se pensaba que con ganar los dos partidos de Los Cármenes, ante Jaén y Tarrasa bastaría para ascender. Pero pasó algo a lo que ya estamos tristemente demasiado acostumbrados: sendas derrotas en las salidas a Málaga y Pamplona y en Los Cármenes no se pudo pasar del empate ante Jaén y Tarrasa (los dos descendieron). Con todo, aún se pudo llegar a la última jornada con opciones, era cuestión de ganar en el campo del Betis y que el Valladolid no ganara en el campo del ya descendido Ferrol.

El tropezar con un club sevillano y salir malparado en momentos decisivos es también una de las notas negativas de la historia rojiblanca que se ha repetido más veces de las que nos hubiera gustado. No se puede afirmar rotundamente que en ésta, como en otras ocasiones, no hubiera algo bajo cuerda, algo que no se puede confesar, faltan pruebas y éstas no se van a poder aportar nunca nos tememos, pero lo que sí que es un hecho es que el Betis en esta temporada ya había hecho valer sus influencias federativas obligando a repetir un partido que había perdido contra el Jaén y que en terreno neutral cordobés consiguió ganar, y gracias a esos dos puntos llegó también a esta última jornada con opciones de ascenso. Así que una vez más los hados quisieron que el Granada y el Betis se enfrentaran con todo en juego: el que saliera vencedor de aquel último duelo de la temporada ascendería a primera.

Casi veinte años justos después de la proeza copera rojiblanca compareció el Granada en el Villamarín y antes del descanso consiguió adelantarse con gol de José Luis de magistral lanzamiento de golpe franco. En el descanso parece ser que algún bético de pro y de muchos posibles, muy aficionado él a hacer visitas a los vestuarios en los intermedios, tuvo una charla con alguien; sin especificar quién o quiénes serían esos “alguien”. No sabemos lo que allí se dijo o se dejó de decir ni si esto tuvo algo de repercusión en el resultado final. Seguramente nunca lo sabremos. Pero como forofo irredento y, por tanto, propenso a creer en brujas y fuerzas sobrenaturales para explicarnos las desgracias de nuestros ídolos, uno da por sentado que una vez más triunfó el poderoso caballero y el pobre tuvo que hacer el petate y largarse con el rabo entre las piernas y el amargo sabor de la derrota. Hasta faltar aproximadamente media hora el Granada fue equipo de Primera, pero en ese momento nefasto llegaron casi seguidos los goles béticos de Benítez y Hugo Cabezas que acabaron con las ilusiones granadinistas. La temporada finalizó con el Granada en sexta posición, a dos puntos de la tercera plaza, la que ocupaba el Betis que junto a Almería y Málaga configuraron una terna de ascenso totalmente andaluza. Sirva como cuasi consuelo saber que de todas maneras al final aun con la victoria el equipo no habría ascendido (salvo que esa victoria hubiera sido por más de tres goles) porque el Valladolid superaba al Granada por mejor coeficiente y el ascenso hubiera correspondido a los albivioletas, que vencieron en su último partido. Después de una gran temporada y de habernos llegado durante muchas jornadas a nuestras pobres y vapuleadas pituitarias de forofos ese apetitoso aroma de la máxima categoría del fútbol, al final nuevo batacazo y ya nunca más, hasta la fecha, la afición granadinista ha visto tan de cerca el reingreso entre los grandes.

ÚLTIMA JORNADA DE INFARTO


El Granada pierde 1-0 en Salamanca. Las Palmas y Celta empatan a uno. El Málaga gana 1-0 al Zaragoza. ¿Y el Gijón?: gana al Madrid...

(¿Y el Socuéllamos?: también gana al At. Escalerillas a la vez que el Pedrusco empata en casa del Valderrábanos de Abajo, pero no hay que perder la esperanza porque si el Tokidso marca un gol en el campo del Furrialense y el Pedernoso no se deja ganar por el Torpedo podremos en el último minuto respirar tranquilos).

Mil cábalas y tropecientas posibles combinaciones en la última jornada de la liga y todas, por el momento, arrojaban la triste conclusión de que nos íbamos a segunda. ¡No puede ser! Sin embargo, es. ¡Hay que ver la mala rarra de este equipo! ¡Dita sea! ¡Vamos Lorenzo! ¡Vamos Dueñas! ¡Quiles, por tu padre! A ver ese golito del empate salvador. ¿Cuánto queda? ¡A mí me va a dar algo!

Todas estas cosas iba uno pensando ferial arriba, ferial abajo, la calurosa tarde del veinticinco de mayo de 1975 a la vez que sacudía nerviosamente el transistor por ver si de esta manera podía hacer que las adversas carambolas que el aparato no dejaba de escupir cambiaran de signo y volviera la esperanza. Mientras el reloj, desbocado, no ya corría, volaba, en su avance inexorable hacia el final de los noventa minutos y con él el pozo, el abismo, la ignominia de un descenso de categoría cada vez más cerca.

El Granada de la 74-75 había sido confeccionado por Candi con la idea de dar el salto por fin y clasificarse para competición europea que tan cerca había tenido recientemente. Con ese fin se contrató a principio de temporada al austriaco Parits que había deslumbrado a la afición antes de terminar la anterior en un partido amistoso en Los Cármenes contra la selección argentina, y ya con la temporada empezada se trajo nada más y nada menos que a Mazurkiewicz, portero uruguayo trimundialista de gran fama y considerado uno de los mejores del mundo. Junto a éstos también son fichajes de esta temporada los del defensa central Ederra y el ex madridista Grande. Claro que esos refuerzos tenían la difícil misión de tapar el hueco dejado por la marcha de hombres como Jaén, traspasado al Sevilla, Ñito y, sobre todo, Aguirre Suárez.

La salida del argentino puso fin a la «leyenda negra» y a la mala imagen del club y propició la firma de la paz con el R. Madrid y, para corroborarlo, en noviembre, jornada nueve, en Los Cármenes con visita del equipo merengue, los que tienen la suerte de asistir a aquel encuentro disfrutan con el magnífico espectáculo que unos y otros brindan en el que ha quedado para la historia como posiblemente el mejor partido del Granada en su feudo, con resultado final de empate a tres. En contrapartida, la marcha de Aguirre Suárez también acabó con la solidez defensiva que el equipo había mostrado mientras el argentino vistió de rojiblanco y en esta temporada fue el Granada ampliamente goleado en Gijón (5-1), Las Palmas (4-0), Zaragoza (4-1) y Valencia (7-1).

En toda la primera vuelta anduvo el equipo en los puestos altos de la clasificación y llegó a su conclusión con un positivo. Por eso quién iba a decir que sólo cuatro meses después se iban a pasar los apuros que se dieron. Lo que ocurre es que ésta es la temporada más atípica que se recuerda en la máxima categoría. Baste decir que tan sólo seis jornadas antes de su conclusión únicamente dos equipos tenían claro su destino. Por arriba el R. Madrid era ya campeón merced a los doce puntos que sacaba al segundo. Y por abajo el Murcia aparecía muy descolgado de la zona de salvación. El resto no podía todavía respirar a salvo, es decir, el segundo, el Zaragoza, estaba sólo a seis puntos de la zona de descenso y en la lucha por evitarlo se veían involucrados equipos que casi nunca han pasado por tal tesitura, como Barcelona, At. Madrid, Valencia o At. Bilbao. Nunca en la máxima categoría se ha dado tal igualdad.

