miércoles, 7 de abril de 2010

UNA PROFESIÓN DE RIESGO




No forman parte del espectáculo que es el fútbol pero son casi tan necesarios como los mismos futbolistas para que el balompié siga apasionando a la masa. Son los que nos lo cuentan, los plumillas y espíquers futboleros. Su ingrata profesión, opinar de fútbol (porque al contárnoslo, simultáneamente lo interpreta cada uno a su manera), no es ni mucho menos esa cosa fácil que cree todo el mundo. Además en gran parte les ocurre lo mismo que a otros que tampoco son integrantes del espectáculo pero igualmente son necesarios, los árbitros: sus juicios son a veces objeto de la más encarnizada polémica y no se les toleran los errores. No, no es fácil opinar de algo tan poco racional como el fútbol.

Los profesionales del balompié pueden sufrir lesiones haciendo lo suyo, jugar a la pelota. Los no profesionales propiamente dichos de este circo también tienen sus riesgos de lesión, pero cobran bastante menos y si meten la pata pueden pagarlo caro.

En la historia del Granada CF tenemos el ejemplo de José Zubeldia, que en sus tiempos de redactor de Patria acabó en comisaría en compañía de su agresor por intentar defenderse de éste en el cordobés campo de América. O el de Antonio Prieto, que recibió un guantazo por la espalda en La Rosaleda por celebrar el gol de Rius que daba la victoria al Granada.

Son dos casos de plumillas agraviados por hinchas de equipos rivales y que ocurrieron hace más de cincuenta años. Pero hay también casos de perjudicados por “fuego amigo”: «Con Piñeiro y con Romeiro me voy a calzar los guantes de box», es una frase que afortunadamente no pasó de eso, de frase -más o menos literal-, que el que fuera entrenador rojiblanco “Pipo” Rossi dirigió a José Luis Piñero y Carlos Tomás Romero por haber denunciado la excesivamente alegre vida nocturna de algunos futbolistas cuyo rendimiento en el terreno de juego había descendido notoriamente, según cuenta Antonio Prieto.

De la época de Murado han quedado también para el anecdotario distintos enfrentamientos del que fuera presidente y mecenas omnipotente con varios de los periodistas deportivos de por entonces. Y mucho más recientes son los innumerables comentarios injuriosos contra la práctica totalidad del colectivo de la prensa deportiva local, provenientes de un presidente y buena parte de su junta directiva, que parecían admitir sólo las adhesiones inquebrantables y no toleraban cualquier tipo de crítica hacia su gestión (y mientras, el club encaminándose hacia la más absoluta de las ruinas).

Gajes del oficio de opinador futbolero. ¡Y qué gajes! Porque aparte de estar algunos continuamente en el punto de mira de los insensatos (o simplemente maleducados) que tanto pululan en este mundillo, es una profesión que no descansa los domingos, que tiene jornadas laborales de tropecientas horas y hasta las tantas de la madrugada por unos sueldos muy deficientes, que sufre un permanente paro endémico y está expuesto a cierres patronales fulminantes, de un día para otro y sin avisar, y que además está invadida por una legión de ”intrusos” (y lo dice otro intruso).

Yo de mayor quiero ser plumilla futbolero.

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