La gran igualdad de esta temporada y la baja forma evidenciada por muchos hombres hacen que el Granada, lejos de alcanzar el objetivo europeo con el que soñaba Candi y con él la afición granadina, se fuera desinflando y perdiendo posiciones en la tabla, y al llegar la última jornada hay hasta cinco equipos (Las Palmas, Celta, Gijón, Málaga y Granada) inmersos de lleno en la lucha por evitar los dos puestos de descenso que quedan. El Granada depende de sí mismo, basta con empatar en Salamanca. Si pierde podrá también salvarse según lo que hagan los demás. Lo que ocurre es que Las Palmas y Celta, que juegan entre sí, se salvan ambos con el empate siempre que el Granada pierda. Aquí los mal pensados lo tenemos muy claro y damos por descontado que ése será el resultado del Insular.

En éstas estaba uno la tarde del veinticinco de mayo de 1975, Corpus en Granada, en que un nerviosismo indominable me había llevado a las orillas del Genil, transistor en ristre. (Aprovecho aquí para hacer un inciso y proponer a nuestras autoridades que, ahora que no saben qué hacer con el ferial, vuelvan a ponerlo en el escenario de aquellos años, no tan “sevillanizados”. Quizá sería algo más provinciano pero desde luego era más granadino, más nuestro, de toda la ciudad, no sólo de unos pocos, como ahora). Como decía, ferial arriba, ferial abajo, ajeno al bullicio, sólo pendiente de las noticias que venían de todos los posibles frentes, iba uno maldiciendo el conchabamiento de todas las brujas en contra de nuestro Graná, pues todos los resultados eran negativos para nuestros intereses.

Decididamente el Granada de los setenta no estaba tan gafado como el actual ya que, casi sin tiempo, al borde del infarto, es decir, al estilo de las dos grandes desilusiones recientes que nos hemos llevado los hinchas pero con signo total y felizmente distinto, llegaron por fin buenas noticias en forma de goles en el Insular, rompiéndose la igualada y salvándose el Granada pese a que no fue capaz de empatar en el Helmántico. Por esta vez y sin que sirva de precedente la carambola final fue afortunada para los rojiblancos. Casi sobre la campana el Las Palmas derrotó al Celta mandándolo así a segunda junto al Málaga y al condenado varias jornadas antes Murcia. El empate arrancado en Málaga sólo cuatro partidos antes fue el que a la postre salvó la categoría pues supuso superar el golaverage particular con los vecinos (finalizaron la temporada empatados con el Granada a treinta y un puntos), que se fueron a segunda con tan sólo tres negativos en la temporada más atípica y con más igualdad que se recuerda.

FRANCO Y LA GUERRA




Después de destaparse el escándalo de los oriundos se decidió para la 73-74 permitir hasta dos extranjeros por club. Por eso en esta temporada llegan al fútbol español algunos futbolistas a los que hoy se habría catalogado como de “galácticos”, casos de Netzer y «Pinino» Mas, para el R. Madrid. Y también el que por entonces era considerado mejor futbolista del mundo, Cruyff, que, como sabemos, debutó en el fútbol español haciéndole dos goles a Izcoa en el partido de la primera vuelta en el que el Granada sucumbió en el Camp Nou (4-0). Con él al frente y con Rinus Michels en el banquillo el Barça puso fin a una sequía de catorce años sin ganar la liga, desde la 59-60, desde los tiempos de Kubala. Nuestra pareja de extranjeros no tenía tanto nombre pero también eran dos jugadores con caché internacional: Montero Castillo (otro hombre para engordar la negativa leyenda) y Echecopar, si bien éste había llegado una temporada antes, temporada que se tiró en blanco porque su falsa documentación como oriundo no coló. En ese ejercicio tuvo tiempo de convertirse en ídolo de la afición y levantar grandes expectativas (que posteriormente no confirmó) merced a su más que brillante papel en aquella liga regional que disputaban los clubes andaluces de primera y segunda y también algún tercera (actual Segunda B).

En plena efervescencia de la «leyenda negra», la tarde del 10 de marzo de 1974, jornada veinticinco, nos visitaba el enrachado hacia el título de campeón (veinte partidos consecutivos sin perder) Barcelona de Cruyff, que en su anterior salida, sólo tres jornadas antes, había derrotado al R. Madrid en el Bernabéu por 0-5 en un partido que se ha convertido en un clásico de la larga historia de la rivalidad merengue-culé.

Para dirigir el partido el árbitro designado es un hombre que desde aquel día merece la calificación de bestia negra para los granadinistas, el colegiado murciano Franco Martínez, el cual, al igual que Guruceta, había ascendido a la máxima categoría en la temporada 69-70 y después alcanzó la internacionalidad. Precisamente su debut en Primera fue en el partido de la primera jornada de la 69-70 en el que el Granada se trajo los dos puntos del Pasarón pontevedrés.

En aquella época era usual que a los árbitros se les nombrara sólo por su primer apellido pero, como es fácil imaginar, Franco, en aquellos tiempos tardofranquistas había sólo uno, por lo que a alguien con ese apellido que había tenido la ocurrencia de hacerse del oficio que por excelencia lleva aparejada la condición de chivo expiatorio de las frustraciones (futboleras o de las otras) y sentina donde van a parar impunemente todas las injurias, había que distinguirlo de alguna forma, no fuéramos a confundir. Por lo que nada de Franco, así, a secas, sino que había que acompañarlo de su segundo apellido. Claro que a pesar de esto y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (y el Darro por Graná), no faltaban los disidentes del sacrosanto régimen (desagradecidos ellos) o simplemente guasones que no dejaban pasar la ocasión que se les brindaba y era frecuente que, en los partidos en los que el del pito era este hombre, del anonimato de la masa forofa surgieran gritos como: ¡Franco, cabrón! u otros inocentes desahogos por el estilo sin que en esta ocasión el osado gritón se viera inmediatamente rodeado de guardias de la porra. Este referí, que fue internacional e incluso pitó en algún Mundial, tenía por completo vetada, por razones obvias, su presencia en una final de Copa del Generalísimo.

Tal como lo vi lo cuento: apenas se llevaban jugados dos minutos de partido cuando Marcial se deja caer en el área granadinista de la portería de la Cárcel sin que nadie lo toque y, como para dejar las cosas claras desde el principio, Franco Martínez, desde casi el centro del campo y después de dejar pasar una eternidad, señala penal sin arredrarse ante las quejas de los rojiblancos. Protestas y más protestas y sus buenos cinco minutos hasta que Rexach lanza la pena máxima y marca, mas, lo que son las cosas, alguien desde la preferencia ha arrojado una almohadilla que aterriza sobre la parte superior de la red de la portería simultáneamente al momento en que el balón entra en el marco, por lo que, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, este Franco ordena repetir el lanzamiento entre las protestas ahora del bando culé. El segundo disparo de Rexach es atajado por Izcoa, así que la primera felonía del referí queda sin efecto y el marcador no se mueve.

Y tan sólo cinco minutos después Quiles recoge un balón en profundidad de Toni (despeje a lo que salga, diría la prensa catalana) y sin que nadie le estorbe se planta en las inmediaciones del área barcelonista para batir a Mora de tiro afortunado: 1-0 con el que disfrutan los más de veinte mil espectadores que abarrotan Los Cármenes entre los que abundan seguidores barcelonistas venidos de provincias vecinas.

Toda la primera parte es de buen juego y dominio rojiblanco y en ella hay más de una ocasión granadinista desaprovechada. El que ha concitado la máxima expectación, Cruyff, no aparece, no está, porque Pedro Fernández lo somete a un estrechísimo y limpio (hay que insistir en lo de limpio) marcaje que no le deja tocar bola.

Nada más comenzar la segunda parte Echecopar (el deseado) manda el balón a la red, pero a instancias del linier se anula el que hubiera supuesto segundo tanto rojiblanco, aunque, en honor a la verdad, hay que decir que este gol estuvo bien anulado. Y enseguida Juan Carlos empata para los azulgranas de gran disparo casi sin ángulo. Desde ahí hasta los últimos minutos hay alternativas y cualquiera puede marcar. Y el partido se ha puesto interesantísimo, tanto como aquellos otros contra cualquier grande que servidor tuvo la suerte de disfrutar cuando apenas empezaba a quedar para siempre enganchado a esta cosa del “funbos”, cuando llegaban los últimos momentos y se veía patente la posibilidad de que nuestro Graná hiciera morder el polvo a un poderoso; en los tiempos en que el rojiblanco era un cuadro duro de pelar hasta para los grandes del fútbol nacional, y más en su fortaleza de la carretera de Jaén.

Pero lo gordo ocurre cuando apenas quedan tres minutos para el final. Con un Granada convencido de que puede anotarse los dos puntos y volcado sobre el marco barcelonista tras saque lejano de falta con balón a la olla, se produce una jugada embarullada en el área catalana en la que un tumulto de jugadores de uno y otro equipo propicia carambolas y rechaces por doquier, y en uno de ellos el guardameta Mora despeja apuradamente con el pie con la fortuna de que el balón tropieza en el pecho de Montero Castillo y acaba dentro de la portería, gol perfectamente legal que supone la victoria del Granada pues apenas queda tiempo y así se celebra con euforia sobre el césped y en las gradas. Pero ¿qué ocurre?, pues que Franco Martínez, nuevamente desde su casa y después de casi media hora, anula el gol tocándose el brazo izquierdo con su mano derecha, en un gesto que viene a significar que el uruguayo se ha ayudado con el brazo y que también puede interpretarse por el forofismo como un ostensible corte de mangas con el que este infausto Franco se burla de la hinchada. Ira y furor recorren los graderíos de Los Cármenes que parece venirse abajo. Sapos y culebras, maldiciones, denuestos, gritos de “¡Guruceta!”, “¡Guruceta!”, despegan del cemento y aterrizan sobre el césped a la vez que una copiosa lluvia de almohadillas y otros objetos.

El juego está detenido mientras se va retirando todo lo caído sobre la hierba y de nada valen las protestas locales. Y para culminar su nefasta actuación Franco Martínez ordena continuar el juego ¡¡¡cuando el terreno está todavía lleno de almohadillas (que continúan cayendo sin parar) y de empleados de gorrilla que las están retirando!!! Así, en medio de un follón como no se ha visto otro igual, termina al fin un partido que el Granada mereció ganar y que hubiera ganado de no ser por aquel Franco de mal recuerdo, que se retira a los vestuarios en medio de todo un ejército de guardias que lo protegen y de un verdadero turbión de aquellas armas arrojadizas que eran las almohadillas que llevaban el emblema de la Cruz Roja, bien rellenas de borra, que pesaban lo suyo y más cuando como en aquella ocasión se encontraban mojadas por la lluvia. Este colegiado permaneció enclaustrado en los vestuarios hasta más de dos horas después, cuando fuertemente protegido por policías abandonó el recinto por la puerta de la localidad de General para ser conducido hasta la estación de Albolote donde tomó el tren expreso de Madrid, despidiéndose así de nuestra tierra y de nuestro equipo al cual ya no volvió nunca más a dirigir.

«ESCÁNDALO». Así, en grandes caracteres y remarcado titulaba la crónica del partido, que firmaba José de Vicente, Ideal de 12 de marzo de 1974. Y ya en letras más pequeñas continuaba: «El árbitro fue el protagonista principal». «En un partido de hipertensión empató el árbitro, no el Barcelona».

Para los granadinistas de por entonces aquel partido se podría calificar casi como “de guante blanco”, porque estábamos acostumbrados a que en los partidos del Granada de aquellos años hubiera sus más y sus menos entre nuestros jugadores y los contrarios, y eran relativamente frecuentes los desplantes y los forcejeos entre futbolistas por culpa de las “gracias subterráneas” de Aguirre (y de otros no tan señalados, todo hay que decirlo); sin embargo en el caso concreto de este partido contra el Barcelona no hubo nada de esto (o al menos desde la grada no fue apreciable) tal como el mismísimo José María García lo comentó en su ya por entonces famoso programa desde los micrófonos de la SER, y todo el partido transcurrió por cauces pacíficos hasta el punto de que si no hubiera sido por el “follaero” final que el nefasto Franco propició seguramente este partido habría sido uno más de los diecisiete enfrentamientos ligueros granadino-barcelonistas de la historia, sin nada más destacable salvo la presencia por primera vez en Granada de alguien de la talla de Cruyff y la pasión que siempre desata la visita de un grande.

Ya lo dice el refrán. La fama del Granada y sus jugadores por aquellos años podía más que la realidad, de ahí quizá las excesivas declaraciones pos partido que, aún reconociendo que el que suscribe es un hincha rojiblanco irredento, hay que considerar que están fuera de lugar pues, insisto, en aquel partido no hubo más incidentes ni más crispación que la que provocó este gol injustamente anulado en el último suspiro: «Un equipo ha salido a anular a otro por medios incorrectos»; «Cruyff ha salido con la idea de que no terminaría entero». Son declaraciones de Rinus Michels a Ideal. «El público, demasiado excitado, pidiendo sangre en todo momento», también declaraciones del míster barcelonista, en este caso al diario Informaciones. Esas declaraciones de Michels contrastan con las de Cruyff al mismo diario: «...la dureza y el público, lo normal cuando visita el Barcelona».

Pero en cuestión de declaraciones, lo que más ha hecho pasar a la historia este partido es el exceso verbal del barcelonista Asensi al diario Informaciones: «Aguirre Suárez me dio un puñetazo sin balón. Y a Sotil le dieron una patada también sin balón. En cuanto cualquiera de nosotros pisábamos el área nos echaban a patadas. ¡Qué razón tenía Amancio cuando dijo en una ocasión que no quería ir a Granada porque tenía miedo! Hay que armarse de valor para ir a jugar allí. Es como ir a la guerra. No me extraña que los del Valencia se pongan la venda en los ojos. Aquello es un desastre».

El gran escándalo, que para los que lo presenciamos (no me cansaré de repetirlo) no fue tal y la culpa de todo se debió a la desastrosa actuación del referí, coleó aún años después y la frase «jugar en Granada es como ir a la guerra» se convirtió en un latiguillo que, viniera o no a cuento, más de una vez se le lanzaba a los nuestros y había que cargar con él resignadamente.

domingo, 15 de junio de 2008

DE LAS INDIAS VINO LA "LEYENDA NEGRA"



El Granada de los años setenta, el mejor de su historia, el “matagigantes”, el que rozó por dos veces la clasificación para la Copa UEFA y, por eso, mereció también por dos veces el título honorífico de “equipo revelación”, es asimismo el de la llamada «leyenda negra», chafarrinón que, siempre asociado al nombre de dos jugadores granadinistas, afea el expediente de la trayectoria histórica de los rojiblancos. Esa leyenda negativa nos retrata a un equipo sanguinario y tramposo, una especie de comeniños que construía sus éxitos a base de amedrentar al contrario y sin importarle el menoscabo de tibias y peronés rivales, jugando siempre sobre el mismo pretil de la legalidad balompédica si no directamente vulnerándola con alevosía, nocturnidad, astucia, cuadrilla, y hasta con escalo. El infamante mito salpica también a la afición rojiblanca, a la que presenta como a un auditorio palurdo, ávido de sangres e higadillos forasteros desde unas gradas analfabetas de lo que se debe entender por deporte. Sin duda es una exageración, pero tampoco, por más que nos pese, se puede decir que, al menos el primero de los cargos, sea del todo una falacia.
La leyenda tiene sus fechas: desde la temporada 71-72 hasta la 73-74. Y tiene también sus protagonistas más señalados, el que más, un argentino, Aguirre Suárez, cuyo ingreso en el Granada señala el nacimiento de la leyenda y cuya salida del club obedeció justamente al deseo de sacudirse la funesta fama. Como sabemos, este jugador desembarcó en Granada tras haber sido suspendido en Argentina por un periodo superior a un año (algunas autoridades en la materia afirman que a perpetuidad) por causa de su exhibición de boxing frente al “desertor” Combin del Milán, sobre el bonaerense césped de La Bombonera, en 1969. Otro protagonista destacado, el segundo de la famosa pareja, es un paraguayo, Pedro Fernández, un jugador todo entrega y pundonor y muy querido de la afición rojiblanca, duro pero mucho menos malintencionado, hoy de nuevo entre nosotros. A mucha más distancia les sigue el tercer protagonista principal, un uruguayo, Montero Castillo, que llegó en el momento en que la negra leyenda alcanzó su máximo auge, en la 73-74, jugador también fiero en labores de contención, aunque éste en el centro del campo frente a los otros dos cuyo puesto era el centro de la zaga. Los tres eran todo lo leñeros y marrulleros que se quiera, pero también eran grandísimos jugadores y habían militado en clubes punteros; y su rendimiento mientras vistieron de rojiblanco hay que catalogarlo de magnífico. Y a muchísima más distancia de los tres anteriores, se podría hablar de otros hombres que no daban tanto pero si se terciaba no se quedaban atrás, como Jaén o Barrios, o el mismo Ñito.
Al hablar del fútbol español de la época que abarca los últimos sesenta y primeros setenta es necesario referirse a la sudamericanización que nuestra pasión favorita experimentó. Por entonces en el fútbol español regía la prohibición de contratar jugadores extranjeros, vigente desde el fracaso en el Mundial de Chile (1962), donde compareció nuestra selección con bastantes jugadores foráneos pero nacionalizados, entre ellos Di Stéfano y Puskas, los dos ya en la cuesta abajo de sus respectivas carreras. Lo que se pensó como una medida para proteger el fútbol nacional a la larga produjo el efecto contrario pues no se había contado con nuestra sempiterna picaresca y se dejaron numerosos portillos por donde vulnerar la “ley seca” (nuestra picaresca y la de allende los mares, oriunda ciertamente de la hispana), por lo que al otro lado del charco se estableció enseguida toda una industria falsificadora de pedigrís hispanos por un módico precio. De esta forma por aquellos años desembarcaron en nuestro fútbol todo tipo de jugadores a los que, según nuestra legislación, no se les consideraba extranjeros por ser descendientes de españoles, los cuales regresaban a la tierra de sus mayores, aunque ese terruño estuviera en lugares tan desconocidos en la propia España como Osasuna, Celta o Betis.
Hay una anécdota de la época, muy conocida, según la cual cuando Aguirre Suárez llegó a España como descendiente de emigrantes pamplonicas, al ser preguntado por la prensa sobre si su padre era navarro respondió: “nada de navarro, mi padre era de Pamplona”.
Eran los oriundos. Bajo esa denominación llegaron a España futbolistas con los papeles en regla junto a muchísimos con ellos falsificados, y también llegó algún que otro buen jugador, pero al mismo tiempo se colaron en el deporte nacional muchos futbolistas que de no haber sido por la prohibición y por la acción u omisión de algún que otro “espabilao” dudamos mucho que alguna vez hubieran podido jugar en el fútbol español. A este respecto no está de más recordar a un tal Cabral, paraguayo, o al menos eso decía él, que le colocaron al Granada en la 73-74 después de haber probado suerte en media España. Recordarán los aficionados (los pocos que vamos quedando) a aquella especie de Quasimodo cuya sola aparición en la banda con vistas a una posible sustitución desataba un notable pitorreo general en las gradas, con aquella cabeza jibarizada y una espalda escoliótica (y perdonen los “palabros”), que tenía pinta de cualquier cosa pero no de futbolista; efectivamente, las dos o tres veces que llegó a jugar con el primer equipo confirmó que futbolista, lo que se dice futbolista, no era.
Fue un gran escándalo en el deporte español aquel de los falsos oriundos. Por eso, al llegar la temporada 73-74 y ante las presiones desde Vascongadas y Cataluña y el famoso dossier de Roca Junyent, se decidió poner fin a la prohibición y permitir hasta dos extranjeros por equipo. Pero a estas alturas prácticamente todos los equipos de primera y segunda (menos los vascos) contaban ya con numerosos jugadores sudamericanos que respondían a la denominación de oriundos. En esta faceta destacan sobre todo el Zaragoza, el Elche y nuestro Granada.
El Granada C.F. de la 73-74, que como sabemos quedó sexto en la máxima categoría, podría ser recordado como el de los “granaguayos” (tomando prestado el término que más tarde popularizó la prensa para referirse a aquel Zaragoza de los “zaraguayos”) porque el club rojiblanco contó con hasta nueve jugadores nacidos allende el Atlántico. Y es que Candi fichaba todo lo fichable con tal de que viniera de las Indias mientras que en la plantilla de aquel año sólo figuraron dos canteranos (Angulo y Pepe Navarro) y ninguno llegó siquiera a debutar en liga. Además, para hacer hueco a tanto “indio” -dicho sea sin el menor atisbo de ánimo despectivo- esa misma temporada se le había dado la baja a hombres tan importantes en la historia granadinista como Vicente y Santos, a los que aún les quedaban algunos años de buen fútbol. Se puede hacer un equipo de sudamericanos con los que trajo Candi en el periodo que va de 1968 a 1975: Mazurkiewick en la portería; en la defensa formarían Pazos (si bien éste no lo trajo Candi, era cedido del Sevilla), Aguirre Suárez, Fernández; para el centro del campo Montero Castillo con Benítez, Oruezábal y Denis Mílar; y para la delantera Echecopar, Escobar y Maciel; quedarían para el banquillo, además de Pipo Rossi como técnico: Juárez, Ferreira, Gómez y Cabral.
Sobre la leyenda negra del Granada C.F. se ha escrito mucho y se ha leído también lo suyo. Hay abundante literatura y entre ella excelentes obras en las que se habla de esta espinosa cuestión. No me resisto a reflejar algunos ejemplos. Refiriéndose a los falsos oriundos y a la huella de dureza que alguno de ellos dejó a su paso por el fútbol español, Julián García Candau exagera en su libro “La moral del Alcoyano”: «Uno de aquellos filibusteros del fútbol era Aguirre Suárez, que coincidió en el Granada con Fernández, otro angelito. Los dos juntos eran capaces de lesionar a media liga. A Amancio le abrieron un muslo en canal y al delantero del Valencia Forment, un joven prometedor, lo mandaron cojo para siempre a Tercera División».
Y esta cita del libro de Alfredo Relaño “El fútbol contado con sencillez”: «Aguirre Suárez fue suspendido de por vida para jugar en Argentina. Pero encontró trabajo como futbolista... en España. Le contrató el Granada, que le unió a un paraguayo feroz apellidado Fernández. A su lado se asilvestraron unos cuantos jugadores españoles. Durante tres temporadas, el campo de Los Cármenes fue el terror. Allí el que se atrevía a pasar de medio campo se jugaba la pierna o la cabeza. Amancio tuvo una lesión terrible por patada de Fernández que le sajó en dos el cuádriceps de la pierna derecha.»

La malhadada leyenda tiene también sus momentos cumbre, y ejerciendo de improvisado Bartolomé De las Casas, se pueden relacionar sus hitos más conocidos, casi todos ellos en partidos contra Valencia o Real Madrid: de la 71-72 encuentro Granada-Valencia, plagado de situaciones conflictivas y con declaraciones pos partido del míster valencianista Di Stéfano (que no se quitó el sombrero) arremetiendo verbalmente contra su compatriota Aguirre Suárez y sus trapacerías. En la misma temporada, visita granadina al Bernabéu, con trifulca entre jugadores de ambos equipos y expulsión de Amancio y Fernández (que salió en camilla). De la temporada 72-73 tenemos la lesión del valencianista Forment en partido celebrado en Los Cármenes por una entrada alevosa de Aguirre Suárez. Y de la 73-74 se puede destacar el codazo del argentino al ojo de Santillana en partido en Granada de la primera vuelta, para finalizar con la espectacular y archiconocida lesión de Amancio por Fernández ya en partido de copa y después de finalizada la liga. En medio el partido contra el Barcelona de Cruyff del que resultó la famosa frase de Asensi, resumen de la malhadada leyenda: «jugar en Granada es como ir a la guerra». Son los momentos que alcanzaron más fama, lo cual obedece al hecho de que se produjeron ante grandes, pero no se agotan ahí, hay muchos más que no son tan conocidos y que no vamos a relacionar aquí.
El sambenito de equipo leñero endosado al club de nuestros amores, admitámoslo, fue ganado a pulso. Aunque la leyenda negra se ha magnificado, ya que resulta más fácil –y menos arriesgado- ensañarse con el débil que con el poderoso, repito, manque nos pese, las voces que acusan al Granada de los setenta de ser un equipo leñero no mienten, sólo que esas voces a menudo olvidan el contexto histórico en que esta circunstancia se produce, y olvidan también que nuestros jugadores podían ser violentos y tramposos, pero no constituían una isla tenebrosa en medio de un plácido mar en calma. Y ese contexto no lo referimos exclusivamente al fútbol español sino que es un fenómeno mundial, especialmente sudamericano, caracterizado porque en el fútbol que se practicaba se imponía el cerrojazo y primaba la defensa a ultranza. Quiero decir que por entonces se estilaba una defensa y unos defensas más de presa, menos técnicos que en la actualidad, y casi todos los equipos (grandes y pequeños) alineaban en labores de contención a jugadores “aguerridos” (por decirlo suavemente), o sea, perfectamente equiparables a nuestra famosa pareja de aquellos años. Está feo señalar, pero ahí estaban los argentinos Ovejero y Panadero Díaz, del At. Madrid por citar así, a vuelapluma, a los más conocidos o, como representación nacional, los mismos De Felipe, del Español, o Benito «Hacha Brava», del R. Madrid; o Gallego del Barcelona, o Eladio que del club catalán pasó al Hércules, más alguno que otro menos conocido que haría la lista interminable, y eso refiriéndonos sólo al fútbol español. Todos ellos cuando defendían no repartían precisamente felicitaciones de navidad. Sea como fuere, no puede servir de justificante el hecho de que la dureza en el fútbol de la época era algo cotidiano.
Lo de Fernández a Amancio en Los Cármenes ya sobrepasó todo lo soportable y desató una auténtica bulla nacional. Así, al terminar la 73-74 y con ella la vigencia del contrato granadinista de Aguirre Suárez, el argentino es despedido y llega al final la triste leyenda del equipo rojiblanco. Fernández tenía contrato en vigor y se le buscó sin éxito un equipo extranjero, por lo que después de cumplir los quince partidos de sanción que le cayeron continuó en Granada varias temporadas más, y sin el argentino a su lado parece que se moderó y no volvió a dar que hablar. Todavía algunos años después y con motivo de algún que otro escándalo futbolero en Los Cármenes propiciado por una mala actuación arbitral tenían que soportar los nuestros que alguien se permitiera resucitar la dichosa mala leyenda trayéndola de unos descontextualizados pelos que no venían a cuento alguno pero que había que encajar estoicamente.

UN FANTASMA EN LOS CÁRMENES



El denominador común de los escritos que van por delante en esta serie es que en todos ellos se refieren circunstancias y desenlaces en los que, para el hincha, no quedó muy claro si habían o no habían influido factores ajenos a la estricta deportividad que debe imperar en el mundo futbolero, por derivarse de ellas un resultado adverso para los nuestros. Hemos pasado por encima algún que otro caso en el que no hubo ningún tipo de ente maléfico conspirando contra los nuestros sino todo lo contrario, como en la temporada 56-57, mal llamada del ascenso de Puente-Genil (el ascenso se consiguió en Almendralejo), en la que mejor es no remover lo que pasó o dejó de pasar en el pueblo cordobés, porque nuestro amor a unos colores deportivos puede más que el constatar que repasando aquellos acontecimientos se nos suben al rostro otros colores, y no precisamente deportivos. De todas formas, para quien quiera conocer más de esta peliaguda cuestión, les remitimos al excelente trabajo de Ramón Ramos, «Los finalistas del 59», donde se narran los hechos.

Pero para ejemplo de mirar para otra parte y no querer ver las vergüenzas del club de nuestros amores, para ejemplo de disimulo colectivo, lo que ocurrió en Los Cármenes el día 9 de diciembre de 1973, jornada 13 de la 73-74. En el minuto seis de partido, con 0-0 en el marcador, el canario Germán Dévora, uno de los varios internacionales con que contaba el rival de aquella tarde, el Las Palmas (junto con Tonono, Castellano y Martín Marrero), enganchó desde la frontal del área un seco disparo contra la portería del marcador que defendía Izcoa y clavó el balón en toda la escuadra. Un golazo como una catedral, de esos que se suelen calificar como “de bella factura” (siempre que no se lo metan al equipo de uno, claro). Pero a continuación no sacaron los nuestros de centro. ¿Y cómo es eso? (-Pues nada, ¡oiga!, no alborote ni dé pistas que yo no he visto ningún gol ¡hombre! O es que no ve que el balón está aquí). Que Dios existe y ayuda a los buenos, pensamos los hinchas aquella tarde mientras silbábamos y nos mirábamos unos a otros de reojo aguantando la respiración no fuera a ser que se despertara la tarasca, es decir, el colegiado Balsa Ron.

Lo que ocurrió es que el tirazo de aquel excelente delantero canario, por suerte para los granadinistas, fue a atravesar un roto de la red o bien la rompió por la gran potencia que llevaba. El caso es que la red apenas se movió y el balón acabó en la grada, y gracias a la limpieza con la que el esférico atravesó las mallas muchos de los que asistían al partido ni se enteraron del gran gol, entre ellos el árbitro (un ángel de candor aquel Balsa) y el linier. Sin embargo, aquel bueno de Balsa Ron en primera instancia había señalado el centro del campo, pero se volvió atrás de su primera decisión -al ver que el juez de línea permanecía en su sitio- y ordenó saque de puerta entre las tímidas protestas de los amarillos (seguramente muchos de ellos tampoco se enteraron) y el suspiro de alivio de los granadinistas. Los que sí que nos enteramos perfectamente -y durante el momento de duda que siguió ya no sabíamos cómo ponernos para no despertar sospechas- fuimos los que seguíamos el partido desde la preferente sur o del marcador, que vimos con nitidez el balón golpeando la red y sorprendiendo a Izcoa. Si se hubiera podido sacar una instantánea de la grada en aquel momento sería curioso descubrir, por inusuales, las diferentes actitudes que cada uno de los forofos presentes adoptábamos: unos con los labios juntos silbando la melodía de moda, otros tanteándose el cuello de la camisa que no sentían, otros mirando para El Fargue o para las nubes, o mirando la hora en el reloj, hasta que nos volvió el pulso cuando vimos que se sacaba de portería.

En realidad por aquellos primeros años setenta los granadinistas estábamos muy bien entrenados en eso de mirar para otra parte y hacernos los suecos cuando veíamos determinadas cosas sobre el verde césped. Recuerden que en el eje de la defensa contábamos con el «cacique del área» Aguirre Suárez; así que, por ejemplo, si cuando iba a sacarse un córner en contra, de pronto un jugador contrario rodaba por el suelo, todos sabíamos que era porque había tropezado o porque algo que comió no le había sentado bien o le había dado un ataque de risa, seguramente porque el bueno de Aguirre le habría contado un “chiste” de los suyos.

En esta ocasión, mucho más que en ninguna otra, salió este forofo que suscribe con la sensación de haber sido de verdad el jugador número doce y haber contribuido de alguna forma al triunfo de mi equipo. ¿Que es una injusticia que un golazo como aquel, totalmente legal, no valiera? De acuerdo, pero no le hablen al hincha de justicia en el mundillo del fútbol, y menos a un hincha de un modesto. Vaya este gol fantasma por las muchas ocasiones en que ha habido que agachar la cabeza y aguantarse con la sinrazón infligida por el referí de turno. El corazón rojiblanco tiene razones que la razón no entiende, decía uno para sí.

Aquella tarde en Los Cármenes los mengues jugaron a favor de los nuestros pues, aparte de no subir al marcador ese magnífico gol en contra, unos veinte minutos después, el propio Germán se quedó completamente solo delante de Izcoa, pero, cosa rara en el canario, uno de los mejores delanteros de las islas de todas las épocas, falló estrepitosamente desperdiciando una gran ocasión de ponerse por delante. Pero todavía hay más ya que el primer gol granadino fue un churro porque el guardameta del Las Palmas, el gran Carnevalli, portero de la selección argentina mucho tiempo, hizo el Don Tancredo en un centro al área flojito a saque de falta de Jaén que acabó en la red sin que nadie lo tocara. Y el que suponía el 2-0 también llegó con la colaboración del cancerbero argentino (decididamente, no era su tarde), que no sujetó un disparo de Chirri dejándola muerta para que el vallisoletano Lorenzo, que debutaba aquella tarde, empujara a la red nada más empezar la segunda parte. Posteriormente llegaría el definitivo 2-1 al transformar Germán un penal con el que Balsa Ron castigó a los nuestros.

Los periodistas de la época tampoco vieron el gol fantasma. Tanto José De Vicente y José Luis Piñero, en Ideal, como José Luis Codina, en Patria, afirman que el balón golpeó en un lateral de la red. Además en el reportaje del Estudio Estadio de entonces, que se emitía los lunes, pasaron el gol fantasma afirmando que ése era el tanto válido de los canarios en aquel partido. Yo sí vi el magnífico golazo, pero no se preocupen que no se lo voy a contar a nadie.

EL SHOW DE GURUCETA



Transcurridos casi veinticuatro años desde la actuación estelar en Los Cármenes de Gojenuri, en aquel ya lejano septiembre de 1947, las nuevas generaciones de forofos habían olvidado su mal nombre y estaba vacante en la mente de la hinchada un apellido de árbitro para ser lanzado al aire como insulto cuando la actuación de un trencilla se juzgase como perjudicial para los intereses rojiblancos. Así hasta el partido que el 31 de enero de 1971 enfrentaba en casa al Granada C.F. con el Sevilla, para el que el árbitro designado fue el guipuzcoano José Emilio Guruceta Muro.

Ningún otro árbitro, ni hasta el momento que nos ocupa ni en los años que ya han pasado desde entonces, ha alcanzado las cotas de malditismo y polémica que este Guruceta de mal recuerdo, que en los últimos años del franquismo y primeros de la transición dejó su funesta huella en más de los que sería deseable campos del balompié patrio y europeo. Como un Gran Cabrito que congregara en torno suyo a todas las brujas y espíritus malignos, su especialidad era crispar los nervios de los forofos hasta la demonización y acabar saliendo de los terrenos de juego entre guardias de la porra. Sus recitales acabaron en altercados de orden público tantas veces que es difícil que su marca pueda ser superada por otro trencilla.

Para los entendidos en fútbol y para casi el común de los aficionados balompédicos el buen árbitro es el que pasa desapercibido en su precaria labor de tratar de impartir justicia sobre un terreno de juego, cuestión ingrata y nada fácil, y menos aún cuando en un partido de fútbol vienen a darse cita otros factores que trascienden el ámbito puramente deportivo y actúan como catalizadores de sentimientos reprimidos de frustración colectiva de una comunidad. Pero este hombre no era ni mucho menos una persona que se conformara con pasar desapercibida sino que, por sus hechos lo conoceréis, se debía considerar a sí mismo como una vedette, como una “prima donna del pito” que gustaba de estar en la cresta de la polémica, porque son tantos los cargos que distintas aficiones futboleras mantienen contra su papel en un terreno de juego que sólo se puede concluir dos cosas respecto a la personalidad de Guruceta: muy pagado de sí mismo, le gustaba asumir un papel protagonista, no segundón, como debe ser el de un árbitro; muy bien pagado de otros, en sentido literal, era un árbitro indigno, un juez corrupto que se dejaba untar.

No son precisamente los atributos de lo que debe ser un buen árbitro, sin embargo aún a día de hoy el nombre de Guruceta sigue designando el trofeo al mejor juez futbolero que cada temporada otorga un popularísimo diario deportivo nacional. Y no deja de ser un despropósito equiparar el nombre de Guruceta a los muy ilustres de Pichichi y Zamora que el mismo diario concede, y además viene esto a darle argumentos a quienes opinan que el R. Madrid era beneficiado por las autoridades del Régimen más o menos encubiertamente, porque una de las principales acusaciones que contra este árbitro mantienen sus detractores es que favorecía a los merengues. Y añaden desde Barcelona que si actuaba así es porque obedecía consignas anticatalanistas dictadas desde el mismísimo Palacio del Pardo. Precisamente la fama del guipuzcoano empezó, justo después del sonadísimo escándalo que protagonizó en junio de 1970, en el Camp Nou, con el Barça como perjudicado y con el R. Madrid como beneficiado, todo un clásico futbolero nacional, repetido “ad nauseam”, dentro de otro clásico futbolero como es la rivalidad Madrid-Barcelona. Aquel partido supuso la eliminación del Barcelona en cuartos de Copa y concluyó en medio de un follón sin igual; más de treinta mil almohadillas volaron desde las gradas al terreno de juego, escribió en el acta el propio Guruceta. Tan grande fue el escándalo que, se dijo veladamente en la prensa, salpicó a las autoridades del Régimen y trajo como consecuencia el cese menos de un año después de Samaranch al frente de la falangista Delegación Nacional de Deportes y su sustitución por Joan Gich. Las presiones catalanas ante lo que se entendía como un ultraje a toda Cataluña propiciaron la muy ejemplar sanción de seis meses sin tocar el pito para Guruceta, el propio de su oficio y el de los que desde las gradas tenían que encajar impotentes las consecuencias de sus aquelarres.

El catálogo de sevicias cometidas por Guruceta por toda la geografía nacional es bastante amplio, recordemos: antes de lo de Barcelona, temporada 69-70, en Elche, en un partido contra el At. Bilbao, fue detenido al finalizar el encuentro por orden del alcalde ilicitano (los alcaldes franquistas mandaban mucho) por liar toda una asonada entre los que asistían al encuentro al señalar cuando éste finalizaba un más que dudoso penalti a favor de los visitantes que supuso el gol con el que los vascos se llevaron los dos puntos. Y éstas de cuando ya se había convertido en figura del espectáculo: la afición colchonera lo tiene entre sus bestias negras desde un partido de Copa ante el Español en el que (a juicio de los forofos atléticos) no dio una a derechas, nefasta actuación culminada con la roja directa a un jugador que ha pasado a la historia del fútbol nacional como paradigma del juego limpio y la caballerosidad en un terreno de juego, José Eulogio Gárate, por el sólo hecho de hacerle la observación «ha sido falta del 7», siendo la única vez en su carrera que este gran futbolista fue expulsado. En Valladolid también dejó impronta de su mal hacer en un partido frente al R. Madrid en el que no vio dos clarísimos penaltis en el área merengue. Igualmente, la afición che se la tiene jurada por una actuación suya en una final de Copa frente al R. Madrid.


Y como traca final y apoteosis en el abultado debe de este referí: en 1997, después de diez años de su desgraciada y prematura muerte en accidente de tráfico, cual un nada heroico Rodrigo Díaz de Vivar del pito que vuelve a cabalgar cuando ya no se cuenta entre los vivos, su fantasma vino a visitar al que en 1984 era presidente del club belga Anderlecht, Constant Van Den Stock, que se vio obligado a confesar que en el partido de vuelta de semifinales de Copa UEFA ante el club inglés Nottingham Forest (2-0 de la ida), celebrado el 25 de abril de 1984 ofreció un “préstamo” de cuatro kilos a Guruceta (que éste se apresuró a aceptar) a cambio de hacer un “arbitraje blando”. Aquel partido concluyó con tres a cero favorable a los belgas y el tercer gol llegó de un penal, de ésos que los mal pensados nos podemos imaginar. El Anderlechet fue sancionado por esta causa con un año sin disputar la primera competición internacional europea para la que se clasificase.

Como decíamos al principio, a Granada llegaba Guruceta en la jornada veinte de la temporada 70-71 para arbitrar el partido de los rojiblancos contra el Sevilla. Aquel Granada, dirigido desde el banquillo por Joseíto en su segunda etapa en nuestra ciudad, afrontaba su tercera temporada consecutiva (duodécima de su historia) en Primera y ya presagiaba las grandes tardes de fútbol que se avecinaban. El equipo se mantuvo toda la liga en los puestos de la mitad de la tabla y no pasó ningún apuro para conservar la máxima categoría, finalizando décimo de dieciséis. Ya despuntaban jugadores como De la Cruz y Lasa, los fichajes más destacados de aquel año junto con Jaén. Otros fichajes de esta temporada son los de Fontenla, Juárez (un falso oriundo con pasaporte paraguayo pero que en realidad era argentino), Ramón Tejada y Blas. Permanecía el armazón de anteriores: Barrios, Vicente, Ñito, Barrenechea, Lorenzo, Fernández, Santos, José, Martos, Noya, Tinas y Aguilera. En el equipo figuraba asimismo un jugador llegado dos temporadas antes pero que hasta el momento sus apariciones en las alineaciones rojiblancas habían sido muy escasas: Porta.

Cuando el calendario hace que se llegue a la jornada veinte, 31 de enero de 1971, el colegiado Guruceta afronta su tercer partido desde que saliera de la sanción de seis meses que le costó el show de Barcelona. En aquel lluvioso y frío día de final de enero el césped de Los Cármenes era un barrizal sobre el que el Granada se desenvolvió mejor y mereció la victoria, cosa que hubiera conseguido de no ser por el de negro, tarasca antirrojiblanca por excelencia, que después de escamotear un penalti por derribo a Barrios en el área hispalense, anuló el gol más espectacular y difícil de ver en un campo de fútbol (yo al menos no he vuelto a ver otro parecido) a falta de siete minutos para el final: Porta (¿quién si no?), que había salido unos minutos antes en sustitución de un compañero, cazó por el aire y de chilena, de espaldas a la portería, un saque con la mano del cancerbero Rodri, con la fortuna de que su envío fue a introducirse en la meta sevillista; gol perfectamente legal que este Guruceta invalidó por fuera de juego posicional de Barrios, que no vio el gol pues estaba de espaldas a la jugada y no interfería para nada en la acción ni se encontraba en la trayectoria del esférico Lo más seguro es que este árbitro no vio la jugada y además fue equivocado por el linier, también sorprendido, que no corrió hacia la línea central. De su errónea decisión se puede concluir, bien que este señor aquella tarde estaba decidido, por las razones inconfesables que fuesen, a evitar que el Granada se anotara los dos puntos, o bien que este árbitro desconocía el Reglamento o le patinaban esos reflejos que se identifican con el oficio del buen árbitro; y no nos vale la cuasi disculpa de que anuló el gol porque no lo vio, porque hasta Antoñico sabe (mejor dicho, sabía, ya que el pobre había muerto sólo unos días antes) que cuando un guardameta tiene en sus manos el balón éste está en juego y el más medianamente mediocre árbitro de fútbol no lo puede (no lo debe) perder de vista. Así, con esta decisión ¿equivocada? vino también a añadir el viejo Los Cármenes a su lista de campos vetados, que por entonces era todavía exigua.

Los pocos minutos que quedaban para el final (el resultado fue empate a cero, con lo que el Granada acumulaba tres negativos) se jugaron en medio de una bronca descomunal, especialidad de la marca Guruceta, con lanzamiento de almohadillas y otros objetos y con el incesante grito unánime del forofismo militante, alusivo a la dudosa honestidad de la señora progenitora del de negro. El improperio dicho en granaíno castizo tiene las mismas sílabas que el apellido del protagonista de nuestra historia, así que a partir de este día y durante varios años se usaron en Los Cármenes los dos alternativamente, pero con el mismo sentido escatológico, cuando el árbitro de turno se pasaba con nuestros colores, tomando así el relevo en la sinonimia del insulto del ya olvidado Gojenuri.

¿Qué significa una gota de agua en un océano? ¿Qué repercusión tuvo este despropósito guruceteril? Pues ninguna porque, claro, no es lo mismo perjudicar a un humilde que hacerlo con todo un Barcelona ya por entonces «algo més que un club», al que este colegiado ya no volvió nunca más a arbitrar. Guruceta se fue de rositas y su trastada no fue siquiera conocida lejos de Granada. Después de todo aquella “gurucetada” no tuvo más trascendencia que la de quedar para la historia como anécdota y, desde luego, incrementar la cuenta de negativos local. Aquel Granada con ese punto que escamoteó este facedor de tuertos hubiera quedado octavo al final, es decir, dos puestos más arriba, y hubiera igualado por segunda vez su mejor clasificación histórica hasta el momento. Pero con ese punto o sin él lo importante es que la categoría se conservó brillantemente.

Al club sólo le quedó el poco consolante derecho al pataleo que significaba la recusación del juez. Por esa recusación Guruceta ya solamente volvió a arbitrar al Granada en una ocasión que ¡ironías del destino! fue también un partido que entra de lleno en la calificación de histórico para el club rojiblanco, porque ese partido fue precisamente el que se jugó el 16 de mayo de 1976, jornada treinta y cuatro y última del calendario de la 75-76, donde el Granada fue derrotado 2-0 en Zaragoza, en el que supone la última vez por ahora (seamos optimistas) que se pudo ver a un Granada de primera división. El descenso llegaba después de ocho gloriosas temporadas consecutivas entre los grandes. Nadie podía pensar que este desalojo de entre la aristocracia del fútbol era sólo el preludio de la época más negra de la historia granadinista, auténtica travesía del desierto en la que, ríanse ustedes de los israelitas en el Sinaí, todavía estamos inmersos y seguimos esperando ese maná milagroso que nos haga olvidar tanto ayuno de glorias futboleras.

sábado, 14 de junio de 2008

¡QUÉ MALAJE, MI ARMA!



Nuevo salto en el tiempo que nos lleva a la temporada 1966-67, con un Granada recién retornado a la máxima categoría del balompié patrio tras de la mano de Kalmar conseguir en mayo de 1966 superar al eterno rival malagueño en una emocionantísima promoción. Magnífico colofón a su presencia en Granada, con este ascenso se despedía del corazón de los granadinistas un hombre muy querido por la afición y considerado uno de los mejores técnicos que por aquí pasaron. El húngaro Jeno (o Janos) Kalmar ya había conducido a los rojiblancos, seis años antes, al subcampeonato copero y ahora devolvía al Granada a Primera tras un “largo periodo” (se dijo por entonces, ¡pobrecillos de nosotros!) de cinco temporadas en segunda.

De las cuatro presencias de los rojiblancos en la máxima categoría ésta es la más fugaz pues se reduce a este único ejercicio que además supone para un servidor su bautizo como espectador de fútbol de primera. Eventos destacables de esta temporada tenemos los granadinistas de corazón unos cuantos: sin ir más lejos, en la 66-67 un jugador local, Ñito, llegó a alinearse, como sustituto de Iríbar, en la segunda parte de un partido amistoso disputado en el recién inaugurado Manzanares (después Vicente Calderón) en las filas de una selección española formada ad hoc para un partido homenaje al infortunado jugador del At. Madrid, Martínez. Asimismo en esta temporada, por primera vez en la historia del club rojiblanco, el estadio de Los Cármenes se convierte en plató al televisarse en directo en abril de 1967 el partido de la segunda vuelta en el que el Granada se impuso 2-1 al Elche, con narración de Matías Prats.

Para que esta retransmisión televisiva fuera posible, a principios de campaña se había dotado al recinto de la carretera de Jaén de la necesaria iluminación eléctrica. Precisamente el estreno en partido oficial de las cuatro torres de iluminación no pudo ser mejor ya que en un encuentro para el recuerdo el Granada dio todo un baño de juego y goles a un equipo puntero de la época, el Zaragoza de «los cinco magníficos» (Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra), 6-2 con goles de Miguel (cuatro), Agüero y Vicente. Comienzo de temporada espectacular para los rojiblancos que una semana antes habían conseguido arrancar un más que meritorio empate (1-1) en el Insular de Las Palmas.

El banquillo lo ocupaba el que fuera en los cincuenta portero de la selección, Ignacio Eizaguirre, que ya había entrenado al Granada dos años antes en sustitución de Millán. La plantilla se confeccionó con los titulares que habían conseguido el ascenso: Barrenechea, Tosco, Sande, Lorenzo, Tinas, Santos, Eloy, Miguel, Flores y Rafa Almagro; con las bajas del guardameta Otero, que decidió retirarse, y el traspaso al Zaragoza del segundo de la saga González. Para reforzar vienen en ese año a Granada hombres como Ñito, Manolín, Datzira, Zubiaurre, Lara, Agüero y el canario Vicente, con el cual no se pudo contar en la segunda vuelta porque su gran clase hizo que se fijara en él un club de la solera mundial del Peñarol de Montevideo (que acababa de ganarle la Intercontinental al R. Madrid Ye-yé) y allí se había marchado traspasado por D. José Bailón. Durante el ejercicio también se produce la incorporación desde el Recreativo de Barrachina.

Desafortunadamente el gran inicio de liga no tuvo continuidad y el Granada pronto se vio relegado a los puestos de la zona media-baja de la clasificación. Al llegar el final de la liga regular, los siete negativos de su casillero hacen que el Granada acabe en el decimocuarto puesto por lo que ha de intentar conservar la categoría en la promoción, bien frente al Betis o bien frente al Gijón, como aspirantes a dar el salto a Primera. Lo que ocurre es que el otro equipo que tiene que luchar por evitar el descenso es el Sevilla. Ante la perspectiva de un enfrentamiento bético-sevillista con la Primera en juego, circunstancia que sería la primera vez que se diera en sus respectivas historias y que después no se ha dado, vuelven a planear los fantasmas. Al Granada, el feo de esta historia, le toca bailar con la más fea. ¿Y quién es ese adefesio?: no lo duden más, el hueso que depara la “suerte” es el Betis de los Ríos, Antón, Quino, Pepe González y Rogelio (entre otros). La palabra suerte nos hemos permitido entrecomillarla porque para el hincha granadinista la cosa está muy clara: las autoridades del Régimen evitaron un enfrentamiento bético-sevillista en el que podían verse chamuscadas por las más que previsibles chispas y centellas que ese duelo con la máxima categoría en juego podía deparar. No se puede asegurar tal cosa. En Adiós a Los Cármenes, de Ramón Ramos se recogen unas declaraciones de José Bailón, presidente por entonces, en las que afirma que el sorteo fue perfectamente limpio y sin ningún tipo de componendas. Es igual, nadie podrá convencer al forofo de que una vez más hubo algún tipo de felino preso que perjudicó a los nuestros. Mucho más asequible era el otro posible rival, el Gijón, con el cual no tuvo ningún problema el Sevilla.

Antes de jugarse la promoción vuelve al Granada Vicente, al deshacerse su traspaso al Peñarol obligado por una extraña norma federativa de la que no tenemos noticia de que en alguna otra ocasión haya sido aplicada y según la cual no se podía traspasar a un club extranjero a un jugador español que fuera seleccionable. Vicente, pese a que lo mereció más que sobradamente, nunca pudo lucir la elástica nacional, pero los granadinistas recuperamos al que es considerado como uno de los mejores futbolistas que han vestido de rojiblanco en toda época. A pesar de este magnífico refuerzo, al llegar los rojiblancos a la hora de la verdad reciben dos auténticos baños de un Betis formado con hombres de mucha calidad y en plena forma (2-0 en Sevilla y 0-1 en Granada) que le indican a la hinchada granadina que ha llegado la hora de despertar y que ya no es persona grata entre la “aristocracia del fútbol español” (gracias Ramón), porque las cosas son como acaban, no como empiezan.